OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 21 de febrero de 2026

Un cuento de mi libro EN EL BORDE

(

 

     Decapitadas

por Marta Ortiz

Abordé la plaza Pringles por el ángulo Norte. El objetivo era cortar camino, eludir el mundo cemento exterior a la isla verde. Mis pies siguieron el diseño peatonal que dibujaba una cruz; el resto eran macizos, arbustos, matas, alguna flor y árboles altísimos que incluían palmeras.

“Palmeras en el exilio” –la frase se presentó sin aviso, pura asociación espontánea y mi memoria lectora no tardó en reconocer que se la debía a John Cheever, frase leída y nunca olvidada: nada más extranjero por estas pampas que la tropicalidad de una palmera, condición que no parece incomodar a los paisajistas: ellos insisten en incrustarlas, entre otros enclaves dilectos, en los centros comerciales apuntando a una cúpula vidriada, cortando con sus troncos curvos la obsesiva simetría de los patios de comidas y otras delicias por el estilo. No tardé en sumar visiones: el paseo central de un boulevard, el vértice de puntuales piletas de natación rodeada de petunias la base del tronco, por ejemplo.

Las palmeras en la diáspora invadieron mi pensamiento y también la más rasa materialidad: podía tocarlas, a un lado y otro mi naturaleza hiperbólica las multiplicaba, y todo sucedía camino a la fuente, núcleo del rectángulo verde y fresco que tanto me atraía, en un lapso de tiempo crucial, momento en que me embistió la visión de la primera estatua decapitada. ¿Habré visto mal? Aquí todo se traspapela, las palmeras tienen el talle fino y cabeza voluminosa, en tanto que la estatua de piedra posiblemente una campesina, una pastora, algo bucólico se recrea en ese cuerpo adolescente, se presenta literalmente descabezada.

De lejos veo todo fuera de foco. O doble, debido a mi astigmatismo; pero me puse los lentes y comprobé que no se trataba de una deformidad astigmática, la estatua era simplemente lo que yo veía: un cuerpo mutilado. Sobre su cuello roto, un casalito de gorriones hiperactivos picoteaba insectos.

En un rápido giro de mi propia cabeza la sentí firme, bien pegada al tronco registré, en el cantero simétrico, una segunda escultura en iguales condiciones. Otro cuerpo femenino, a medias vestido, también bucólico, también inconcluso. Fue demasiado, todo se fundió en alucinación y lipotimia. La plaza y yo caímos en una especie de giro desbocado, como de calesita sin freno; y ese girar enloquecido gritaba “¡ojo!, peligro solapado”, lo intuí. Mi mente dibujó una guillotina, otra asociación espontánea. María Antonieta perdía, junto a muchas otras testas, la suya coronada. Pero bien sabía yo que eso había sucedido en otro tiempo, en geografías ajenas a mi país sudamericano, propenso a toda clase de ferocidades pero nunca adicto a la guillotina. Y entonces, ¿por qué y cómo las estatuas habían perdido sus cabezas? ¿Obra de un psicópata? ¿De un coleccionista? ¿De un practicante de tiro al blanco? ¿Olvido del guardián de turno? ¿Existe el guardaplaza como existe el guardabosque? Ninguna placa explicativa. Las cosas son así, y punto.

Hice un esfuerzo para recordar adónde iba cuando abordé la plaza, había perdido la brújula, no sabía cómo salir de allí. Algo fuerte me adosaba al piso, oscuramente percibía que esos cuerpos de piedra encerraban una partecita de mí. En alguna medida, en algún punto. No porque me sintiera “probable nueva víctima” como si las estatuas fuesen mis espejos, tengo clarísimo que no lo son. 

Suelo viajar muy lejos con mis pensamientos, itinerarios poco menos que siderales. La consigna es evadirme del lastre de mi cabeza programada, demasiado pensante, un vicio arraigado. Llenarla de flores, si eso fuera posible, o de dragones celestes o de sistemas planetarios con tal de no dejarla pensar. Todo es azaroso en el arte de la fuga. Pero esa mañana en la plaza Pringles no hubo dragones, ni flores, ni planetas. Fue un recurso más simple y espontáneo: me atrajo el tumulto de carreritas como de pequeños trípodes provistos de uñas diminutas; un piar desenfrenado en los cuellos escoriados de las estatuas. Como si mirara por un espejo retrovisor y reconociera la procedencia: “tenés pajaritos en la cabeza”: las oí claritas, a las palabras no por antiguas menos familiares, palabras tatuadas; sonaron nítidas. La afirmación tenía su lógica: mi propensión a perderme en las honduras que los libros me proponían, a enredarme vaya a saber en qué laberintos, en qué paisajes, en qué ideas: pero querida ¿dónde tenés la cabeza?, ¡bajá de la palmera!”, cola de frase favorita, más enfática si la inmersión se daba en las tramas de las novelas inglesas del siglo XIX, óptimo si leía poesía. Romántica ¿qué otra cosa? (Y desde un ignoto pasillo del pasado la palmera venía a mí, nada es casual, nada…). Amén de los tornillos que periódicamente debía ajustar porque se oxidaban o se aflojaban y los perdía y así no iba a llegar a ninguna parte. ¿Qué parte sería esa? ¿Habrán llegado mis censores a ese puerto deseado?

Ahora que mi atención se concentra en la gracia triste de estos cuerpos que parecen ausentes, como desraizados, desprendidos de todo entorno, estoy a punto de descifrar un doble misterio. Intuyo que una fuerza sujeta al azar me trajo hasta acá.

Muchas veces mis pájaros partieron, muchas veces volvieron, lo que podría interpretarse como una huida restringida de esos tiernos bollitos de plumas que anidan en mi pelo y aún más adentro, debajo del cuero cabelludo, tejiendo nidos entre neurona y neurona. Camino la vida con mi loco jardín en altura (hostel exclusivo para especies voladoras).

 

El cielo se abría paso entre los árboles. Cielo claro: espejo de plumas; sostén de nidos. Esa tarde la plaza fue “mi lugar en el mundo”. Me sentí a salvo en medio de ese dédalo donde me había extraviado para dejarme ser, para perder la cabeza, porque allí sí es lícito perderla y nadie cuestiona inutilidades. Nadie cuestiona nada, tampoco la desaparición de las que se tallaron en la piedra ausente. Me sentí libre del peso del pensamiento, ese obsesivo que ata y desata sin misericordia las rutinas que insisten en la equívoca idea de anclarme al mundo previsible.

Conectada a la algarabía de mis pájaros, no advertí que la plaza se había llenado de chicos. Su maestra explicaba los contenidos curriculares convenidos, diría mejor, los rumiaba, como al borde del ataque de nervios. Fue una visión contundente, homologada por todas esas cabecitas bien atornilladas al tronco correspondiente. Me devolvió sin prólogo al Mundo Real.

Miré la hora. Se había levantado un viento molesto, esperable en el corazón de ese otoño inestable.

En un gesto maquinal, de autoprotección, me ajusté el pañuelo que llevaba anudado al cuello. Fue un guiño mínimo y me detuvo en seco porque fue obvio. Saturado de significación, subrayó mis latidos arrítmicos.

 Agradecí en silencio. Supe que ninguna parte de mí había sido cooptada, pese a las amenazas lindantes. El pañuelo de seda sutil sutura, era la gran prueba al canto. Encastrado al resto del cuerpo, mi jardín en altura alborotaba intacto. Como una bandera que acusara una concepción del mundo imperceptible para los exentos de altas pajareras, música encantada para mí, para los portadores como yo, mis huéspedes emplumados cantaron en libertad.


(Tomado de: En el borde,  Alción Editora, Córdoba 2023)

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