Mi reseña a Ciudad sitiada, nouvelle de Gloria Lenardón; LO PÚBLICOO Y LO ÍNTIMO EN TIEMPOS OSCUROS, publicada en la edición impresa del diario El Litoral /Santa Fe), el 22 de enero de 2025
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Texto completo
Lo público y lo íntimo en tiempos oscuros
Lenardón, Gloria, Ciudad sitiada (Casagrande, 2024)
@Marta Ortiz
Podríamos decir que “Ciudad sitiada”, nouvelle de la escritora rosarina Gloria Lenardón (Casagrande, agosto de 2024), es un viaje retrospectivo en clave de ficción, a la página más oscura de nuestra historia reciente. Un recorte posible de los años setenta (evidentes en las marcas indiciales), con foco en una ciudad sin nombre explícito que podría ser Rosario o cualquier otra, cuyas calles se ven dominadas por una raza de perros que –se dice-, sin ser salvajes, actúan como si lo fueran.
La trama aparentemente simple apoya en
la representación de dos protagonismos antagónicos: por un lado la vida
cotidiana de una familia compuesta de
cuatro mujeres -una tía abuela, tres nenas y la madre, apodada también Nena, quien
parece preocuparse solo por su aspecto físico, el bronceado de la piel y su
sueño de vivir en los EEUU (meta sobrevalorada para muchos en el periodo aludido)-,
y Willy, padre de las niñas y esposo de Nena, momentáneamente ausente, a la
espera de superar la débacle
económica familiar abriéndose camino en dicho país del Norte; y por otro lado, una
ciudad cuyas calles son asediadas y “deformadas” por jaurías violentas que merodean,
y atacan a los desprevenidos transeúntes, escenario óptimo para desplegar las
atrocidades progresivas cometidas -la similitud del accionar de los perros con
los llamados “grupos de tareas” durante el complejo periodo evocado, permite la
asociación-: “Su historia como raza, el periodo de la historia que les
corresponde a estos perros se conocía en materiales por demás dispersos, y no
había muchos, y los que había no eran de acceso fácil,”
Abundan las marcas espacio-temporales que
reinstala la década en cuestión: la venta “del Torino” (ícono en los setenta de
la industria automotriz), la omnipresencia de la carta manuscrita, “los moldes
del Burda” (revista de moda muy popular entonces), el bronceado, mandato de la
moda que ignoraba los daños irreversibles del sol en la piel, el maquillaje
facial exagerado, la fascinación por los EEUU, por su idioma, sus brillos, su
penetración; el cierre de la fábrica de lavarropas (las fábricas en quiebra, otro
denominador común setentista); se nombra incluso a Mario Kempes, goleador de la
selección argentina durante el mundial de fútbol 1978, posiblemente el dato
temporal más explícito.
La fisonomía de los perros se describe en
trazos esenciales con la precisión de un boceto: “frente estrecha, hocico
afilado, cabeza muy puntiaguda […] muy parecidos entre sí”. Quedan resonando
las palabras que a lo largo de las páginas remiten a un contexto de asfixia, de
repliegue en el silencio: olisquean, muerden, desgarran, acosan, ensañamiento,
ataque, cacería, aullidos, gritos, exasperación, indefensión, mandíbula, trote,
sangre. Los perros han construido un orden autoritario y aterrador en el secreto
que el silencio colectivo alimenta, en las bocas cosidas o en la complicidad de
algunos y la indiferencia de otros: “nada se escuchaba ni había información sobre
los ataques de los perros, salvo algún rumor lanzado al azar, o alguna
murmuración, se perdía lo que no se repetía de boca en boca”.
La familia protagonista no sabe con
certeza qué ocurre en las calles, o lo sabe sesgado, lo que no le impide
proyectar sueños domésticos tras los cuales imaginar un futuro de película. La
Nena, cuyos días transcurren entre la escalera que lleva a la terraza, y la
terraza donde puede entregarse al bronceado diario, se mueve en ese reducido
espacio donde el único perro visible es Dulce, su caniche inofensivo y donde el
sol, con todo su brillo, es capaz de relegar a un cono de sombra, las carencias
personales y sociales de ese tiempo intervenido. Un sitio desde donde es
posible mirar -un poco de reojo, sin detenerse demasiado- el río o la calle; más
pendiente de una planta rastrera o del esmalte para uñas, que de los tenebrosos
acontecimientos que suceden en las calles. Un saber recortado que los protege
de lo que no se quiere o no se puede aceptar. El mundo exterior se ha vuelto
hostil, enemigo. Lo aterrador es secreto para la mayoría: “por su tía supo que
un perro de la jauría había matado a alguien y lo había ocultado tan bien que
resultaba imposible encontrarlo.”, su tía escuchó el comentario, “…lo guardó
bien guardado y nunca más lo mencionó”. En entrevista publicada en el diario La
Capital (Rosario, 4 de octubre de 2024), Lenardón dice: “Evadir lo que sucedía
en las calles resultó un lugar común, un aferrarse a no mirar afuera, lo que
sucedía fuera lo devoraban los pequeños acontecimientos individuales...” tales
como pintar un mural en la pared del pasillo, la lectura de una carta esperada
o el estreno un vestido nuevo para ir al cine.
Ciudad
sitiada puede leerse de una sentada, como un cuento, aunque en
su brevedad quepa cómodo el núcleo aberrante de una pesadilla que nos involucró
a todos, cuyas esquirlas esperan aun ser extirpadas de las heridas que no
cierran. Visualmente, los párrafos compactos impresionan como bloques, sin
quiebres, pocos puntos, pocas comas, pocas pausas, sin espacios en blanco,
salvo en el pasaje de una página a la siguiente; especie de continuum que impulsa a seguir leyendo,
una página se engarza como un eslabón a la anterior y la cadena no se corta, como
no se corta el avance progresivo de la embestida de los perros, La escritura
precisa y visual dibuja espacios y movimientos dinámicos casi fotogramas que
pasan por la mente de quien lee, como si fuesen las imágenes que podrían acompañar
el texto si se pensara en una novela gráfica. A modo de ejemplo: “La calle se
desgajó en gente que huía. Los perros con su cabeza puntiaguda adelantada y
amenazante como un arma, embestían […] a los que dudando entre correr y
quedarse quietos se movían tropezando…”
Si el sustrato del que se
nutre la ficción es la vida, si -en palabras de Ricardo Piglia (Formas breves)-: ”Todas
las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida”; si como
ha dicho Carson Mc Cullers: “La imaginación es más verdad que la
realidad”, esta ficción en la cual Gloria Lenardón (como esa tía abuela que
compone su idea de la realidad espiando “con sus ojitos repintados aplicados a
la hendija de la persiana”, y recopila una información que luego, -a diferencia
del objetivo de esta narración-, se guarda de reproducir), recorre los pasillos
y hendijas de su memoria, reúne y construye, con la reverberación de lo vivido
y oído, una metáfora del pasado, una escritura que -aunque en su devenir
material sucede en el presente-, se propone sacudir, interpelar las aristas de un
tiempo ya cristalizado, sumando así una vía más de acceso a la comprensión de cómo
y cuánto de ese pasado sombrío, pervive en los claroscuros que hoy atravesamos.


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