Inventario del desamparo
Acaso
la poesía sea ese destello o hebra de luz que tanto puede estremecer como fascinar
–desde el objeto material o la abstracción percibida-, la subjetividad del
poeta. Materia delicada que él guardará en su memoria emotiva hasta nacerla poema.
Hebra que, asumiendo la voz de Alejandro Cesario –nacido en la ciudad de Buenos
Aires (Colegiales) en 1967-, revela en este libro la cartografía deshilachada que
las violentas sociedades contemporáneas construyen a diario: nada más y nada
menos que el mapa humano de la desigualdad, de la carencia. La suya es una voz
que entrega, en pequeñas-grandes dosis (pequeñas porque los poemas son breves,
grandes por la conmoción que provocan en sus lectores), la oscura trama de la
crueldad que presiona, aplasta y sin empatía alguna, ignora y abandona. Hilacha
que, no obstante, y porque cuenta con la mirada compasiva de quien escribe, aporta,
en el corazón de la intemperie, placebos puntuales: la música, el rezo, el
recuerdo que entibia, un baile oportuno, un pétalo que cae, un sueño capaz de
transformar en pan la desazón, una calesita, el vino tinto.
Los
poemas de Una hilacha en lo real (Cartografías
Ediciones, 2022) compendian un recorrido, algo así como un diario poético de experiencias
viajeras sin fechas, capturas de un receptor sensible de rutinas cotidianas
ajenas, vistas y escuchadas. Registros no precisamente dichosos de la Argentina
profunda, ya sea en el paso fugaz por pequeñas localidades desde Chubut a Salta
o Jujuy, por las orillas de sus ríos o por el conurbano bonaerense. En todos
ellos leemos un recorte de vida que se dirime en la marginalidad: pobreza,
ausencia, agotamiento, soledad, el hambre y la espera del mendrugo, la
tristeza. El desamparo en todas sus formas capturado por el ojo poético (con
algo de fotógrafo) que cristaliza momentos álgidos de los expulsados de
siempre, los caídos del sistema, sin herramienta alguna para la eventual reinserción,
condenados a la resignada espera de un bienestar futuro que nunca llegará:
En el muriente atardecer
sentadita en su silla
mate en mano
y jamás deja de contemplar el río.
Espera el vestigio,
un jirón de esa risa.
No hay
escape a la pobreza, se hereda. La desdicha arrecia: el hambre, su forma más
violenta, epítome de la miseria, no admite espera. No hay atajos para la
necesidad. Leemos un paisaje imposible en el cuenco vacío que los pibes sostienen
entre sus manos en el poema “Manifestación”:
en esa ingente olla
están las manos alisando esperanza,
y sentaditos en los cordones
están los pibes con los peroles
y con carpanta.
Aquí
caben las palabras del poeta César Bisso en su ajustado prólogo a Una hilacha en lo real: “Estas soledades
sin remedio nos permiten intuir que el poder tiene una mirada atrofiada sobre
la humanidad”. En cada localidad, o río, o paraje (basurales, cementerios,
viviendas paupérrimas, cárcel, geriátricos y psiquiátricos, orillas,
plantaciones), el poema lidia con la vulnerabilidad de los olvidados:
pordioseros, pibitos y pibitas de la calle, trabajadores golondrina, el drama
del provinciano (o del extranjero de países limítrofes), absorbido y explotado
en las grandes ciudades, los anónimos cuyo nombre no conocemos, a los que no
miramos. Todo es pérdida, aunque a veces la fe pueda aportar y apenas sostener:
el rezo a una cruz perdida en el espacio o la estampita que alguien rescata
como a un valioso tesoro de los restos de un incendio.
Es
marca relevante de la poética de Alejandro la recuperación de palabras no
habituales en el uso cotidiano del lenguaje. Leemos regionalismos,
coloquialismos, algún término en desuso, como si el poeta hubiera sacudido el
diccionario y al abrirlo las palabras mezcladas hubieran saltado y caído en el
lugar justo, dando forma a una sintaxis minimalista, apretada y exacta, donde
ningún sobrante tiene lugar, mucho menos aquellos meramente decorativos. Imposible
decorar lo paupérrimo. Solo cuenta lo esencial, la palabra necesaria que
ilumina el sentido. Algunos vocablos suenan raros, desconocidos para el uso
actual, por momentos viajamos a un pasado verbal, viaje apasionante con el diccionario físico o
Google a mano, que a veces informan que
la palabra en cuestión ya no se usa o sí, se usa en otra región y entonces
recorremos su historia y/o la salvamos del olvido: valen estos ejemplos: “sin
comistrajo en la zahúrda”, “En chirona de oquedad”, “Oteada urpila”. Imaginamos
el goce del poeta en la elección de cada una, como despojada de entorno o
contexto, tratada como pieza única, su polisemia, su música, el repique del
sonido en la aliteración o rima: Dehesa /
lábaro / y pingajo bermejo / ahí debajo.
No solo la sintaxis se sonoriza, también la música popular y sus instrumentos.
Apenas parche o zurcido, consuelo para el mural de la pobreza (imposible no
pensar en las pinturas de Antonio Berni), ocupan un lugar diferencial en el
conjunto, resuenan a lo largo del poemario. Se siente la precaria tibieza del
chico que canta coplas entre vagón y vagón, o el trapito que entona una baguala
en el semáforo. Suenan atabales, bombos legüeros, alguna zamba, otros ritmos.
Las penas se cantan y eso ayuda a soportarlas: -De Susques soy señores donde vivo y aguanto / y a las penas las canto-.
La
añoranza del lugar de origen, lejano –otra forma de consuelo-, habilita el cálido
amparo del recuerdo, así lo sienten un tucumano emigrado a la campiña galesa o
un misionero en el conurbano, en los poemas “Tucumano” y “Un misionero en
Merlo”.
No hay
tregua para algunas vidas en un mundo desigual. Algunas palabras como bichos
atarantados nos golpean, saltan de la página. Entre las que definen la
desposesión en todas sus formas, brilla, diría que ahoga, la palabra
“estrechez”; Cuando la estrechez aprieta
/ no hay agoste, ni calima, ni adentia /
que mengüe. Sin embargo, en medio de ese desierto que todos los días se
recicla en nuestra extensa geografía (y que como una gran maqueta se levanta en
estas páginas), no hay desolación que no se ilumine, que no encuentre en la
poesía pde Alejandro Cesario un lugar solidario de acogida (el que el mundo le
niega). Guardamos esa hilacha-bálsamo, apenas luz tocada por la poesía, que
roza la magia y maniobra -como el titiritero lo hace con sus muñecos-, la
sensibilidad del poeta: con fulgor y con
palabras, / una hilacha en lo real, / y otra / en la brizna magia.




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