Mi reseña a La lengua de viaje, de Esther Andradi:: DE LAS LENGUAS QUE VIAJAN CON SUS HABLANTES, publicada en la edición impresa del diario El Litoral (Santa Fe), el 10 de febrero de 2024
Texto completo:
DE LAS LENGUAS QUE VIAJAN CON SUS HABLANTES
Esther Andradi, La lengua de viaje -Ensayos fronterizos y otros textos en tránsito- (Buena Vista Editora, Córdoba 2023)
Por Marta Ortiz
Esther Andradi, escritora argentina nacida en Ataliva (Santa Fe), cuya vida devino migrante a partir de 1975 cuando se mudó a Perú y luego, tras un paréntesis de residencia en Buenos Aires, eligió en 1982 radicarse en Berlín (ciudad que entonces le pareció un “laboratorio social, artístico, diferente a todo lo que yo había conocido”), ha publicado recientemente La lengua de viaje, una cuidada edición de Buena Vista Editora, subtitulada Ensayos fronterizos y otros textos en tránsito. Se trata de una serie de ensayos, crónicas, relatos, conferencias, escritos en diferentes tiempos, acompañados de fotografías que en sí mismas son relatos ‒algunas de la autora, firmadas con su apellido materno: Forneris, ‒”decidí que Forneris sería la fotógrafa, ya que Andradi es la escritora”, nos aclara Esther‒, otras de su hija Ana Clara Sutter, y también de amigos y de antiguos archivos personales‒, algo así como un libro paralelo, “el libro de las fotos”, ‒dice‒, seleccionadas e incluidas siguiendo una propuesta de la editora de Buena Vista, Daniela Mac Auliffe.
Registro de experiencias propias y ajenas ligadas a las lenguas
que viajan con sus hablantes y sufren (o ganan), en ese tránsito, transformaciones
y/o mestizajes diversos, con énfasis en la literatura y sus modos, cuando de
migración se trata. Leemos las certezas aprendidas en la diáspora de la lengua
madre: la necesidad de fundar estrategias, de percibir qué movimientos, qué
cambios se entretejen en la escritura que se ofrece desde una lengua periférica
en el corazón del idioma dominante; y también los muchos interrogantes
planteados: ¿qué se pierde y qué se gana? ¿cómo se posicionan lxs escritorxs que
están, escriben y desarrollan su tarea acá pero su habla es la de allá? ¿Cómo
lograr pertenencia? La estrategia inicial se apoya en la creación de redes de escritorxs,
el registro de experiencias comunes, la generación de intercambios, afinidades,
sostenes mutuos. Contra viento y mareas la escritura de Esther se despliega y
persiste, encabalgada entre el periodismo cultural y la literatura. Seguramente
contaminada de inflexiones, de significados del idioma del país anfitrión, pero
siempre al cuidado, al rescate de su lengua materna. Se cita un espejo que es
paradigma: el novelista y dramaturgo polaco W. Gombrowicz, quien vivió
veinticuatro años en Argentina, escribió en polaco y tradujo su obra al español,
un idioma que apenas conocía, con ayuda de sus pares. Nuestra literatura lo
considera hoy uno de los suyos.
Articulada en cuatro partes (La lengua de viaje,
Caminantes, Intérpretes, Recorridos familiares), La lengua de viaje indaga en el comportamiento de las lenguas que se
desplazan con sus hablantes, en especial con sus creadores: “me acurrucaba en
los rincones de mi idioma, que para hacerme entender dentro de la colonia
local, le fui limando el colorido local que alguna vez tuvo y se fue
transformando en una lengua neutra y bien modelada que no tenía ni cuerpo, ni
destino, ni alma”, sobre todo cuando la actividad exigía el alemán –recuerda
Esther‒. Sin embargo, el encuentro de lenguas le permitió ganar un universo a
la par del que traía consigo: “…que ambos pudiesen converger y moverse con la
distancia que permite la atracción pero no la deglución.” A diferencia de los
bienes inmuebles que no pueden transportarse, las letras son bienes muebles,
móviles, nos alojan: “El caparazón que nos protege, pero a la vez nos acompaña,
es nuestra identidad móvil”, leemos.
Y va más allá: los idiomas son castillos con puentes y
puertas que vale cruzar y abrir. En la convivencia del idioma central con los
periféricos, del español argentino por ejemplo, y las lenguas que aportaron sus
padres y abuelos inmigrantes: “El idioma entonces era puente y puerta, así como
la periferia podía ser centro y viceversa, en un movimiento continuo de
relaciones atracciones, oposiciones”, la lengua inmigrante se construyó nueva
sobre la pampa donde antes hubo tolderías, y resuenan aún las lenguas
silenciadas. Siguiendo este fino hilo de pensamiento, retejiendo aquella
experiencia fundadora de sus ancestros, a la suya actual, concluye: “El viaje
entonces reinventa el cuerpo y la lengua que lo expone”.
“Caminantes”, segunda sección del libro ‒se aclara: la palabra
“migrar” tiene la misma raíz que “caminar”: wandern‒,
ilustra el destino viajero de la lengua, cruces de idiomas a través de figuras
literarias migrantes, sus andanzas aquí y allá, sus lenguas modeladas y
remodeladas en la tarea diaria de plasmar una escritura, compañeros de ruta,
ancestros literarios: Juana Manuela Gorriti, primera novelista argentina y
fundadora de la novela peruana, llevó al límite la marca del viaje; Sebald vivió
la mayor parte de su vida en Londres pero escribió en alemán, su lengua de
origen; José María Arguedas con su español intervenido por el quechua, primera
lengua que aprendió; Flora Tristán nacida en París y emigrada a Perú y sus
libros en lengua francesa. Helena Araújo ‒pionera de la literatura escrita por
mujeres latinoamericanas‒, colombiana que vivió cuarenta años en Lausana y
eligió escribir en español. Herta Müller, hija de una minoría alemana en
Rumania, su alemán contaminado, diferente, una suerte de lengua recuperada. Compendio
de letras que irradiaron perturbadas, en permanente tránsito.
El tercer apartado aborda otra categoría literaria, aquí cruzada
por la errancia: la traducción. Encontramos a María Bamberg: nacida en Alemania
y criada en la Patagonia argentina y su regreso treinta años después a su país donde
se ocupará de traducir y dar a conocer a los autores del boom latinoamericano.
“Recorridos
familiares” cierra con textos breves, que evocan el regreso al país de origen, algunos
imposibles, y otros que sí lo son, como los de su autora, cuyo recorrido
(viaje) literario, se ejerce un poco acá y un poco allá, plasmado en “Ritorno
in patria: Mamá cumple 90”, entrañable y accidentada crónica de uno de sus
regresos, que unimos con la dedicatoria del libro a su madre.
La lengua de viaje es una indagación a la vez amorosa y
sensible sobre identidad, cultura y migrancia; una condición crucial en nuestra
contemporaneidad cuando muchos se ven obligados a rastrear un lugar habitable
en nuestro mundo desigual y violento, al tiempo que la tecnología aporta cada
vez más sofisticadas posibilidades de comunicación global. En este contexto la
mirada de Esther Andradi en torno a las mutaciones de la lengua materna en el
exilio, y en particular en la creación literaria, se profundiza y nos interpela,:
“Las lenguas se sostienen en el tiempo unas a otras con un balance entre
proteccionismo y liberalismo.”, pero no las definen las regulaciones académicas
–dice-, sino la continuidad de sus hablantes que las llevan consigo; en cada
escala la lengua en cuestión se impregna del mundo que la rodea; “la lengua
solo se salva siendo nómada. Viajada”. Autodefinida “Viajera, exiliada,
migrante”, su escritura se detiene en el detalle, lo cotidiano, lo pequeño: “La
literatura está llena de lo que no se ve”, leemos. Contar desde una épica de lo
invisible, así lo hizo, por ejemplo, en Mi
Berlín: Crónicas de una ciudad mutante (Mirada Malva, 2015), donde aborda la
ciudad desde la perspectiva que da el detalle, el detalle que encierra la
totalidad del universo.
Vivir en otra lengua es su experiencia capital, aprendida
y apropiada. La suya ‒herencia múltiple
de quien se carga al hombro un linaje nómada‒, ha bebido en el origen más
cercano, en las aguas del dialecto piamontés y el idioma árabe que aportaron
sus abuelos inmigrantes, primer mojón en el trabajo incesante de construcción
de una lengua propia, en la construcción de una identidad. Este libro homenajea
esa pequeña Babel de lenguas: la suya, la de todos.

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