Mi reseña a En la boca abierta de la palabra, de Silvia Elilsa López, publicada en la edición impresa de Mirador Provincial de Santa Fe (Suplemento diario Clarín),, el 11 de mayo de 2023.
Texto completo:
Dibujar cuando se escribe / escribir cuando se dibuja
Silvia Elisa López, En la boca abierta de la palabra, editorial Oroñópolis, Rosario 2023. ISBN: 978-987-45545-6-7………….
©Marta Ortiz
“Dibujar cuando se escribe / escribir cuando se dibuja”. Eso leemos en los versos iniciales de uno de los poemas del primer libro editado de Silvia Elisa López: En la boca abierta de la palabra, cuidada y bella edición por la editorial rosarina Oroñópolis. Y en esa afirmación que es también un deseo, reside, me animo a suscribirlo, el credo, la oración diaria de su autora o el eje que articula el conjunto. Contemplando los caprichosos diseños que un paisaje de otoño ofrece (las hojas de los árboles al caer, por ejemplo), leemos en otros versos, una pregunta que lo reafirma: “¿Alguna vez/ las palabras/ caerán sobre el papel/ de manera parecida?”
Atravesados
por la imagen visual, la distribución de lo escrito sobre el papel también
participa del dibujo. Si lo expresado es desorden o desequilibrio, la escritura
reacciona eludiendo la línea del renglón y las palabras se dislocan, se marean;
si la imagen es un espejo, el poema también se espeja. Si de las onduladas
cabelleras de las mujeres que pintó Botticelli se habla, la palabra “cabellera”
se curva. Algo de caligrama y mucho de mundo propio que, aunque remita a temas
conocidos, tamizados por la percepción alquímica de Silvia, se transforman en
visiones nuevas.
La
exploración del cruce entre palabra e imagen es leitmotiv. Cabe preguntarse qué
fue primero, si la poeta, o la artista visual. Si hurgamos en la biografía de
Silvia, vemos que encontró cauces expresivos en el dibujo, la pintura y el
grabado bajo la guía de maestros de la talla de Julián Usandizaga y Juan Grela,
a la que se agrega su paso por la escuela Musto y en la actualidad, facilitado
por los recursos que aporta la tecnología, la práctica del collage digital. Y
el otro cauce, el de la poesía, iluminado por maestros de la poesía: Celia Fontán y Mario
Perone. Indisociables, el maridaje entre ambos lenguajes se resuelve en piezas
poéticas breves, trabajadas como se trabajaría una joya: puliendo, quitando
asperezas, cincelando, engarzando. O como se trabajaría una pintura o un
dibujo: destacando luz y sombra, seleccionando y probando color, ubicación
espacial. Cada poema, una doble experiencia. Cito como ejemplo, entre muchos
otros: “atravesadas por relámpagos / las uvas se encendían sobre la fuente
// en la profundidad de la pulpa / se
transparentaban las semillas // un racimo impaciente / de ojos felinos”
Pero,
¿de qué hablamos cuando hablamos de mundo propio? ¿Un mundo asimilable al de
Alicia en su país de maravillas? Algo de
eso se recrea. Un mundo donde el lector/a puede penetrar en esos días de
invierno y encontrar, al abrir el libro, “pensamientos tornasolados”. Mundo a
menudo surreal donde lo imposible es posible: ese pintor cubista que “mezcla en
su mente / los múltiples planos del paisaje/ como si se tratara de una baraja”,
según se dice en el poema Collage, o despertar en el interior de una pintura de
Marc Chagall, o que un cuadro se enamore de sus espectadores, o entreabrir la
palabra rosa y recorrer sus bordes con la punta de un lápiz, e incluso nadar en
una pintura para seguir un pez de témpera negra. Aquí es posible perderse en el
poema, como Wang Fo lo hizo en una pintura para salvar su vida, en el bellísimo
cuento de Marguerite Yourcenar.
Tal
vez por el parentesco que existe -dada la exigencia de concisión y brevedad-,
entre poesía y microficción, y porque las fronteras entre los géneros están
borradas o son difusas, es posible leer algunos poemas como piezas de
microficción, iluminadas por lo lúdico y el efecto sorpresa. Así lo demuestra,
por ejemplo, y para reafirmar una voz
poética tan libre como la línea que busca encontrarse en su dibujo:
desde el borde
sorprendido
de las
conjeturas
he observado a los pescadores
echar a las alturas
cada día
la amplitud crispada
de las redes
los he visto apresar
en su tejido
islas atardeceres
bandadas
he descubierto que
arrastran
íntegro
a la profundidad de
las corrientes
el paisaje
para ofrecerllo
encendido todavía
a la sofocante
oscuridad de los ahogados
Inevitable
perderse en esa oscuridad que se enciende con el paisaje ofrecido a los
ahogados. Inevitable percibir cuánta luz desborda, Luz que en otros versos
aclara el paisaje y los objetos, que interroga lo visible y lo invisible al ojo
humano: (“¿quién determina / la inmensidad del bosque / que ampara /el primer
vuelo / de un gorrión?”); que se pregunta por la vida que late en los sueños,
por las formas de la apariencia, por la idea de la muerte y aun por las derivas
de la construcción de la propia vida en tierra ajena, como sentir que ese río
que corre del otro lado del mundo, aun le está mojando los pies, o como
sentirse extraña todavía hoy: “un adjetivo / habitando el jardín / del verbo
puro”.
Pero
vamos a esa mosca que desde la imagen de tapa nos inquieta y luego insiste y se
replica en el interior como lo haría una mosca molesta que no podemos sacarnos
de encima, esa que, si atendemos al refrán, no entraría en boca cerrada (en el
silencio) pero sí y sin permiso a veces en la boca abierta de la palabra. Así
lo dice el poema que es declaración poética dentro del conjunto: “¿Al final /
la mosca del significado // acaba por entrar siempre / en la boca abierta de la
palabra?” La mosca se transmuta aquí en
el “significado”, esa acuciante necesidad humana de ordenar el caos, de darle
un sentido claro a cada palabra. No obstante, se sabe que “significado” es una
palabra bastante ajena al lenguaje poético, donde la opacidad reina,
precisamente porque se sitúa en el margen de lo comunicacional, de lo
convencional. Evita someterse a la literalidad, se alimenta de lo no dicho, de
lo que queda fuera de ese discurso. Y esa es su forma de hacer más nítida la
percepción de las zonas de silencio que quedan fuera. Con palabras semejantes, en
su libro Leer Poesía, la poeta Alicia
Genovese, destaca el lugar de la palabra poética en relación a los discursos
informativos: “Frente a la cohesión asociativa que es exigencia de los
discursos transparentes, la poesía quiebra y yuxtapone, deja hablar al espacio
en blanco”. Siguiendo este hilo, la
mosca del significado no entraría en la boca de la poesía, y sí, fácilmente, en
el lenguaje comunicacional. No al menos en la poesía de Silvia, donde cada
línea resiste el lenguaje literal.
Si
de infancia hablamos, ese paraíso en muchos sentidos perdido, en estas páginas
se recrea: “mi memoria ha buscado la infancia/ como el agua busca/ el centro/
de la tierra”. Entendemos que flota una memoria de palimpsesto: ayudada por una
hojita de afeitar, la poeta, que ha emprendido en su poema un viaje proustiano,
raspa una vieja mancha de acuarela sobre papel romaní. A cada imagen borrada
aparece una más antigua (un mirlo, una luna, un patio), hasta dar con el
momento en que la niña ‒un acto que podríamos llamar fundacional de su propio destino‒,
plasma en el papel esa mancha de acuarela que hoy la mujer poeta se esfuerza
por despegar de la hoja de papel.

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