OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 18 de abril de 2009

PICNIC



Entré a Babel, revolví a fondo el sector de literatura inglesa y opté por una soberbia edición bilingüe de los poemas de Katherine Mansfield.
La empleada -una rubia de labios colorados- lo envolvió con papel brillante y cinta ancha azul. No le aclaré que no se lo pensaba regalar a nadie. Esperé impaciente hasta que acabó su meticuloso trabajo, le ayudé a sostener las esquinas del papel y a pegar la oblea con el Feliz Cumpleaños en letras góticas doradas.
Confieso que me resulta imposible salir de una librería con un libro recién comprado sin abrir el paquete antes de llegar a la puerta, pero esta vez hubiera deseado que fuese una excepción, el envoltorio era casi una obra maestra; la vendedora me lo entregaba con su amplia sonrisa de labios bermellón y me deseaba un buen día. No hubo caso, al trasponer la puerta ya le había sacado el moño azul, despegado la cinta scotch y liberado el libro de su envoltura plateada. Acaricié el satinado de las tapas, aspiré el olor a nuevo, leí ávida la solapa y avancé la lectura del prólogo poniendo el mayor cuidado de no pisar baldosas flojas ni de llevarme a nadie por delante.
Anduve unas dos cuadras ausente del mundo, me hundí en la lectura anticipada hasta que, cerca de la panadería de Mitre y Tucumán, aspirar el tibio olor a pan recién horneado me recordó el paseo al campo que habíamos planeado con dos de mis amigas a mediodía. Una siesta al aire libre, brisa suave, calor tolerable y mariposas. Era todo lo que pretendíamos.
La oferta de pebetes en la vidriera me deslumbró. Más grandes, más chicos, redondos, alargados, dietéticos, de pan blanco, de pan negro, con salvado, sin salvado. Compré los redondos de pan blanco espolvoreados con sésamo y amapola.

A pesar del alerta meteorológico que auguraba tormentas eléctricas, no dudé. En el fondo de la canasta guardé el mantel a cuadros, los pebetes de carne de pavo, lechuga y tomate en un tuper, el termo con agua caliente, el agua mineral, los bizcochitos salados y el mate. Como siempre, en el camino de la cocina al comedor y del comedor a la cocina, pasé muchas veces frente al retrato en sepia de mi abuela Victoria, y todas las veces sentí algo inusual y fuerte que me rondaba, dirigía mis pasos, hacía que me detuviese a mirarla, que me disolviera en la escena que la fotografía relataba. Una mujer hermosa, elegante; tantas veces se dijo de mi abuela que “se vestía de organza para ir a un almuerzo campestre”, que mi memoria sólo la recuperaba de pie, de blanco, mirándome desde lo alto de su cabeza sombreada por el círculo translúcido de la capelina.

Recorrimos un camino ribeteado de árboles que formaban glorietas naturales, las ramas se tocaban en lo alto. Entre un túnel y otro nos encandiló el cielo blanco de mediodía. La ruta alargaba una sucesión de espejos inalcanzables.
Acampamos cerca de un arroyo. Se oía el murmullo irregular del agua resbalando las piedras y el chirrido de algún grillo en las orillas.
Aproveché la siesta para leer a Mansfield. Teníamos un libro cada una, colchonetas, protector solar y repelente de insectos. La sensualidad de los poemas, el aire cálido y claro, ciertos zumbidos soporíferos, el flash intermitente en mi memoria de la fotografía en sepia, el haber pensado en el retrato de mi abuela… La traía cosida a la memoria jugosa de las sobremesas de infancia, al relato tantas veces oído del picnic con el abuelo y la prima Violeta, que era como una hermana para ella:
…oí el fru-fru de los vestidos de organza, el roce de una tela con otra, de la tafeta con puntillas venecianas de las enaguas, el balanceo rítmico de los abanicos de marfil y nácar, las plumas del sombrero moviéndose, el calor en las piernas, el agudo pinchazo de molestos aguijones... Tendidos a la sombra sobre esterillas y almohadones, se espantaban nubes de mariposas blancas. Victoria propuso caminar cerca de la orilla, llevar los sombreros y sombrillas, protegerse del sol. Los vi cruzar un campo salpicado de lavandas, gencianas y coriandros y bajar al mar. El vaivén de las olas, la espuma que moría en la costa; aguzaron la mirada, improvisaron viseras con las manos. Como en un acuerdo tácito, las dos mujeres se quitaron los zapatos abotinados y las medias de muselina. Hundieron los dedos y los talones en la arena tibia y posaron para el abuelo que portaba carbonilla y una gran carpeta con pliegos de papel para los bocetos del cuadro que luego se llamó la Orilla del mar con bañistas, una reliquia de familia.

Marga lee un libro de tapas verdes. Siempre con una canción en la punta de la lengua, Laura dice que la vida se trepa a las espaldas de la música, y el eco grave de su voz penetra sesgado la bruma de mi sueño: ...Victoria, la piel muy clara, las mejillas arreboladas, sentada junto al abuelo canta una canción italiana que aprendió de chica. La melodía pule el idioma imperfecto. Violeta la sigue, tararea. Alientan, Victoria y Violeta, la admiración del hombre que de música no sabe mucho, pero –se dice-, tiene un oído tan fino que si apoya la oreja en la tierra puede oír el galope de una tropilla de caballos a lo lejos (más de una vez, cuando el servicio militar lo recluyó a la defensa de la línea de frontera con Chile, la mujer lo imaginó cabalgando desiertos y adivinando el redoble de innumerables cascos avanzando sobre tierras cuarteadas por el viento y la sequía implacable).

La tarde se repliega quieta sobre la tensa sordina de las chicharras. Nos quedamos dormidas hasta que oímos retumbar el primer trueno. El cielo se partía, había viento y la oscuridad de las nubes que en un principio habían sido apenas ondulaciones en la línea del horizonte, se fue cerrando sobre nosotras como enormes parches negros.
Ya en el camino de regreso, la tormenta se desató violenta y cayó un granizo abundante de piedras de hielo que golpeaban sin piedad el techo y el parabrisas. El agua venía del sur, caía a baldes, inundaba la ruta. Nos detuvimos en una estación de servicio y allí nos quedamos mirando por la ventana cómo el mundo se desplomaba.
Para entonces, mis abuelos y Violeta, a quienes había dejado con el gesto y el ademán congelados en el picnic cerca del mar, habían puesto punto final al paseo. Mi abuelo llevaba la canasta y los bocetos con una mano y con la otra se sostenía la gorra. Mi abuela y Violeta cargaban la sombrilla y un ramo de flores silvestres, los sombreros atados. Se hacía imposible la intemperie. Soplaba un viento hostil de ráfagas cortas en pequeños remolinos.
El aire era turbio y cristalizó un paisaje polvoriento en la foto que el fotógrafo ambulante les tomó y quedó así, como si se hubiera filtrado un caos a través de una humareda de polvo de ceniza. Pero en sepia.
Arriba, en el cielo, se estacionaba una corona de nubes muy cargadas, negras. No dejaba ver el sol.


un cuento de Marta Ortiz