OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 7 de noviembre de 2009

FRACTURA



Del capullo emergió una mariposa
como una dama de su puerta
emergió –una tarde de verano –
Emily Dickinson
Lo primero fue soportar la violencia del impacto, toda yo me desintegraba contra un muro impenetrable. Mi cuerpo avanzaba decidido, como quien corre hacia un destino de gloria descorriendo velos, brumas. Lo cierto es que estaba literalmente dormida y el teléfono me despertó apenas, era una capa superficial de mi sueño la que se había rasgado, las otras aún dormían y esa sola membrana abierta a las impresiones del mundo fuera de mí, me concedió oír la campanilla y reconstruir mentalmente la ruta que unía mi dormitorio y el teléfono, pero no alcanzó para dejarme intuir la presencia del peñasco de roble en el pasillo. Tropecé con la esquina de la biblioteca, mi pie derecho se incrustó en el ángulo, los dedos trizados y el dolor, un rayo, una corriente eléctrica entre fuego y desgarro me atravesaron como la flecha de Paris perforó el talón de Aquiles, ha de haber sido semejante.
¿Las horas tras el accidente? , un armado falso que nada tuvo que ver con el que yo había previsto en mi agenda. Hay cosas que me saltan como langostas salidas de entre el confuso magma mezcla de dolor, urgencia, alucinación y olvido; cuestiones, entre otras maravillas como el apego baboso a la función materna que prendió como la mala hierba en el léxico de cuanto empleado trabaja para la salud, pública o privada; apego que delata un uso decadente de la lengua materna, y habría que sumar los pisos opacos y la refrigeración confiada a chirriantes ventiladores de techo con el pretexto de ayudarnos a soportar una temperatura de treinta y ocho grados a la sombra.
Recostada en el brazo de Alicia me acerqué a la mesa de entrada y pedí un traumatólogo. La respuesta fue una frase sonriente que me dejó con la boca abierta: “ya viene mami, esperalo un ratito, no sabemos en qué piso está”. Me vino un molesto cosquilleo al oír ese “mami” fuera de contexto, pero sonreí yo también como si hubiera oído un buen chiste y me encaminé a la sala de guardia apoyada otra vez en Alicia y en el talón del pie derecho porque con el dedo chiquito no podía pisar, un aguijón me punzaba y el dolor se traducía en vahídos. Nos sentamos a esperar. Olía a desinfectante, a mixtura de solución fisiológica con líquidos inyectables, mezcla de plástico y agua salina; el alcohol impregnaba aire, paredes, todo; vaho a sábanas recién llegadas de la lavandería, tufo blanco a pegamento de tela adhesiva, a venda desenrollada.
El “doc” debía ver la placa de mi pie y diagnosticar, eso era todo cuanto yo necesitaba; pero desde hacía casi una hora, él se hallaba extraviado en alguna encrucijada dentro del sanatorio; vos sabés Ana, todos sabemos cómo son esos lugares: selváticos, enmarañados. Y aunque lo que te voy a contar te suene a delirio, -no, no me mires así, en este momento siento el acoso de esa abstracción que llamamos realidad, como si alguien supiera exactamente qué objeto es, qué significa esa palabra; una voz interior me grita “mirá que sos loca, cómo se te ocurre traer una visión lindera con el sueño, ¿por qué mejor no coserte la boca?”; pero no me callo nada, yo confío en vos, que sí me vas a creer porque sos mi amiga, Ana; y yo, que soy incapaz de mentir, te juro por lo que más quiero en este mundo que en medio de un día oscuro como noche sin luna, además de haber visto a primera hora (clareaba apenas una luz tenue) esas estrellitas que nacen del dolor agudo, ese día también vi la increíble irrupción de un hervidero de mariposas brotando de mi cuerpo. A la tardecita mi cuarto rebalsó alas; lo único que guardé en la memoria, como a una gema en mi alhajero, lo único precioso de un día para olvidar.
Pero mejor no invertir el orden sucesivo, después una cosa trae la otra y te perdés, como se perdió el traumatólogo en los pasillos del sanatorio. Al cabo de una media hora Alicia se fue, yo misma se lo pedí; podía valerme, esperaría en la salita y cuando acabara el trámite tomaría un taxi en la puerta, caminaría con el talón sin apoyar el dedo, que se fuera tranquila, le dije. Llevábamos hora y media de espera y ella hasta había hecho la cola para autorizar la radiografía y pagado los quince pesos de depósito reintegrable: “para la plaquita, claro, mamita” –oyó-, frase que le torció la boca en un gesto de desconcierto. Se resistió, no quería dejarme sola, pero la convencí. Y ni cinco minutos habrían pasado desde que la vi alejarse tras la puerta vaivén camino a la salida, cuando la vi abrirse otra vez a la puerta y dibujarse y entrar, al añorado doctor Minucci, quien me dirigió una sonrisa, no supe si amistosa o de pura compasión y un gesto que indicaba que yo debía entrar al consultorio y “sentate en la camilla madre, tenés una fracturita”, dijo, como si dijera “cerrá la ventana que hace frío”. Acto seguido afirmó mi tobillo con una mano y tomó entre los dedos pulgar e índice de la otra el dedo chiquito que había quedado orientado hacia afuera como un tallo mustio. El mismo dedo del otro pie se inclinaba hacia adentro recostado sobre su compañero y servía, claro, de paradigma; me acomodó la fractura, es decir, el hueso, le imprimió una rotación que me arrancó lágrimas, lo juntó con el dedo contiguo, usó una venda y cinta adhesiva y agregó “tenés que dejarla por treinta días así hasta que suelde, ¿sabés?”.
El estrés me salpicaba sin tregua con ese sedimento viscoso que filtran la espera, los olores, los dolores, la bronca. Y la incómoda sensación de pertenecer a una bizarra y nueva especie de madre universal, un nuevo prurito que me picaba en todo el cuerpo.
-Pero... a ver si entiendo ¿qué tiene que ver esta historia con mariposas? ; ¿una irrupción dijiste, o yo...?
De alas, dije irrupción de alas, enjambre. El día terminó en un febril trasiego de vuelos erráticos. Cuando regresé, agotada y dolorida, mi hijo Valentín se detuvo a examinar los dedos vendados que apoyé sobre dos almohadones, y al cabo de un largo rato de minuciosa observación, mientras yo tomaba un vaso de agua con hielo y me serenaba, me miró riendo y dijo: “parece un capullo”. Y lo dijo así, remarcando la elle, “capulio” dijo; él habla en español, no en argentino como todos nosotros. Le brillaban los ojos: “va a salir una mariposa”, dijo; “¿de dónde?”, pregunté; “de allí adentro, del capulio”. Y las palabras de Valentín no son cualquier palabra, nosotras lo sabemos, vienen revestidas de ese impalpable valor agregado que las vuelve adagio, sentencia; de manera que mi reacción fue natural, me quedé absorta aunque dudosa, también, sí, porqué no admitirlo; contemplaba el vendaje con él sin apartar ni por un instante la mirada, la verdad es que se parecía al capullo de un tulipán, ventrudo en la base y afinado hacia la parte superior insinuando dos picos que bien podían llamarse pétalos. Pregunté: “¿estás seguro?”; “sí mami”, me contestó; y por alguna razón subterránea supe que su dictamen era válido, me sacudí las piedras ideológicas y penetré, enteramente desprovista de lastres, en su mundo axiomático. Acepté entonces que las vendas asumían la forma del capullo que la larva de tela adhesiva había tejido. Fue entonces cuando aparecieron. Insonoras, solapadas, abandonaban la crisálida, crujían un breve vuelo de bautismo y se prendían de paredes, cortinas, espejos, de la araña de cuatro luces; tal fue la suma de movimientos que les vi describir. Mariposas como psicodélicos dameros azafrán y tabaco, negro y marfil, malva y almagre, naranja y azul, hasta que no hubo punto, ni línea, ni un rincón visible o no visible en el dormitorio, que no formara parte de una vasta amalgama de color.
Y rodaron así, alborotados, entre sueño y vigilia, los últimos trechos de la tarde. La luz degradada se tornó una ceniza amarillenta y la calma fue lenta depositando su polvillo como una laca adormecedora sobre mí. El ambiente se confabulaba hasta en ínfimos detalles para que yo, agotada por el intenso cansancio, el dolor en retirada gracias a los setenta y cinco miligramos del desinflamatorio ingerido, acunada en el vaivén de la risa y en los ojos mansos de Valentín, pudiera escapar veloz a la médula del sueño. Y me dejé ir, la mente en blanco, y ya no percibí otra cosa que el arduo entrechocar de todas esas volutas cromáticas que mi pie humeaba sin descanso bajo la tibia forma de un dulce, espiralado cortejo de mariposas en danza.
Un cuento de Marta Ortiz