OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 18 de octubre de 2008

CARTA PARA MÍ





Me conmueve, de pronto, encontrarme en la ruta de mis destinatarios. Qué decirme (miles de palabras atascadas), cómo atraerme, de qué modo interesarme.
Provocar un comienzo. Sentirme, sentirte tan ahí, tan marca de mí, íntima; no lo hubiera ni soñado, a pesar de que a cada instante tu/la versión anfibia de mí nada un bello estilo mariposa, se abre paso dentro de mí en busca de ti. Algo me/te delató: esa voz que no parece mi voz pero que misteriosamente utiliza mi propia inflexión, mi tono silencioso que solo devela la negativa al grito ahogado, mis pausas, mis puntos; me presiento desdoblada, superpuesta, espejo de ti pero de mí sentada en algún sitio interior a caballo de mi tráquea, colgada de mi estómago, anudada a mi fémur, arrojada al tobogán de mi torrente sanguíneo y oírme mi/tu triturar alimentarte de mis pasas de uva, de mis aceitunas, la lenta silenciosa absorción del calcio en mis vasos de leche tibia, la glucosa en mis cucharadas de miel a la madrugada; o lo insólito: palparte enroscada a mis cuerdas vocales enronqueciendo el tono de mi/tu misma voz.
Antes, mucho tiempo atrás, no lograba encontrarme; te esquivaba y ha de haber sido que alguna vez fuimos incompatibles; la originaria, la que fui ayer, la que seré mañana, distinta de la de hoy que disfruto de mi fidelidad, de saberme la candela que revela mis caminos ocultos, la que corre a buscar almohadones si necesito descanso. La que respetuosa calla cuando me quiebra la nostalgia y ese mismo silencio me/te hace pensar más de lo conveniente en objetos arqueológicos como el vestido de gasa azul bordado en hilos de plata que mi madre usó cuando me casé (no des vuelta la cara como si no lo supieras, vos también estabas, como siamesas; allí, plantadas con el ramito apretado entre los dedos); el “sí”, no sé si usé mi voz o si yo... nunca supe quién fue en realidad, no soy una parezco dos la que aceptó y nos encadenó, no sé... También pienso en la geisha de madera que compré en Los Angeles en el hotel de la cadena japonesa que hoy siento a distancia intergaláctica. No interpretes que no respeto mis/tus chiquilinadas, como por ejemplo tu salvaguarda detrás de aseveraciones irónicas como el “Y claro, pasó tanto tiempo...”; como si nada hubieras tenido que ver, vos que alargabas la mano antes que yo en la compra compulsiva cuando recorríamos los almacenes en el Imperio del Consumo como te gustaba llamarlo, o como si por alguna razón inexplicable, más allá de la física, fueras más joven que yo. “Soy más joven”, me parece oírme, y mis que son tus razones lo sé, son concluyentes, claro, cuando se juega a ser la cara oculta la piel no se arruga; y en este cuerpo la que da la cara, la que atraviesa la vigilia, la que con su mano roza todas las texturas, la que olfatea en cada rincón el sexo como la poesía, en cada grieta, en el aire, ésa soy yo, que bien mirada y al sesgo serías vos y a mí sí se me pegan las arrugas como estalactitas y estalagmitas. ¿Y entonces a vos... qué tengo para decirme? Esta discusión bizantina no se acaba así nomás… traigo un as escondido en la manga, traigo a cuento la infancia, y eso me/te provoca taquicardia, lo sé, un tiempo con sede en otra dimensión, convengamos, un golpe duro y seco a la memoria para que así reconsideres y admitas que cargamos la misma cantidad de arrugas, que se puede hablar sin pelos en la lengua. Basta evocarlos y aquellos monstruos vienen en mi auxilio y no hablo de una película. Cuando de chica apagaba el velador y cerraba los ojos y quería dormir, me buscaba te buscaba en la oscuridad porque algo misterioso sucedía allí con la luz: se pegaba iridiscente a la retina y estallaba en el aire una nebulosa expansiva que abría en la oscuridad una pirotecnia de rayos convergentes en la cara interior de la capelina de un hongo o en la danza silenciosa de los tentáculos de Medusa. A oscuras me percibía como otra pero como otra que era yo misma, apretada a mi garganta, atragantada a mis bronquios sin aire, y argumentabas, sí, esa otra de mí era tan caradura que argumentaba: mi/tu intención era ayudarme a no tener miedo cuando las sombras se organizaban sobre las esquirlas de luz y una caterva de monstruos pavorosos invadía grandes parcelas en paredes y techo y lanzaba miradas fulminantes desde un rostro furtivo que amagaba crearse y se borraba un segundo después y se rearmaba como si nada en otro sitio en una nueva versión. Eras tan cobarde como yo. Hundías conmigo la cabeza bajo la almohada y me/te dejabas estar así, a veces hasta la mañana siguiente cuando no teníamos más remedio que dormir con ellos, involucradas en su danza macabra aunque selláramos los párpados chamuscadas en la brasa del miedo; aunque cerráramos las ventanas para impedirles la entrada o durmiéramos, como cada vez que eso sucedía, con la cabeza debajo de la almohada. Se instalaban allí imperturbables, silenciosos, de un lugar a otro en el cuarto sin apartar sus ojos de los míos que eran los tuyos.
Nada más voy a decirme. Desenterré para mí, para ti, una antigua pesadilla porque quise sorprenderme, encandilarme con un recuerdo prehistórico que vos quisiste olvidar y yo atesorar. Me interesa que entendamos que si ahora me busco y te encuentro en mí es porque me/te necesito. Porque a pesar de mi/tu vieja pasión de vivir a la sombra de mi sombra, de crecer restando nutrientes a mi dieta, de alojarme como un fantasma ajeno en el eco de mis palabras, de divertirme en la hamaca voladora abrazada a mis propios tobillos para no correr riesgos cuando volaba mi falda de amapola de seda; a pesar de esa descarada pretensión mía de vivir a mi costa y cuenta, incluido el gesto reparador de cortar violetas silvestres y regalarme un ramito cada tanto así como las hojas de pórfido del roble en otoño, yo me quiero y soy incapaz de imaginarme lejos de mí/ti.
Hoy mis fantasmas son otros, ya no vemos monstruos mutantes en la oscuridad, qué más agregar que ya no sepa, qué te puede sorprender. ¿Que el tiempo que me queda no nos alcanza para leer los libros que quiero leer?; ¿que la hoja en blanco se levanta como un muro a la hora de escribir y hace falta derribarlo y saber que para esa tarea cuento conmigo como con un contigo?; ¿que los días grises deslíen los bordes de todas las cosas?; ¿que toco el cielo esas noches cuando el muro se desmorona y la hoja dócil se entrega blanda a la seducción de las palabras que dejo caer en el trazo del hilo de tinta... y que en esas curiosas regiones que abordo y me desbordan encuentro la huella de tus pasos que muchas veces precedieron a los míos? ¿Hace falta decirme que el sentimiento es contradictorio; que me/te nutre de felicidad y no de desasosiego, que nos prefiero remando o haciendo fiaca dentro de mí como de ti, a la búsqueda laberíntica porque no puedo hallarnos? Tal vez todo eso quiero decirme desde que pensé escribirme esta carta. Y más, seguramente, pero me gana el olvido y no sigo con la enumeración, demasiada perorata; me dejo vagar te suelto libre en el cáustico sinsentido de mis interiores caudalosos. Vale advertir, aunque solo alcance a dibujar el aura de este misterio que no descifraremos, que tal vez no sea tan malo ligarse al misterio, a lo desconocido, a saber que me tengo y te tengo hasta revelar el perfil poroso, el travertino inmortal de una diosa bifronte. Como sea, más vieja, más joven, más ágil, más lenta; sin nada que explicar, sosteniéndome /nos, alfa y omega, las dos.
por Marta Ortiz

2 comentarios:

Las tramas del taller dijo...

Marta: me impactó este escrito tuyo.Ese yo interior que arrastra cada uno y que está contado en una forma magnífica, desde el comienzo mismo de la vida.
Conocimientos y creatividad, es la base de este logro.Me gustó muchísimo. Felicitaciones. Marta R.

Vuelo de noche dijo...

gracias marta, tu comentario responde a una lectora sensible y calificada. Marta O.