OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 21 de febrero de 2026

Un cuento de mi libro EN EL BORDE

(

 

     Decapitadas

por Marta Ortiz

Abordé la plaza Pringles por el ángulo Norte. El objetivo era cortar camino, eludir el mundo cemento exterior a la isla verde. Mis pies siguieron el diseño peatonal que dibujaba una cruz; el resto eran macizos, arbustos, matas, alguna flor y árboles altísimos que incluían palmeras.

“Palmeras en el exilio” –la frase se presentó sin aviso, pura asociación espontánea y mi memoria lectora no tardó en reconocer que se la debía a John Cheever, frase leída y nunca olvidada: nada más extranjero por estas pampas que la tropicalidad de una palmera, condición que no parece incomodar a los paisajistas: ellos insisten en incrustarlas, entre otros enclaves dilectos, en los centros comerciales apuntando a una cúpula vidriada, cortando con sus troncos curvos la obsesiva simetría de los patios de comidas y otras delicias por el estilo. No tardé en sumar visiones: el paseo central de un boulevard, el vértice de puntuales piletas de natación rodeada de petunias la base del tronco, por ejemplo.

Las palmeras en la diáspora invadieron mi pensamiento y también la más rasa materialidad: podía tocarlas, a un lado y otro mi naturaleza hiperbólica las multiplicaba, y todo sucedía camino a la fuente, núcleo del rectángulo verde y fresco que tanto me atraía, en un lapso de tiempo crucial, momento en que me embistió la visión de la primera estatua decapitada. ¿Habré visto mal? Aquí todo se traspapela, las palmeras tienen el talle fino y cabeza voluminosa, en tanto que la estatua de piedra posiblemente una campesina, una pastora, algo bucólico se recrea en ese cuerpo adolescente, se presenta literalmente descabezada.

De lejos veo todo fuera de foco. O doble, debido a mi astigmatismo; pero me puse los lentes y comprobé que no se trataba de una deformidad astigmática, la estatua era simplemente lo que yo veía: un cuerpo mutilado. Sobre su cuello roto, un casalito de gorriones hiperactivos picoteaba insectos.

En un rápido giro de mi propia cabeza la sentí firme, bien pegada al tronco registré, en el cantero simétrico, una segunda escultura en iguales condiciones. Otro cuerpo femenino, a medias vestido, también bucólico, también inconcluso. Fue demasiado, todo se fundió en alucinación y lipotimia. La plaza y yo caímos en una especie de giro desbocado, como de calesita sin freno; y ese girar enloquecido gritaba “¡ojo!, peligro solapado”, lo intuí. Mi mente dibujó una guillotina, otra asociación espontánea. María Antonieta perdía, junto a muchas otras testas, la suya coronada. Pero bien sabía yo que eso había sucedido en otro tiempo, en geografías ajenas a mi país sudamericano, propenso a toda clase de ferocidades pero nunca adicto a la guillotina. Y entonces, ¿por qué y cómo las estatuas habían perdido sus cabezas? ¿Obra de un psicópata? ¿De un coleccionista? ¿De un practicante de tiro al blanco? ¿Olvido del guardián de turno? ¿Existe el guardaplaza como existe el guardabosque? Ninguna placa explicativa. Las cosas son así, y punto.

Hice un esfuerzo para recordar adónde iba cuando abordé la plaza, había perdido la brújula, no sabía cómo salir de allí. Algo fuerte me adosaba al piso, oscuramente percibía que esos cuerpos de piedra encerraban una partecita de mí. En alguna medida, en algún punto. No porque me sintiera “probable nueva víctima” como si las estatuas fuesen mis espejos, tengo clarísimo que no lo son. 

Suelo viajar muy lejos con mis pensamientos, itinerarios poco menos que siderales. La consigna es evadirme del lastre de mi cabeza programada, demasiado pensante, un vicio arraigado. Llenarla de flores, si eso fuera posible, o de dragones celestes o de sistemas planetarios con tal de no dejarla pensar. Todo es azaroso en el arte de la fuga. Pero esa mañana en la plaza Pringles no hubo dragones, ni flores, ni planetas. Fue un recurso más simple y espontáneo: me atrajo el tumulto de carreritas como de pequeños trípodes provistos de uñas diminutas; un piar desenfrenado en los cuellos escoriados de las estatuas. Como si mirara por un espejo retrovisor y reconociera la procedencia: “tenés pajaritos en la cabeza”: las oí claritas, a las palabras no por antiguas menos familiares, palabras tatuadas; sonaron nítidas. La afirmación tenía su lógica: mi propensión a perderme en las honduras que los libros me proponían, a enredarme vaya a saber en qué laberintos, en qué paisajes, en qué ideas: pero querida ¿dónde tenés la cabeza?, ¡bajá de la palmera!”, cola de frase favorita, más enfática si la inmersión se daba en las tramas de las novelas inglesas del siglo XIX, óptimo si leía poesía. Romántica ¿qué otra cosa? (Y desde un ignoto pasillo del pasado la palmera venía a mí, nada es casual, nada…). Amén de los tornillos que periódicamente debía ajustar porque se oxidaban o se aflojaban y los perdía y así no iba a llegar a ninguna parte. ¿Qué parte sería esa? ¿Habrán llegado mis censores a ese puerto deseado?

Ahora que mi atención se concentra en la gracia triste de estos cuerpos que parecen ausentes, como desraizados, desprendidos de todo entorno, estoy a punto de descifrar un doble misterio. Intuyo que una fuerza sujeta al azar me trajo hasta acá.

Muchas veces mis pájaros partieron, muchas veces volvieron, lo que podría interpretarse como una huida restringida de esos tiernos bollitos de plumas que anidan en mi pelo y aún más adentro, debajo del cuero cabelludo, tejiendo nidos entre neurona y neurona. Camino la vida con mi loco jardín en altura (hostel exclusivo para especies voladoras).

 

El cielo se abría paso entre los árboles. Cielo claro: espejo de plumas; sostén de nidos. Esa tarde la plaza fue “mi lugar en el mundo”. Me sentí a salvo en medio de ese dédalo donde me había extraviado para dejarme ser, para perder la cabeza, porque allí sí es lícito perderla y nadie cuestiona inutilidades. Nadie cuestiona nada, tampoco la desaparición de las que se tallaron en la piedra ausente. Me sentí libre del peso del pensamiento, ese obsesivo que ata y desata sin misericordia las rutinas que insisten en la equívoca idea de anclarme al mundo previsible.

Conectada a la algarabía de mis pájaros, no advertí que la plaza se había llenado de chicos. Su maestra explicaba los contenidos curriculares convenidos, diría mejor, los rumiaba, como al borde del ataque de nervios. Fue una visión contundente, homologada por todas esas cabecitas bien atornilladas al tronco correspondiente. Me devolvió sin prólogo al Mundo Real.

Miré la hora. Se había levantado un viento molesto, esperable en el corazón de ese otoño inestable.

En un gesto maquinal, de autoprotección, me ajusté el pañuelo que llevaba anudado al cuello. Fue un guiño mínimo y me detuvo en seco porque fue obvio. Saturado de significación, subrayó mis latidos arrítmicos.

 Agradecí en silencio. Supe que ninguna parte de mí había sido cooptada, pese a las amenazas lindantes. El pañuelo de seda sutil sutura, era la gran prueba al canto. Encastrado al resto del cuerpo, mi jardín en altura alborotaba intacto. Como una bandera que acusara una concepción del mundo imperceptible para los exentos de altas pajareras, música encantada para mí, para los portadores como yo, mis huéspedes emplumados cantaron en libertad.


(Tomado de: En el borde,  Alción Editora, Córdoba 2023)

CÉSAR BISSO: EL SUSURRO QUE TAÑE

 Mi reseña a El susurro que tañe, poemas de César Bisso: POEMAS QUE ALUMBRAN PEQUEÑOS ESCONDRIJ24OS DE IMPAVIDEZ, publicada en la edición impresa del diario El Litoral (Santa Fe), el  24 de octubre de 2025





Texto completo: 

                   Poemas que alumbran pequeños escondrijos de impavidez

César Bisso, El  susurro que tañe, Cartografía Ediciones / La Yunta Ediciones (Río Cuarto / CABA, 2025)

 

©Marta Ortiz

Si pudiera dar cuenta -apelando a una sola imagen-, de El susurro que tañe, poemario de César Bisso (coedición de Ediciones La yunta –CABA- y Cartografía Ediciones –Río Cuarto-, publicado en junio de 2025), elegiría una de las más clásicas de la literatura de todos los tiempos: la del viaje, cuyo itinerario poético  introspectivo y reflexivo, contempla un breve pasaje por cada una de las tres estaciones propuestas: “Premonición”, “Clausura” e “Incertidumbre”. Intensa indagación poética cuyo recorrido ilumina el efecto de la degradación progresiva de los vínculos, la vulnerabilidad que define nuestro estar en el mundo, la imposibilidad de prever lo incierto por venir. “Solo, a la sombra de mi propia sombra, / ninguna flor abrirá”; dicen los versos de “Ermitaño” resonancia del encierro pandémico, epítome del progresivo deterioro de los vínculos mencionados: “la vida se hace a plena luz, / de frente”, leemos.

Atravesado por el presagio de lo que puede venir bajo la forma de una campanada que en su tañido anticipa lo que desconocemos y que probablemente será doloroso y nos dejará indefensos, El susurro que tañe dice mucho del miedo -esos “pequeños puñales”, según la ajustada metáfora que el poeta brasileño Floriano Martins incluye en el título de su prólogo- al golpe letal del azar. La voz poética se pregunta cómo transitar un presente incomprensible que se aísla en la indiferencia ante el dolor de los demás. Los hombres “seguirían librando batallas absurdas, consumiéndose entre ruinas, victoriosos de la peor derrota: / la ausencia del otro”, dicen los versos de “Oráculo”, admitiendo que ni siquiera la profetisa Casandra se animó a predecir tal derrumbe. La postal no difiere del espejo de la Historia: “La historia es un río oscuro / y sin orillas / donde flota el luto de los siglos”. La sensación es de callejón sin salida, de hondo desgaste, cualquier lucha parece inútil. Las cartas están echadas, el destino quiso que el itinerario del poeta transcurriera en un tiempo “malherido”, “…la pesadumbre bruñe / el alma despellejada”.

Sin embargo, al tiempo que se advierte la decadencia, la resiliencia del poeta no se ampara en la resignación sino que intenta parir una realidad alternativa. “¿Hay salvación?” se pregunta en “Praxis”, y  no duda en responderse con la palabra más breve y prometedora de nuestro idioma: “Sí.” Vestirá, si es necesario, la piel del hechicero y también la del guerrero esotérico entrevisto en sueños, aunque lo cierto es que en la vigilia siempre elegirá la mansedumbre del agua.

“Palabra en vuelo” potente poema que cierra la primera sección, escribe por igual un lamento y un deseo, un reubicar las cosas en su lugar ante uno de los males actuales más visibles: el uso degradado, mentiroso, de la palabra: “El mal decir carcomió la torre de Babel”. Pero “No te rindas palabra / aunque ya enmudezca el mundo / alguien escuchará tu grito”, leemos en esa suerte de plegaria que César Bisso, a través de la voz que escribe, parece decirse a sí mismo: no te rindas, tu palabra es tu espada y tu maná.

En “Clausura”, segunda parte -y aquí también se respira la asfixia, la inmovilidad que selló la pandemia-, los malos presagios tañen, aturden. El poema elige entonces respirar en la contemplación del mundo pequeño y cercano: la hendija que filtra y permite intuir el contacto con la naturaleza: el río, la magnolia, el colibrí, la senda de una estrella, la noche. La pertenencia es a la naturaleza: el deseo de ser una parte más del todo, una parte viva. Encender nuevamente la llama que el golpe de la tiniebla apagó. Moverse de ese lugar de desamparo, desasosiego e incertidumbre. Salir, sanar, sentir, confiar, tal el derrotero que orienta la resistencia del poeta mientras el viaje por las estaciones propuestas aclara su percepción: “Nada resguarda un corazón solitario / tendré que luchar, poema tras poema”.

En el contexto de autoexilio evocado, “migajas de pan pesa la esperanza”, leemos, y la desesperanza “blasfema sobre la hoja de papel”. El yo poético se debate entre maldecir sobre la hoja blanca o escribir un poema que alumbre otra forma de vida, que cante o simple, la vida sencilla de los pueblos pequeños. Optar por la estrategia de la almeja y ocultarse mientras dure el temporal o “alentar la franqueza del grito, / que incluso ahogado resiste.” En tiempos de posverdad la búsqueda incluye reconstruir el trazo de la letra, dar con la raíz primera del habla, limpiar la escoria acumulada. La oratoria sofista lleva al único atajo posible: la obediencia sumisa por devaluación del entendimiento que el uso tramposo de la palabra promueve. Así lo expresan los poemas  “Atajo”, “Oratoria” y “Rendición”, eslabonados uno al otro iluminando los bordes de una actualidad distópica que todos experimentamos y cuyo combustible es la opacidad del concepto de verdad.

El poeta sigue oyendo, sin embargo, una canción reincidente, un tañido, aun bajo la sospecha de que “…ha quedado enmudecida / ninguna melodía supo acompasarla.”. La canción “revive” y remarca que el otro es su espejo: el mundo se resquebraja cada vez que la injusticia golpea sin piedad al vulnerable. Los lobos aúllan cerca y beben la sangre de los pobres y la tormenta nunca cesa. La pregunta cae de su propio peso: “Para qué sirve la voz / cuando se disipa la esperanza?” No saber lo que vendrá traerá dolor. Habrá que desmalezar, dejar atrás el recelo a lo desconocido, a lo que no comprendemos, vislumbrar y poder descansar en “pequeños escondrijos de impavidez”, así lo sugiere el último verso de uno de los poemas más bellos del conjunto: “Imaginario”. El yo que escribe se anima a ello: “Desconozco mi suerte.” asevera el verso que marca el final del último poema, abriendo a la vez la posibilidad de una convivencia armónica con los estados anímicos desolados que atraviesan estas páginas, claves del registro emocional interpelado, todas ellos resultantes de la misma matriz: la incertidumbre, marca indeleble en el dobladillo del siglo.

Los poemas de El susurro,,, se expanden alrededor de lo que podríamos llamar núcleo de sentido, muchas veces rematados por una evidencia, aprendizaje, verdad aprendida o entrevista en el camino de ahondar en la imagen o idea que da pie al proceso de escritura. Intensamente sonoros, desde su título que anticipa los susurros que se oyen como tañidos, desde las campanadas que suenan en cada página bajo la forma de un presagio, de un miedo, de una incerteza, como también de las pequeñas epifanías o de la visión fascinada de la belleza. Hogar de pájaros, es posible oír no solo el canto sino también el aleteo de zorzales, horneros, colibríes: “Siempre vuelan pájaros solitarios- / Del patio al río, / de la tierra al agua” y es posible oír sus “trinos como cencerros”.

 





MARTA LÓPEZ LUACES: URBANIZACIÓN X

 Mi reseña a Urbanización X, novela de Marta López Luaces; EL PODER DE LAS PALABRAS PARA DESACTIVAR RELATOS, publicada en la edición impresa del diario Página12 (Suplemento Rosario12), el 22 de julio de 2025 





 
Texto completo;

La resistencia de la palabra

©Marta Ortiz

Marta López Luaces, Urbanización X, Seix Barral, Buenos Aires 2024

 

Abordar la lectura de Urbanización X (Seix Barral  2024), novela d la poeta y narradora española Marta López Luaces (A Coruña, 1964), radicada en la ciudad de Nueva York, ‒ficción que construye una realidad situada a fines del siglo XXI en la que nadie desearía vivir‒, implica aceptar sus efectos colaterales: si tensionamos, llevándolos a la hipérbole, los hilos que allí se desovillan, se advierte que el germen de dichos ovillos ya late y está vivo y amenazante entre nosotros. Como si miráramos a través de un cristal de aumento, se entiende que el mundo distópico representado no es sino el eco pesadillesco del presente, el aviso desoído de Casandra, el espejo en el que no queremos mirarnos.

     Se trata de un mundo cuyos bordes -entre otras citas y menciones leídas a lo largo del texto-, son claramente expuestos en los epígrafes que dialogan con la trama, tomados de autores y autoras que sobradmente han dado cuenta de cómo, en contextos de globalización y neoliberalismo, la violencia, la muerte y la explotación suelen asociarse para generar ganancias.

Las coordenadas espaciotemporales de Urbanización X dicen: año 2099 en la Tierra, devastada tras un colapso ecológico o, mejor, ecocidio, si atendemos al descuido actual de los recursos naturales del planeta. La humanidad sobrevive distribuida en urbanizaciones amuralladas que siguen el orden del alfabeto. Según su fortaleza económica representan las clases sociales conocidas: de la A a la D las más altas donde unos pocos privilegiados aún respiran aire limpio bajo el cielo azul; de la E a la  L podrían ser las capas medias y en las últimas letras se ubican las clases más bajas disueltas en la marginalidad, un mundo sin derechos en el que las mujeres son el grupo más pauperizado, meros objetos rentables en la Bolsa Internacional de Acciones Humanas. Las familias venden a sus hijas para escapar de la pobreza. Solo pervive el valor económico. La humanidad se ha deshumanizado.

       La historia retrospectiva se cuenta desde la voz de su narradora y protagonista, Uxía, hija de un narco poderoso y de una mujer que maneja la prostitución en la X,  donde violencia y crimen son rutina. Un lugar del que se dice: “El mayor entretenimiento es la violencia. La muerte se ha introducido en nuestro deseo”. Si bien el poder económico parental funciona como escudo protector, Uxía le teme a la pobreza que se huele, se siente, “chirría” cerca –dice-, y contra viento y marea se prepara para nunca caer en ella.

     No escribe en un cuaderno al modo del diario decimonónico o de la comunicación epistolar, sino que elige una forma aggiornada de dicha tradición: un blog administrado desde la X, foro aparentemente abierto aunque censurado: tras la primera publicación los comentarios que amenazan o insultan se borran, y el excedente de dos o tres que sí se publican, van a un archivo. Los posteos de Uxía buscan justificar o despejar dudas sobre una probable complicidad suya en la desaparición de tres jóvenes (sus dos amigas y su ex novio), quienes han creado un proyecto solidario colectivo que intenta rehabilitar ese mundo en ruinas. Los usuarios del blog (en general miembros de las clases medias o bajas) opinan, algunos le creen, otros la acusan de mentir, se burlan e incluso intentan silenciarla o desertan de la página. Tal polifonía de voces dispares instala la duda; quien lee oscila entre creer o descreer de lo que se cuenta, el relato deviene una conversación hostil, una letra siempre incierta.

Uxía defiende su palabra mientras escribe: intenta conmover o mostrarse fuerte, prueba y define estrategias. Sus lectores vigilan y dictaminan, nada es del todo claro ni confiable, la verdad siempre en jaque,. Uno de los usuarios dirá: “…la verdad es compleja, por eso preferimos creer que no existe o que algo oscuro se esconde detrás de ella”. Algunos sospechan que Uxía y quienes la rodean podrían no son reales, ¿existen? Se sabe por los relatos conocidos que el número de historias posibles es limitado, ¿existen ellos o se trata de una copia de personajes que ya conocemos? 

     Es decir, “la verdad”, en Urbanización X (tal como sucede en nuestro tiempo) es un campo de batalla y el lenguaje, terreno minado y herramienta de manipulación. Pese a las críticas, la escribiente no baja los brazos ni abandona su relato, sabe que, como lo expresó Orwell y algún usuario lo cita: “Quien controla la construcción del relato controla la realidad”. El relato es poder, quien narra controla qué recordar o qué olvidar, elige la víctima y el victimario. Conoce ese poder y lo usa; escribe para pasar en limpio su versión de la historia, su relato. En un mundo donde nada queda en pie, la palabra, aun sospechada, aun devaluada, logra permanecer. Así, el pensamiento de filósofos, antropólogos, escritores, economistas, activistas de los siglos XX y XXI, permanece en la memoria de los usuarios del blog, entre ellos, y paradójicamente citado por alguien que pertenece a la X donde la educación es un bien escaso, resuenan las palabras de Bifo Berardi quien “vio en la poesía, la voz del lenguaje capaz de crear nuevos significados y otras realidades posibles”, palabras que, dice, inspiraron a los jóvenes idealistas desaparecidos que vieron en la poesía un instrumento de transformación social en tiempos de crisis de la imaginación, aplastada por el peso brutal de la economía financiera.

Y ha de haber sido, tal vez, en estas palabras de Berardi, que Marta López Luaces nos acerca el ritmo deseado de una nueva respiración, la posibilidad de un antídoto a tanta realidad distópica: la palabra poética, revolucionaria y sobreviviente a toda destrucción, tal vez sea la única capaz de crear una realidad alternativa. Con un lenguaje claro, intensamente simbólico, exento de adornos, casi diría funcional, cercano a la experiencia de quienes deambulan en las recovecos de ese mundo deshumanizado que ha olvidado la dimensión poética del lenguaje, no resigna sin embargo, apelar, cada tanto, a un cierto resplandor poético en las páginas de Urbanización X, como quien da un respiro a tanta reducción, a  tanto sofoco, a tanto condicionamiento.

    En los tramos finales, el relato de Uxía adopta el ritmo cinematográfico de un thriller, una serie de peripecias que incluyen infidelidad, traición, asesinato, huida, cruces de fronteras, hechos manipulados por las dos organizaciones que en diferentes direcciones lideran los destinos de la humanidad, el blanqueo de la acción colectiva de los desaparecidos versus la salida individual de Uxía a cambio de servicios especiales, quien acepta y declara: “Y sí, soy una persona de este tiempo, mi yo  –mi bienestar, mis deseos y mi prosperidad es lo que importa”. Se precipita así el acceso prometido a la urbanización que siempre imaginó como el paraíso, y donde lo que allí encuentra devela a quien lee, aquello que Uxia no puede expresar porque al momento de trasponer la entrada y comprobar en qué consiste la ansiada urbanización A cierra su último posteo: ella también ha sido manipulada; idealistas y pragmáticos han sido ipor igual cooptados por el poder económico. No hay salvación. No hay tal paraíso. La imagen poderosa de una extensión baldía es el espejo agrio del que hablábamos al comienzo de este texto: el fracaso de un sistema que promete bienestar a cambio de exclusión, un mundo “ideal”, que solo implica ruina.

Urbanización X no es solo  la proyección de un futuro devastado. Es también una reflexión sobre el poder del lenguaje, sobre la violencia de los relatos que desestabilizan la realidad y la despojan de su historia hasta vaciarla de toda humanidad. Muchos interrogantes quedan flotando. Corolario de tanta pérdida, y tratando de imaginar un futuro si es que existe, brilla, al menos, una certeza: la necesidad urgente de exponer y resguardar  nuestros testimonios


ANTONIA (TONA) TALETI: VERSIONES



Mi reseña a Versiones, poemario de Antonia Taleti: POÉTICAS DE LA MEMORIA CONTEMPLATIVA, publicada en la edición impresa del diario El litoral (Santa Fe), el 10 de diciembre de 2024.







ENLACE: https://www.ellitoral.com/opinion/antonia-poesia-rosario-libro-versiones-mirada-casa-historia-belleza-memoria_0_rFBBnbgzPB.html

               Texto completo:  

                    Poéticas de la memoria contemplativa

                                                              ©Marta Ortiz

                            Versiones, Antonia Taleti, CR Ediciones, Rosario, 2024

       Versiones es el cuarto libro de poesía de la poeta rosarina Antonia Taleti; esperada entrega que se suma a la ruta poética iniciada en 2004 con el poemario La voz que nunca alcanzo, al que siguieron Río de Paso en 2007 y Cómplice en la mirada en 2014. Impecable edición de la editorial rosarina CR Ediciones.

Si el mundo físico que vemos y tocamos se construye sobre las ruinas de las ciudades del pasado, si los materiales cansados se reversionan, si se restaura un mueble o se cambia de lugar, si la escritura que llega al libro es la cristalización de una serie de tanteos y modificaciones sobre el cimiento que cavó el origen; si no es igual escribir a los veinte que a los cuarenta o sesenta o más, cuando ya la vida dejó sus marcas tatuadas en cuerpo y alma; siguiendo el hilo de esa misma lógica, inferimos que el título Versiones sugiere una nueva traducción de la mirada de su autora, una “versión otra” de su subjetividad.

 La invitada es la línea del tiempo, ese intangible que tanto adhiere o modela, como erosiona o lija. Todo cambia pero nada se pierde, sino que se transforma. Una buena ilustración de esta idea es el poema “Abuela”, reflejo de una historia familiar que no se dejó perder en las esquinas del tiempo: la abuela que llegó de Italia con una Singer bajo el brazo pervive hoy en la nieta que conserva la máquina, y en la poeta que lleva su nombre: Antonia.

No es casual que el yo poético afirme en el primer poema de la primera parte, “Arroz con leche”: “No bordo ni zurzo / ni siquiera tejo, ignoro / las tramas de este oficio”, aludiendo a la canción infantil que refleja mandatos ancestrales destinados a las mujeres. En esos versos brevísimos hay una toma de posición, un temprano acto de rebeldía, son otras las tramas que sí conoce y le dan entidad: las de la casa habitada, por ejemplo, ese núcleo que guarda todo lo que importa: las historias vividas, los muertos queridos, los sueños, el pasado, el presente, la idea de futuro. Gastón Bachelard, en su Poética del espacio, ha escrito: “…las diversas moradas de nuestra vida se compenetran y guardan los tesoros de los días antiguos […] no somos nunca verdaderos historiadores, somos siempre un poco poetas y nuestra emoción tal vez solo traduzca la poesía perdida.”

“Mi casa tiene garras”, se afirma en el primer verso de “Espejo”, imagen poderosa que describe ese espacio cuya intimidad, como un minúsculo aleph, revela el afuera, Durante la pandemia, la casa se convirtió en un búnker semejante al castillo que en “La máscara de la muerte roja” de E A. Poe, le hizo creer al príncipe que encerrarse allí lo salvaría de la peste. A fuerza de permanecer en interiores protegidos, la casa parece haber desarrollado garras que aretienen en su interior. En su calidad de espejo, guarda todas nuestras imágenes, nuestras versiones, nuestra historia. La dialéctica establecida entre el interior y lo exterior, justifica el enunciado: “A mi casa entra el mundo, todo lo que necesito está allí”. Y no es para menos, los relatos -rebeldes a los mandatos de “El orden [que] quisiera desoír / la fuerza tenaz de lo persistente”-, resisten ovillados en sitios recónditos como podría ser incluso el cajón de los cubiertos. Interpelada por puntuales recortes de vida, la poeta “ordena” el verdadero paisaje, no se deja cerrar la boca, no permite que el polvo del tiempo borre los vestigios, no olvida y rescata. La serie cierra con “Adiós mamá”, poema que es clausura, evocación de un día aciago en el que la casa -como alguna vez lo hizo el útero materno-, contuvo a la poeta.

Así como en el comienzo de la primera parte se afirma desconocer las tramas que implican bordar, zurcir y tejer, la segunda parte abre con una suerte de reclamo al ojo que, aunque es capaz de mirar, se muestra incapaz de ver, un ojo que “¡No ve nada!”, se dice ¿Qué cosa –nos preguntamos- deja fuera de su campo visual ese ojo que plantea una carencia? Porque sí puede demorarse en la contemplación fascinada. El sentido de la vista como forma privilegiada de la percepción, “ve” lo que sí quiere mirar. los reflejos en un fondo de agua (otro espejo), los colores del jazmín del Paraguay junto a la verja: “bello misterio / y su permanencia”; el aire emplumado de flores amarillas como “lagrimitas de ángel” en la floración del tilo, la luz que emiten los zefirantes, esos “lirios que persisten, blancos, floreciendo”. El ojo no cesa de absorber: “Ante la gracia de su belleza / no hay margen que dilate la mirada”, se dice.

En su libro Prosas, Hugo Gola escribió: “…los sentidos liberados traen […] un esplendor que trastorna y amplía la experiencia, la vuelve imprevisible e inagotable”. Algo de eso se siente al recorrer ese territorio en flor que no olvida lo pequeño casi invisible: existen jerarquías en el jardín de la poeta; frente a la soberbia belleza de los agapantos y como quien reclama su derecho a la visibilidad -y aquí, aunque se ha dicho que no ve nada, es el ojo el que dicta los versos-: “En un rincón indómito / yergue un yuyo / su florcita amarilla”. Vuelta de tuerca, énfasis del asombro conmovido ante un escenario que renueva su versión cada vez.

En la tercera parte asistimos a la evocación de paisajes que fueron cotidianos: el río, el chasquido del agua que carcome el muelle (metáfora del paso del tiempo, recuerdos que merodean entre papeles en desorden). Memoria e imaginación juegan su posibilidad de ser en la página. El parque Independencia, “…esa geografía con lago, montañita /  rosales y arboleda donde cantaban pájaros”­, la infancia compartida, el adiós al hermano, la clausura de la infancia. Los paisajes familiares también entablan su dialéctica con el resto del mundo cuando el poema dibuja la imagen de un tren alejándose de Tianjin, ciudad china que despide a la viajera con la visión desde la ventanilla, de dos barriletes elevándose.

“Versiones” –última sección-, evoca una estadía en Roma, tanteos de un mismo recorrido por el barrio judío: el reverso de lo que se creyó era un destello de felicidad, transmutado en tragedia en tanto la mirada registra una de las tramas más oscuras del siglo pasado en la placa que da cuenta de los datos de una de las víctimas de Auschwitz. “En Roma, también sucedía”, dice el poema, unificando tragedias. Y es allí, en esa sensible y precisa esquina del libro, que al dar vuelta la página, el ritmo de una cumbia sacude al lector ensimismado. Abrupto cambio de clima, el poema incorpora un cierre musical y escapista, como si una voz interior que viniera de lejos, de tambores atávicos, nos dijera: no podemos absorber más; bailemos, que el mundo se derrumba.

Versiones habla de intemperies compartidas, de un conjunto de fragmentos o mosaico de visiones que definen nuestros frágiles pasos de baile en el mundo que habitamos. Un ojo que no ve y sin embargo capta, un no saber que sin embargo absorbe y entiende, un espejo que no cesa de reflejar y de ser reflejo en otros espejos; “…solo tenemos versiones precarias del mundo”, escribe Sonia Scarabelli en la contratapa.

Honda y diáfana, la poesía de Versiones capta el sonido de un mundo que a pesar sus recortes de belleza se siente a punto de derrumbe. Y entonces, como una forma de placebo, irrumpe la cumbia: “ y se suda, se huele y no se piensa”. Tal vez, en un mundo que deviene absurdo, la salida sea marcar el compás, no detenerse, los pies ligeros. Al fin y al cabo, el baile es arte y es ritual. Nos aparta de toda forma de barbarie.


GRISELDA RIOTTINI: LAS FLORES DE MARTE


Mi reseña a Las flores de Marte, de Griselda Riottini: ESCRIBIR LA MÚSICA INTERIOR, publicada en la edición impresa del diario El Litoral  (Santa Fe)el 19 de Julio de 2024.





Texto completo;; 

ESCRIBIR LA MÚSICA INTERIOR

@Marta Ortiz

 Riottini, Griselda, Las flores de Marte, Ciudad Gótica, Rosario 2024

 

Mientras escribía un texto para la contratapa de Las flores de Marte –microficciones de Griselda Riottini editadas por la editorial rosarina Ciudad Gótica-, inmersa en la variedad de sonidos que los mundos interiores de su autora emitían, advertí con cuánta naturalidad se encastraban al epígrafe general de Alejandra Pizarnik elegido, donde leemos: “Me di cuenta de que era yo la que producía ese sonido, casi era ese sonido alimentando mi existencia al emitirlo”. Quiero decir: Griselda daba cauce, en esa escucha introspectiva y su posterior traslado a la escritura, a su propio sonido, al mismo tiempo autosostén y combustible, al ritmo de lo que podríamos llamar el entusiasmo de la escritura recuperada tras un hiato temporal luego de la publicación de Bestiario de las cañadas y Malibúes (poesía, 2014 y 2016 respectivamente).

El viaje lector propone recalar en ocho estaciones: Diarios I y II, Poeta, Escenas, Mutaciones, Mujeres, Sueños y Contemplación. Si bien muchos relatos asumen ribetes autobiográficos o están basados en hechos reales, sobre todo en los Diarios, otros apuntan al misterio, al rescate onírico, incluso a las estremecedoras peripecias de un cuento de terror.

Diarios I y Diarios II dan cuenta de vivencias cotidianas a partir del encierro de una “ella”, “una mujer”, o “La vecina del piso 11”: viñetas ligadas al tiempo de pandemia, al cuerpo que sufre una lumbalgia invalidante, al registro visual del paisaje, al deseo de recobrar la práctica de la escritura, a cierta desesperanza que se reitera: “Una mujer siente que la vida le pasa de costado”, se dice en el relato “Días”. Ambos partes de los Diarios sostienen una narrativa de vida puertas adentro, de quietud contemplativa. La señora del piso 11 rodeada de sus libros, sus objetos, sus plantas y su paisaje cercano, experimenta “alegría y una sensación de plenitud con la que podía seguir sin importar adonde.” 

Las “Escenas” abandonan lo autorreferencial y relatan instantáneas que, aunque mayoritariamente centradas en una geografía acotada, en ocasiones apelan a lo improbable o indemostrable. Y es en precisamente en esta serie, que reafirma mínimas aventuras cotidianas, donde paradójicamente un día se abren esos misteriosos globos como estrellas amarillas que tan ajustadamente interpreta la ilustración de tapa de Elsa Albornoz. “¿Las flores habrían venido de Marte?” –se pregunta la narradora, quien luego se acerca al río y comprueba que nada extraño altera el paisaje, y sin embargo en su balcón continúa vibrando el misterio de la flor, misterio que a su vez disparó mi pregunta retórica: ¿puede una flor presuntamente marciana recalar y abrir su forma estrellada en el macetero del balcón de un piso 11 que, como la ciudad que lo contiene, mira al río? No lo sabemos, pero es muy literario creer, si nos atenemos a la música interior que estos textos emiten, que sí es posible. 

En “Mutaciones” leemos capturas ligadas al territorio próximo, como la del Trapito de la cuadra o la del hombre flaco y de piel amarilla que ronda el barrio. La excepción la da un relato cuyo comienzo impreciso: “Era una tierra de fantasmas y de cazadores furtivos”, lo acerca a la leyenda; o el de la lobera que apaga su soledad llevando peces a los lobos marinos. Los personajes viven su épica diaria en soledad, inventan pequeñas acciones, brillos mínimos para darle algún sentido a su día.

 “Poeta” se diferencia del resto en el tono íntimo que aporta el uso de la primera persona. A partir de una cita de la poeta santafesina Beatriz Vallejos, toma cuerpo una teoría de la inmortalidad, un modo de interpretar, en la vibración infinita del universo, la omnipresencia de los seres queridos ausentes. Tal vez se trata de un deseo, o quizá, sólo de poesía, conjetura la voz que narra: “Después de todo, Dante dijo que el jardín del Edén y la vida eterna, habían sido soñados por los poetas”, se dice. También los “Sueños” suman una dosis de magia cuando en su materia evanescente permiten recuperar, entre otros prodigios, la presencia de muertos queridos.

 “Contemplación” cierra el volumen. Las visiones de la escribiente reinciden en la cambiante modalidad de la luz sobre el río que cada mañana se filtra entre las ramas de los eucaliptos, mediatizadas a su vez por el verde de las plantas de su balcón. Estas imágenes descriptivas que con variantes leemos a lo largo del libro, me hicieron pensar en Auggie Wren, personaje de la película Smoke (Cigarros), con guión de Paul Auster, quien intentaba captar las variaciones de su paisaje más próximo (la esquina enfrentada a su quiosco de venta de cigarrillos), tomándoles una fotografía diaria. En “Acto I” leemos, referido al río: “…quería describirlo como si de una fotografía se tratase”. Y más acá en el tiempo, otra asociación libre me llevó a la película de Wim Wenders, Perfect days, cuyo protagonista Hirayama persiste en fotografiar, en el marco de su rutina diaria, la cambiante luz del sol entre el follaje de los árboles, momento irrepetible que todos los días se juega entre luz y sombra, así como al modo de la representación a través de la escritura, sucede con el  río omnipresente en Las flores de Marte.

¿Puede el encierro sostenido fijar un punto de mira en altura como quien espera reafirmar cada día la visión del mismo paisaje y sus cambios sutiles para convencerse no solo de que el mundo sigue latiendo sino de que en consecuencia, también quien mira, como la flor marciana, sigue vibrando? No lo sé, pero sí sé que en Las flores de Marte se crea un diálogo, y el río es interlocutor. Con un lenguaje limpio, preciso, en ocasiones poético, la materia geográfica y humana que habita estas microficciones abarcan un piso 11, un balcón, el río -que aporta distancia y fuga-, los edificios lindantes, el parque, paseantes que entre los árboles y vistos desde lo alto parecen “flores del bosque”, un cuidacoches, la vecina, realidades tangibles a las que se suma la visión onírica de “niños muertos que pasan volando”, o el misterio de los jacarandás que “No son los mismos cuando permiten deslizarse espíritus como búhos colgantes al atardecer”, entre otras imágenes que rozan lo fantástico.

   Este libro, entre otros hilos semánticos, hace pie en la contemplación y la escucha como abordaje para la superación de un bloqueo de escritura. En “La decisión” la narradora dice: “Ella tomó impulso para escribir sin saber hasta cuándo podían seguir las frases que le surgían”. Sin embargo, y “Aun cuando en sus oídos seguían apareciendo sonidos que tal vez vinieran de los sueños para decirle algo del paisaje, de la gente del parque […] ¿O tal vez de ella misma para no quedar atrapada en la angustia del no decir?”, una segunda decisión tuerce la anterior: “Por eso dejó de escribir. Se animaría a no hacer nada.” Un cierre que contiene el libro: para la protagonista del relato es solo un punto final que a su vez es la expresión de una filosofía de vida. Pero para Griselda Riottini, que escribió estos relatos capaces de sintetizar mundos enteros en pocas líneas, se trata solo de la metáfora del fin de una etapa, de un reencuentro que es a la vez reconciliación y augurio de continuidad.


GLORIA LENARDÓN: CIUDAD SITIADA

Mi reseña a Ciudad sitiada, nouvelle de Gloria Lenardón; LO PÚBLICOO Y LO ÍNTIMO EN TIEMPOS OSCUROS, publicada en la edición impresa del diario El Litoral /Santa Fe), el 22 de enero de 2025





ENLACE: https://www.ellitoral.com/opinion/publico-intimo-tiempos-oscuros_0_EFw4OkpuEa.html


Texto completo

                             Lo público y lo íntimo en tiempos oscuros

   Lenardón, Gloria, Ciudad sitiada (Casagrande, 2024)

 @Marta Ortiz

 Podríamos decir que “Ciudad sitiada”, nouvelle de la escritora rosarina Gloria Lenardón (Casagrande, agosto de 2024), es un viaje retrospectivo en clave de ficción, a la página más oscura de nuestra historia reciente. Un recorte posible de los años setenta (evidentes en las marcas indiciales), con foco en una ciudad sin nombre explícito que podría ser Rosario o cualquier otra, cuyas calles se ven dominadas por una raza de perros que –se dice-, sin ser salvajes, actúan como si lo fueran.  

La trama aparentemente simple apoya en la representación de dos protagonismos antagónicos: por un lado la vida cotidiana de una familia  compuesta de cuatro mujeres -una tía abuela, tres nenas y la madre, apodada también Nena, quien parece preocuparse solo por su aspecto físico, el bronceado de la piel y su sueño de vivir en los EEUU (meta sobrevalorada para muchos en el periodo aludido)-, y Willy, padre de las niñas y esposo de Nena, momentáneamente ausente, a la espera de superar la débacle económica familiar abriéndose camino en dicho país del Norte; y por otro lado, una ciudad cuyas calles son asediadas y “deformadas” por jaurías violentas que merodean, y atacan a los desprevenidos transeúntes, escenario óptimo para desplegar las atrocidades progresivas cometidas -la similitud del accionar de los perros con los llamados “grupos de tareas” durante el complejo periodo evocado, permite la asociación-: “Su historia como raza, el periodo de la historia que les corresponde a estos perros se conocía en materiales por demás dispersos, y no había muchos, y los que había no eran de acceso fácil,”

Abundan las marcas espacio-temporales que reinstala la década en cuestión: la venta “del Torino” (ícono en los setenta de la industria automotriz), la omnipresencia de la carta manuscrita, “los moldes del Burda” (revista de moda muy popular entonces), el bronceado, mandato de la moda que ignoraba los daños irreversibles del sol en la piel, el maquillaje facial exagerado, la fascinación por los EEUU, por su idioma, sus brillos, su penetración; el cierre de la fábrica de lavarropas (las fábricas en quiebra, otro denominador común setentista); se nombra incluso a Mario Kempes, goleador de la selección argentina durante el mundial de fútbol 1978, posiblemente el dato temporal más explícito.

La fisonomía de los perros se describe en trazos esenciales con la precisión de un boceto: “frente estrecha, hocico afilado, cabeza muy puntiaguda […] muy parecidos entre sí”. Quedan resonando las palabras que a lo largo de las páginas remiten a un contexto de asfixia, de repliegue en el silencio: olisquean, muerden, desgarran, acosan, ensañamiento, ataque, cacería, aullidos, gritos, exasperación, indefensión, mandíbula, trote, sangre. Los perros han construido un orden autoritario y aterrador en el secreto que el silencio colectivo alimenta, en las bocas cosidas o en la complicidad de algunos y la indiferencia de otros: “nada se escuchaba ni había información sobre los ataques de los perros, salvo algún rumor lanzado al azar, o alguna murmuración, se perdía lo que no se repetía de boca en boca”.

La familia protagonista no sabe con certeza qué ocurre en las calles, o lo sabe sesgado, lo que no le impide proyectar sueños domésticos tras los cuales imaginar un futuro de película. La Nena, cuyos días transcurren entre la escalera que lleva a la terraza, y la terraza donde puede entregarse al bronceado diario, se mueve en ese reducido espacio donde el único perro visible es Dulce, su caniche inofensivo y donde el sol, con todo su brillo, es capaz de relegar a un cono de sombra, las carencias personales y sociales de ese tiempo intervenido. Un sitio desde donde es posible mirar -un poco de reojo, sin detenerse demasiado- el río o la calle; más pendiente de una planta rastrera o del esmalte para uñas, que de los tenebrosos acontecimientos que suceden en las calles. Un saber recortado que los protege de lo que no se quiere o no se puede aceptar. El mundo exterior se ha vuelto hostil, enemigo. Lo aterrador es secreto para la mayoría: “por su tía supo que un perro de la jauría había matado a alguien y lo había ocultado tan bien que resultaba imposible encontrarlo.”, su tía escuchó el comentario, “…lo guardó bien guardado y nunca más lo mencionó”. En entrevista publicada en el diario La Capital (Rosario, 4 de octubre de 2024), Lenardón dice: “Evadir lo que sucedía en las calles resultó un lugar común, un aferrarse a no mirar afuera, lo que sucedía fuera lo devoraban los pequeños acontecimientos individuales...” tales como pintar un mural en la pared del pasillo, la lectura de una carta esperada o el estreno un vestido nuevo para ir al cine.

Ciudad sitiada puede leerse de una sentada, como un cuento, aunque en su brevedad quepa cómodo el núcleo aberrante de una pesadilla que nos involucró a todos, cuyas esquirlas esperan aun ser extirpadas de las heridas que no cierran. Visualmente, los párrafos compactos impresionan como bloques, sin quiebres, pocos puntos, pocas comas, pocas pausas, sin espacios en blanco, salvo en el pasaje de una página a la siguiente; especie de continuum que impulsa a seguir leyendo, una página se engarza como un eslabón a la anterior y la cadena no se corta, como no se corta el avance progresivo de la embestida de los perros, La escritura precisa y visual dibuja espacios y movimientos dinámicos casi fotogramas que pasan por la mente de quien lee, como si fuesen las imágenes que podrían acompañar el texto si se pensara en una novela gráfica. A modo de ejemplo: “La calle se desgajó en gente que huía. Los perros con su cabeza puntiaguda adelantada y amenazante como un arma, embestían […] a los que dudando entre correr y quedarse quietos se movían tropezando…”

Si el sustrato del que se nutre la ficción es la vida, si -en palabras de Ricardo Piglia (Formas breves)-: ”Todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida”; si como ha dicho Carson Mc Cullers: “La imaginación es más verdad que la realidad”, esta ficción en la cual Gloria Lenardón (como esa tía abuela que compone su idea de la realidad espiando “con sus ojitos repintados aplicados a la hendija de la persiana”, y recopila una información que luego, -a diferencia del objetivo de esta narración-, se guarda de reproducir), recorre los pasillos y hendijas de su memoria, reúne y construye, con la reverberación de lo vivido y oído, una metáfora del pasado, una escritura que -aunque en su devenir material sucede en el presente-, se propone sacudir, interpelar las aristas de un tiempo ya cristalizado, sumando así una vía más de acceso a la comprensión de cómo y cuánto de ese pasado sombrío, pervive en los claroscuros que hoy atravesamos.