Mi reseña a Versiones, poemario de Antonia Taleti: POÉTICAS DE LA MEMORIA CONTEMPLATIVA, publicada en la edición impresa del diario El litoral (Santa Fe), el 10 de diciembre de 2024.
Texto completo:
Poéticas de la memoria contemplativa
©Marta Ortiz
Versiones,
Antonia Taleti, CR Ediciones, Rosario, 2024
Si el mundo físico que vemos y tocamos se construye sobre
las ruinas de las ciudades del pasado, si los materiales cansados se
reversionan, si se restaura un mueble o se cambia de lugar, si la escritura que
llega al libro es la cristalización de una serie de tanteos y modificaciones
sobre el cimiento que cavó el origen; si no es igual escribir a los veinte que
a los cuarenta o sesenta o más, cuando ya la vida dejó sus marcas tatuadas en
cuerpo y alma; siguiendo el hilo de esa misma lógica, inferimos que el título Versiones sugiere una nueva traducción de
la mirada de su autora, una “versión otra” de su subjetividad.
La invitada es la
línea del tiempo, ese intangible que tanto adhiere o modela, como erosiona o
lija. Todo cambia pero nada se pierde, sino que se transforma. Una buena
ilustración de esta idea es el poema “Abuela”, reflejo de una historia familiar
que no se dejó perder en las esquinas del tiempo: la abuela que llegó de Italia
con una Singer bajo el brazo pervive hoy en la nieta que conserva la máquina, y
en la poeta que lleva su nombre: Antonia.
No es casual que el yo poético afirme en el primer poema
de la primera parte, “Arroz con leche”: “No bordo ni zurzo / ni siquiera tejo,
ignoro / las tramas de este oficio”, aludiendo a la canción infantil que
refleja mandatos ancestrales destinados a las mujeres. En esos versos
brevísimos hay una toma de posición, un temprano acto de rebeldía, son otras
las tramas que sí conoce y le dan entidad: las de la casa habitada, por
ejemplo, ese núcleo que guarda todo lo que importa: las historias vividas, los
muertos queridos, los sueños, el pasado, el presente, la idea de futuro. Gastón
Bachelard, en su Poética del espacio,
ha escrito: “…las diversas moradas de nuestra vida se compenetran y guardan los
tesoros de los días antiguos […] no somos nunca verdaderos historiadores, somos
siempre un poco poetas y nuestra emoción tal vez solo traduzca la poesía
perdida.”
“Mi casa tiene garras”, se afirma en el primer verso de “Espejo”,
imagen poderosa que describe ese espacio cuya intimidad, como un minúsculo
aleph, revela el afuera, Durante la pandemia, la casa se convirtió en un búnker
semejante al castillo que en “La máscara de la muerte roja” de E A. Poe, le
hizo creer al príncipe que encerrarse allí lo salvaría de la peste. A fuerza de
permanecer en interiores protegidos, la casa parece haber desarrollado garras
que aretienen en su interior. En su calidad de espejo, guarda todas nuestras
imágenes, nuestras versiones, nuestra historia. La dialéctica establecida entre
el interior y lo exterior, justifica el enunciado: “A mi casa entra el mundo,
todo lo que necesito está allí”. Y no es para menos, los relatos -rebeldes a
los mandatos de “El orden [que] quisiera desoír / la fuerza tenaz de lo
persistente”-, resisten ovillados en sitios recónditos como podría ser incluso
el cajón de los cubiertos. Interpelada por puntuales recortes de vida, la poeta
“ordena” el verdadero paisaje, no se deja cerrar la boca, no permite que el
polvo del tiempo borre los vestigios, no olvida y rescata. La serie cierra con
“Adiós mamá”, poema que es clausura, evocación de un día aciago en el que la
casa -como alguna vez lo hizo el útero materno-, contuvo a la poeta.
Así como en el comienzo de la primera parte se afirma
desconocer las tramas que implican bordar, zurcir y tejer, la segunda parte
abre con una suerte de reclamo al ojo que, aunque es capaz de mirar, se muestra
incapaz de ver, un ojo que “¡No ve nada!”, se dice ¿Qué cosa –nos preguntamos-
deja fuera de su campo visual ese ojo que plantea una carencia? Porque sí puede
demorarse en la contemplación fascinada. El sentido de la vista como forma
privilegiada de la percepción, “ve” lo que sí quiere mirar. los reflejos en un
fondo de agua (otro espejo), los colores del jazmín del Paraguay junto a la
verja: “bello misterio / y su permanencia”; el aire emplumado de flores
amarillas como “lagrimitas de ángel” en la floración del tilo, la luz que
emiten los zefirantes, esos “lirios que persisten, blancos, floreciendo”. El
ojo no cesa de absorber: “Ante la gracia de su belleza / no hay margen que
dilate la mirada”, se dice.
En su libro Prosas,
Hugo Gola escribió: “…los sentidos liberados traen […] un esplendor que
trastorna y amplía la experiencia, la vuelve imprevisible e inagotable”. Algo de
eso se siente al recorrer ese territorio en flor que no olvida lo pequeño casi
invisible: existen jerarquías en el jardín de la poeta; frente a la soberbia
belleza de los agapantos y como quien reclama su derecho a la visibilidad -y aquí,
aunque se ha dicho que no ve nada, es el ojo el que dicta los versos-: “En un
rincón indómito / yergue un yuyo / su florcita amarilla”. Vuelta de tuerca, énfasis
del asombro conmovido ante un escenario que renueva su versión cada vez.
En la tercera parte asistimos a la evocación de paisajes que
fueron cotidianos: el río, el chasquido del agua que carcome el muelle (metáfora
del paso del tiempo, recuerdos que merodean entre papeles en desorden). Memoria
e imaginación juegan su posibilidad de ser en la página. El parque
Independencia, “…esa geografía con lago, montañita / rosales y arboleda donde cantaban pájaros”,
la infancia compartida, el adiós al hermano, la clausura de la infancia. Los
paisajes familiares también entablan su dialéctica con el resto del mundo cuando
el poema dibuja la imagen de un tren alejándose de Tianjin, ciudad china que
despide a la viajera con la visión desde la ventanilla, de dos barriletes
elevándose.
“Versiones” –última sección-, evoca una estadía en Roma,
tanteos de un mismo recorrido por el barrio judío: el reverso de lo que se
creyó era un destello de felicidad, transmutado en tragedia en tanto la mirada
registra una de las tramas más oscuras del siglo pasado en la placa que da
cuenta de los datos de una de las víctimas de Auschwitz. “En Roma, también
sucedía”, dice el poema, unificando tragedias. Y es allí, en esa sensible y precisa
esquina del libro, que al dar vuelta la página, el ritmo de una cumbia sacude
al lector ensimismado. Abrupto cambio de clima, el poema incorpora un cierre
musical y escapista, como si una voz interior que viniera de lejos, de tambores
atávicos, nos dijera: no podemos absorber más; bailemos, que el mundo se
derrumba.
Versiones habla
de intemperies compartidas, de un conjunto de fragmentos o mosaico de visiones
que definen nuestros frágiles pasos de baile en el mundo que habitamos. Un ojo
que no ve y sin embargo capta, un no saber que sin embargo absorbe y entiende,
un espejo que no cesa de reflejar y de ser reflejo en otros espejos; “…solo
tenemos versiones precarias del mundo”, escribe Sonia Scarabelli en la
contratapa.
Honda y diáfana, la poesía de Versiones capta el sonido de un mundo que a pesar sus recortes de
belleza se siente a punto de derrumbe. Y entonces, como una forma de placebo, irrumpe
la cumbia: “ y se suda, se huele y no se piensa”. Tal vez, en un mundo que
deviene absurdo, la salida sea marcar el compás, no detenerse, los pies
ligeros. Al fin y al cabo, el baile es arte y es ritual. Nos aparta de toda forma de barbarie.


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