OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 12 de febrero de 2011

Sueño verde


Mark Rothko


Sueño verde


La langosta mastica una hebra de lana azul.

Equidistante séquito

simétrico

de cuerpos oxidados y patas borravino

centinela el muro de humo

subido

al corazón de la sombra.


Buscábamos un cocodrilo inofensivo

lagartija de papel.


Mudada la escena

vimos salir el puño del sol.

Masticaba, redondo, la llanura.

Lejos del zoo en el dormitorio,

el campo raso clareaba.


Entre los dedos de la durmiente:

boca de cocodrilo

cola de iguana,

patas de lagartija,

origami de glasé azul.

por Marta Ortiz

martes, 8 de febrero de 2011

PAULA ARAMBURU (*), POETA INVITADA



Edward Hooper

POETAS DE ROSARIO X


Larga distancia


decir que vivimos

a miles de kilómetros

no es metáfora

es decir

que no podemos

tomar un café juntos

ni salir a cenar

mucho menos ir a un cine


es decir que no dormimos

en la misma cama

ni en la misma casa

es decir que no podemos tocarnos

olernos, besarnos, es decir

que no podemos discutir

para después reconciliarnos

ni desencontrarnos

en esta esquina

para reencontrarnos

en la próxima


decir que vivimos

a miles de kilómetros

es decir, también,

que es de noche

hace frío, y esto

tampoco es metáfora


Sueños


anoche vi cómo de mis brazos

florecían enormes jazmines

blancos

como si mi cuerpo

fuera un jardín

o un cementerio


Sobre tierra mojada


ellas conocen bien

el peso de la tierra mojada

el peso del barro

pegado a las suelas

a los tacos

el peso de la llovizna

en sus tapados de paño


ellas conocen bien

el peso de esos pasos

el de las piedras

en las manos, los paraguas

húmedos, los zapatos


siete pausas

y un cuello de camisa
desagarrado

preceden la despedida


esa tarde de otoño

la llovizna, los paraguas

las piedras

y su lenta caída

sobre la tierra mojada


De Larga distancia, inédito (2007)

* * *


El vacío de las cosas


un parque de diversiones cerrado

la calesita sin sortija, los caballos cansados

la rueda de la fortuna detenida, tres personas

dormitando en las butacas de un viejo cine

una biblioteca sin libros ni discos

sin vajilla de porcelana fina

una heladera sin agua, carne, leche

macetas sin plantas ni tierra fresca

la mesa del comedor, las cuatro sillas

de la cocina y los sillones de estilo francés: vacíos

una lapicera sin pluma ni tinta

un cuaderno de hojas amarillentas

un hombre alto y delgado, solo en una isla

tan blanca como desierta

una hija sin madre

una gata sin cría


hoy todo duele


Alud


una o dos veces al día

todos los días, un latido extraño

ajeno, el dolor

irrumpiendo en mi cuerpo

como una pequeña piedra lisa

y redonda que se desprende de lo alto

de la montaña, y arrastra detrás de sí

una fuerte corriente de aguas heladas

barro, minerales


por días escucho el ritmo acompasado

de mi cuerpo, la tierra en calma

luego ese latido extraño, ajeno, el alud


Sequía


soportar el peso de esta tierra

árida, la arena seca quemándome

los pies, los ríos secos, detenidos

la amenaza de un cielo

sin lluvias, la opacidad

de un suelo in luz ni sombras


soportar este tiempo de sequía

como lo haría el antílope

o la gacela, que aguardan ayuno

por días enteros y sólo aceleran

el ritmo del cuerpo ante la visión

una posible presa


De Desplazamientos, Editorial Ciudad Gótica, Septiembre 2010


(*)Paula Aramburu nació en Rosario en 1966. Es Psicoanalista y Especialista en Psicología Forense.

En 2009 publicó: “Homicidio, locura y subjetividad. Emilce, la costurera. Análisis clínico – jurídico de un matricidio (iRojo, Buenos Aires); y en 2010 su poemario “Desplazamientos” (Ciudad Gótica, Rosario).

En 2004 obtuvo una Mención en el género Poesía por Voces desiertas en el Concurso de Cuento y Poesía “III Congreso Internacional de la Lengua Española”; y en 2006 la Primera Mención por su poemario Voces Lejanas en el Concurso “José Pedroni” (Secretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe).

En 2007 participó en la Feria del Libro de Rosario y en el XV Festival Internacional de Poesía de Rosario. En septiembre de 2010 fue invitada nuevamente para participar del XVIII Festival Internacional de Poesía de Rosario.

Desde 2007 participa en diversos ciclos de lectura en Rosario y Buenos Aires, y algunos de sus poemas han sido incluidos en antologías editadas en ambas ciudades. Participa en múltiples blogs de poesía, además de coordinar el propio: http://lasvocesdesiertas.blogspot.com

Libros inéditos: Voces lejanas (2005), Fuera de foco (2006), Larga distancia (2007) y El abandono (2008).

Contacto: paula_aramburu@hotmail.com

sábado, 29 de enero de 2011

Ricardo Zelarayán (1922-2010)


Zelarayán por Hermenegildo Sábat

Algunos párrafos leídos sobre Zelarayán y sus libros:


Entrerriano de nacimiento y para siempre, salteño-tucumano de tradición y santiagueño de vocación, tal como se definía, Ricardo Zelarayán (1922-2010) pasó gran parte de su vida “exiliado” en Buenos Aires. En esta ciudad escribió sus poemas y novelas y construyó su leyenda, la del escritor que ocultaba y perdía sus textos y la de una obra ausente, conocida a través de fragmentos y versiones parciales.

………………………………………………………………………………………………..

La obra atraviesa su propia leyenda y se reconstituye así no ya bajo el signo de la ausencia y la postergación sino a través de textos concretos, que reclaman nuevas lecturas. Escritor de culto, figura central para los poetas de los 90, Ricardo Zelarayán ha encontrado palabras que resuenan con la misma intensidad del momento en que fueron escritas, la intensidad inolvidable de la mejor literatura.

(Osvaldo Aguirre, revista Ñ)

Zelarayán, como Joyce o César Vallejo , es difícil de traducir, con lo cual uno agradece haber nacido en su lengua. Sus relatos nos dicen dos cosas: que los géneros son convenciones tranquilizadoras que no sirven para nada y que un narrador que no lee poesía es un semianalfabeto. La Gran Salina, el poema que como un río atraviesa La Obsesión del espacio, el libro de poemas del 72, tiene sobre muchos de los buenos poetas jóvenes argentinos una influencia capital. La prosa de Zelarayán –siempre poesía- está hecha con violentos cambios de clima e imágenes dantescas del campo, pero no del campo idílico sino de la urbanización que crece en el medio de los pueblos, trayendo sus negocios, sus traficantes, sus autazos y sus machados, es decir toda la escoria de las ciudades que destruye a la naturaleza original que ya se ha perdido.

(Fabián Casas/ Fernando Molle, diario Perfil)


Los libros de Ricardo Zelarayán son libros perdidos, libros interrumpidos, libros abandonados según él mismo, un autor que teje su mito mezclando, confundiendo, gritando su historia de mudanzas, de Salta a Paraná, de Paraná a Buenos Aires, de un barrio a otro, de una calle a otra, donde dice ir dejando papeles, donde insiste en ir perdiendo novelas.Los libros de Ricardo Zelarayán son una obra sonora... una obra construida en la fábula de perder lo que se escribe porque lo que rige su lectura es el asombro de verlo para siempre ya escrito o ya sabido, porque la voz es el nudo de su obra, y la voz es lo que Zelarayán se trae de la provincia. La voz provincial, su sino orgulloso, por eso gritado hasta el justo desafuero.

( Laura Estrin)

-Una particularidad de su poesía es que parece ir escribiéndose azarosamente, sin ningún tema ni plan previo.

-Todo, todo lo mío es así. Una novela empieza por una frase escuchada en la calle. Volviendo a tu pregunta, cuando hay un plan previo para escribir, el texto siempre fracasa. Es necesario un disparador, y eso te da una angulación. Es como en la artillería. Tiene que ser una frase que me toca enseguida.

-Su obra evidentemente viene más del habla popular que de la tradición literaria, de las lecturas.

-Absolutamente lo que escribo viene muy poco, como vos decís, de mis lecturas. Sí reconozco una influencia muy fuerte en Macedonio Fernández, en el sentido del cuestionamiento del ser. No tanto en el estilo.

-¿Roña criolla era inicialmente una narración? Da la impresión de que son capítulos condensados de una novela.

-Bueno, eso se dice en la nota preliminar: estos poemas se escriben para preparar el clima de una novela, Lata peinada, aún inconclusa. A esos poemas los escribí en un verano, donde yo veía venir la novela, pero no tenía la frase de arranque. Habla de la gente del norte que baja a buscar trabajo. Después se creó el clima de la novela, y empezó. Y de Roña criolla quedaron cosas afuera después que lo armé. Hay cierta reiteración de las versiones, pero está bien, porque es una forma de leer los poemas de vuelta con algunas variaciones.

-En casi toda su poesía es notable la despersonalización, la dificultad de reconocer un yo poético.

-Puede ser, puede ser, pero habría que ver. Hay ciertos poemas amorosos míos que no son impersonales. Y en los poemas de Sombras que me gustan mucho, creo que, al contrario, son muy personales. Por otra parte, Juan Sasturain me deshizo en una crítica de La obsesión del espacio –en general las críticas fueron desfavorables- Dijo, y la pescó muy bien, que se producen violentas rupturas de clima. Y a mí me interesan las rupturas de clima.

(fragmentos de la entrevista por Fernando Molle)

Poemas:

Dos
Adelante la mesa se parte en dos como calavera usada.
Y el humo del arroz calaverea.
Enseguida se le viene encima la pared carcomida.
Buena yunta pa tumbarse al raso.
Al rato la noche negra curiosea por todos los rincones, con toda la mano abierta.
La cosa se hace larga para la rosa ciega. Las piedras son puro diente amontonado.
Por si acaso el cielo se derrama, puro barro suelto.
El fuego ha madrugado, alma de mosca zumbona, lado a lado disparado de la mulita dientuda, apretada pulga negra entre las piedras. Monte oscuro, guay, gatillado, envolvedor, instalándose nomás, flotante, volador flor calcinada.
Y Antenor con nudo ciego de cuerda de guitarra en el cogote.
Y la alharaca silenciosa de puro pucho junto a la piedra de siempre.
La piel barcina acalambronada, guarangueando se despega sola y se vuela venteada.
No quesa un hilo de esa voz seruchona, orgullosa del balazo acicalado.

Aire sordo
Boca flor de buche.
Una volteada no alcanza, rasca piedra, arisca tuna. El agua se agita cuentera.
Sordo el estallido de la gota, triste derrame en la seca. Airearse, moverse mojarse, lo otro es alambre de púa en tuna, pan con pan...
Bordes duran si aguantan. Ni siquiera el filo, miel guacha en la polvareda.
Silbido o respiración. Ahora somos todos sordos atropellando a los árboles. Empollando piedras eternamente.
Y árboles mendiguean entre las pìedras mientras afloja la arena toruga hasta que el viento arremete.
Y ya no hay sombra que valga. Las grietas nada más que en el recuerdo. Adiós al viento salado que nunca hizo sombra.
Boca-buche. Fuego sin semillas, arena sin nada suelto.
Rascar por rascarse. Ver por ver, inútil desde mientras. Hacha de filo cada vez más ancho, piedra al fin, boca de arena.
Quiebra que te piedra y no se oye.

en: Roña criolla, 1984, editado en 1991 por LIBROS DE TIERRA FIRME

Quince minutos después

A Celia, siempre

Estaba ordenando las cosas para salir...
Y mientras ordenaba mis cosas
veía al lobo,
al lobo que fui
y no sé si al lobo que seré...
La palabra "cinzas",
una palabra en una canción de Wilson Simonal,
me atrae...
Una palabra que no puede traducirse como cenizas, en castellano.
Una palabra que resplandece como los ojos de los gatos en la oscuridad.
O los faros de los coches en la ruta pavimentada,
cuando la noche se hace madrugada
entre Córdoba y Villa María.
Salí de mi casa para verte,
con todas esas cosas en la cabeza...
lobo aullando junto a la "cinza" resplandeciente...
ojos de gato en la oscuridad,
faros de coches sonámbulos que se acercan y se alejan de Córdoba.
Y llegué quince minutos después...
No quisiste hablar.
"Ya se me va a pasar", dijiste.
Y durante un tiempo largo nos miramos en silencio.
El plato vacío,
el tuyo y el mío,
eran más blancos que nunca.
Y después vino el pedido.
!A llenar el plato!
!Tu plato y el mío!
Y empezaste a hablar...
!Y hablamos!
Después de comer, un paseo.
El sol no estaba...
pero en ese momento, qué importancia tenía?
Yo me sentía un inmenso pancito de azúcar
rodeado de árboles muy verdes.
Los trenes que pasaban a lo lejos
eran un poco tus caricias tímidas,
tus miradas
Un perro trataba de jugar al fútbol
con dos chicos.
Un avioncito con motor giraba y giraba.
El paseo, el descanso, era un vuelo.
Y después el cine.
Un cine de domingo nublado.
Un cine de madera blanca,
donde la película, buena y todo,
al fin y al cabo,
fue lo de menos.
Después salimos.
Nos bastaban apenas
unas pocas palabras.
Y después...
Después siempre.
Pero yo recuerdo.

en: La obsesión del espacio

A la que no fue, pero pudo ser, la hasta ahora siempre ausente

Todavía no sé por qué amaste la iguana.
Yo que la iguana me hubiese vuelto iguanote,
iguanodonte...
(su antepasado remoto averiguado)
y entonces te hubieras visto obligada
a protegerte en mis brazos
para refugiarte del iguanodonte.
Tal vez yo hubiera muerto,
pero no importa.
Tal vez yo hubiera matado al iguanodonte
y seguiría siendo el picaflor.
El picaflor para libar esa miel
del capullo de tu boca...
Y vos seguirías siendo la rosa roja,
rosa encendida
como la sangre de la iguana que mataste,
vaya uno a saber por qué.
Después de eso hubo silencio,
el mayor silencio,
tanto, que ahora
yo me quedo en silencio.
Un silencio que se reproduce inesperadamente...
pero siempre.
Un silencio para oír (sucesivamente o no sé)
el volar de los caranchos,
el silbido inconfundiblemente lejano de la perdiz
y la locomotora que resopla subiendo la colina del monte.
Es decir, un silencio que en realidad no es tal,
pero que en ese momento era el mayor silencio.
Un silencio
o mejor un ramo,
un ramo hecho con el canto del pirincho,
(ahora me acuerdo)
el aletear de los caranchos,
el silbido remoto de la perdiz,
el resoplar de la locomotora subiendo la colina del monte
y, ahora recuerdo,
el zumbido metálico del avión
tapando la cigarra de la siesta.
Un ramo de aquel silencio para la iguana muerta.
Para la iguana que mataste vaya uno a saber por qué.
Para la iguana que mataste por algo...
"Quisiera ser picaflor y que tú fueras clavel."
!Oh! rosa roja que mataste la iguana!
Rosa que encendiste un silencio para siempre.
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Lamentablemente los poemas nunca (o casi) son lo que uno
quiso decir, lo que uno quiere decir, lo que uno querrá
decir (o saber).
Venga una lágrima suelta,
aunque sea de cocodrilo,
por este, otro y muchos poemas.
Y aquí me callo (consumido por el silencio, por aquel silencio que vuelve, que siempre vuelve).

en: La obsesisón del espacio