Mi reseña a Las flores de Marte, de Griselda Riottini: ESCRIBIR LA MÚSICA INTERIOR, publicada en la edición impresa del diario El Litoral (Santa Fe)el 19 de Julio de 2024.
ESCRIBIR LA MÚSICA INTERIOR
@Marta Ortiz
Mientras escribía un texto para la contratapa de Las flores de Marte –microficciones de Griselda Riottini editadas por la editorial rosarina Ciudad Gótica-, inmersa en la variedad de sonidos que los mundos interiores de su autora emitían, advertí con cuánta naturalidad se encastraban al epígrafe general de Alejandra Pizarnik elegido, donde leemos: “Me di cuenta de que era yo la que producía ese sonido, casi era ese sonido alimentando mi existencia al emitirlo”. Quiero decir: Griselda daba cauce, en esa escucha introspectiva y su posterior traslado a la escritura, a su propio sonido, al mismo tiempo autosostén y combustible, al ritmo de lo que podríamos llamar el entusiasmo de la escritura recuperada tras un hiato temporal luego de la publicación de Bestiario de las cañadas y Malibúes (poesía, 2014 y 2016 respectivamente).
El viaje lector propone recalar en ocho
estaciones: Diarios I y II, Poeta, Escenas, Mutaciones, Mujeres, Sueños y
Contemplación. Si bien muchos relatos asumen ribetes autobiográficos o están
basados en hechos reales, sobre todo en los Diarios, otros apuntan al misterio,
al rescate onírico, incluso a las estremecedoras peripecias de un cuento de
terror.
Diarios I y Diarios II dan cuenta de vivencias cotidianas
a partir del encierro de una “ella”, “una mujer”, o “La vecina del piso 11”:
viñetas ligadas al tiempo de pandemia, al cuerpo que sufre una lumbalgia
invalidante, al registro visual del paisaje, al deseo de recobrar la práctica
de la escritura, a cierta desesperanza que se reitera: “Una mujer siente que la
vida le pasa de costado”, se dice en el relato “Días”. Ambos partes de los
Diarios sostienen una narrativa de vida puertas adentro, de quietud
contemplativa. La señora del piso 11 rodeada de sus libros, sus objetos, sus
plantas y su paisaje cercano, experimenta “alegría y una sensación de plenitud
con la que podía seguir sin importar adonde.”
Las “Escenas” abandonan lo autorreferencial y relatan
instantáneas que, aunque mayoritariamente centradas en una geografía acotada, en
ocasiones apelan a lo improbable o indemostrable. Y es en precisamente en esta
serie, que reafirma mínimas aventuras cotidianas, donde paradójicamente un día
se abren esos misteriosos globos como estrellas amarillas que tan ajustadamente
interpreta la ilustración de tapa de Elsa Albornoz. “¿Las flores habrían venido
de Marte?” –se pregunta la narradora, quien luego se acerca al río y comprueba
que nada extraño altera el paisaje, y sin embargo en su balcón continúa
vibrando el misterio de la flor, misterio que a su vez disparó mi pregunta
retórica: ¿puede una flor presuntamente marciana recalar y abrir su forma estrellada
en el macetero del balcón de un piso 11 que, como la ciudad que lo contiene,
mira al río? No lo sabemos, pero es muy literario creer, si nos atenemos a la
música interior que estos textos emiten, que sí es posible.
En “Mutaciones” leemos capturas ligadas al territorio próximo,
como la del Trapito de la cuadra o la del hombre flaco y de piel amarilla que
ronda el barrio. La excepción la da un relato cuyo comienzo impreciso: “Era una
tierra de fantasmas y de cazadores furtivos”, lo acerca a la leyenda; o el de
la lobera que apaga su soledad llevando peces a los lobos marinos. Los
personajes viven su épica diaria en soledad, inventan pequeñas acciones,
brillos mínimos para darle algún sentido a su día.
“Poeta” se diferencia del resto en el tono
íntimo que aporta el uso de la primera persona. A partir de una cita de la
poeta santafesina Beatriz Vallejos, toma cuerpo una teoría de la inmortalidad,
un modo de interpretar, en la vibración infinita del universo, la omnipresencia
de los seres queridos ausentes. Tal vez se trata de un deseo, o quizá, sólo de
poesía, conjetura la voz que narra: “Después de todo, Dante dijo que el jardín
del Edén y la vida eterna, habían sido soñados por los poetas”, se dice.
También los “Sueños” suman una dosis de magia cuando en su materia evanescente
permiten recuperar, entre otros prodigios, la presencia de muertos queridos.
“Contemplación” cierra
el volumen. Las visiones de la escribiente reinciden en la cambiante modalidad
de la luz sobre el río que cada mañana se filtra entre las ramas de los
eucaliptos, mediatizadas a su vez por el verde de las plantas de su balcón.
Estas imágenes descriptivas que con variantes leemos a lo largo del libro, me hicieron
pensar en Auggie Wren, personaje de la película Smoke (Cigarros), con guión de Paul Auster, quien intentaba captar
las variaciones de su paisaje más próximo (la esquina enfrentada a su quiosco
de venta de cigarrillos), tomándoles una fotografía diaria. En “Acto I” leemos,
referido al río: “…quería describirlo como si de una fotografía se tratase”. Y
más acá en el tiempo, otra asociación libre me llevó a la película de Wim
Wenders, Perfect days, cuyo
protagonista Hirayama persiste en fotografiar, en el marco de su rutina diaria,
la cambiante luz del sol entre el follaje de los árboles, momento irrepetible
que todos los días se juega entre luz y sombra, así como al modo de la
representación a través de la escritura, sucede con el río omnipresente en Las flores de Marte.
¿Puede el encierro sostenido fijar un punto de mira en
altura como quien espera reafirmar cada día la visión del mismo paisaje y sus
cambios sutiles para convencerse no solo de que el mundo sigue latiendo sino de
que en consecuencia, también quien mira, como la flor marciana, sigue vibrando?
No lo sé, pero sí sé que en Las flores de
Marte se crea un diálogo, y el río es interlocutor. Con un lenguaje limpio,
preciso, en ocasiones poético, la materia geográfica y humana que habita estas
microficciones abarcan un piso 11, un balcón, el río -que aporta distancia y
fuga-, los edificios lindantes, el parque, paseantes que entre los árboles y
vistos desde lo alto parecen “flores del bosque”, un cuidacoches, la vecina,
realidades tangibles a las que se suma la visión onírica de “niños muertos que
pasan volando”, o el misterio de los jacarandás que “No son los mismos cuando
permiten deslizarse espíritus como búhos colgantes al atardecer”, entre otras
imágenes que rozan lo fantástico.
Este libro, entre otros hilos semánticos,
hace pie en la contemplación y la escucha como abordaje para la superación de
un bloqueo de escritura. En “La decisión” la narradora dice: “Ella tomó impulso
para escribir sin saber hasta cuándo podían seguir las frases que le surgían”.
Sin embargo, y “Aun cuando en sus oídos seguían apareciendo sonidos que tal vez
vinieran de los sueños para decirle algo del paisaje, de la gente del parque […]
¿O tal vez de ella misma para no quedar atrapada en la angustia del no decir?”,
una segunda decisión tuerce la anterior: “Por eso dejó de escribir. Se animaría
a no hacer nada.” Un cierre que contiene el libro: para la protagonista del
relato es solo un punto final que a su vez es la expresión de una filosofía de
vida. Pero para Griselda Riottini, que escribió estos relatos capaces de
sintetizar mundos enteros en pocas líneas, se trata solo de la metáfora del fin
de una etapa, de un reencuentro que es a la vez reconciliación y augurio de continuidad.

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