Mi reseña a Una hilacha en lo real, plibro de poemas de Alejanadro Cesario; INVENTARIO DEL DESAMPARO, publicada en la edición impresa del diario El Litoral (Santa Fe), el 12 de abril de 2024.
Texto completo:
Inventario del desamparo
Los poemas de Una hilacha en lo real (Cartografías Ediciones, 2022) compendian un
recorrido, algo así como un diario poético de experiencias viajeras sin fechas,
capturas de un receptor sensible de rutinas cotidianas ajenas, vistas y
escuchadas. Registros no precisamente dichosos de la Argentina profunda, ya sea
en el paso fugaz por pequeñas localidades desde Chubut a Salta o Jujuy, por las
orillas de sus ríos o por el conurbano bonaerense. En todos ellos leemos un
recorte de vida que se dirime en la marginalidad: pobreza, ausencia, agotamiento,
soledad, el hambre y la espera del mendrugo, la tristeza. El desamparo en todas
sus formas capturado por el ojo poético (con algo de fotógrafo) que cristaliza
momentos álgidos de los expulsados de siempre, los caídos del sistema, sin
herramienta alguna para la eventual reinserción, condenados a la resignada
espera de un bienestar futuro que nunca llegará:
En el muriente
atardecer
y jamás dja de
contemplar el río.
Espera el vestigio,
un jirón de esa risa.
No hay escape a la pobreza, se hereda. La
desdicha arrecia: el hambre, su forma más violenta, epítome de la miseria, no
admite espera. No hay atajos para la necesidad. Leemos un paisaje imposible en
el cuenco vacío que los pibes sostienen entre sus manos en el poema
“Manifestación”:
en esa ingente olla
están los pibes con
los peroles
y con carpanta.
Aquí caben las palabras del poeta César
Bisso en su ajustado prólogo a Una
hilacha en lo real: “Estas soledades sin remedio nos permiten intuir que el
poder tiene una mirada atrofiada sobre la humanidad”. En cada localidad, o río,
o paraje (basurales, cementerios, viviendas paupérrimas, cárcel, geriátricos y psiquiátricos,
orillas, plantaciones), el poema lidia con la vulnerabilidad de los olvidados:
pordioseros, pibitos y pibitas de la calle, trabajadores golondrina, el drama
del provinciano (o del extranjero de países limítrofes), absorbido y explotado
en las grandes ciudades, los anónimos cuyo nombre no conocemos, a los que no
miramos. Todo es pérdida, aunque a veces la fe pueda aportar y apenas sostener:
el rezo a una cruz perdida en el espacio o la estampita que alguien rescata
como a un valioso tesoro de los restos de un incendio.
Es marca relevante de la poética de
Alejandro la recuperación de palabras no habituales en el uso cotidiano del
lenguaje. Leemos regionalismos, coloquialismos, algún término en desuso, como
si el poeta hubiera sacudido el diccionario y al abrirlo las palabras mezcladas
hubieran saltado y caído en el lugar justo, dando forma a una sintaxis minimalista,
apretada y exacta, donde ningún sobrante tiene lugar, mucho menos aquellos
meramente decorativos. Imposible decorar lo paupérrimo. Solo cuenta lo
esencial, la palabra necesaria que ilumina el sentido. Algunos vocablos suenan raros,
desconocidos para el uso actual, por momentos viajamos a un pasado verbal, viaje apasionante con el diccionario físico o
Google a mano, que a veces informan que
la palabra en cuestión ya no se usa o sí, se usa en otra región y entonces
recorremos su historia y/o la salvamos del olvido: valen estos ejemplos: “sin
comistrajo en la zahúrda”, “En chirona de oquedad”, “Oteada urpila”. Imaginamos
el goce del poeta en la elección de cada una, como despojada de entorno o
contexto, tratada como pieza única, su polisemia, su música, el repique del
sonido en la aliteración o rima: Dehesa /
lábaro / y pingajo bermejo / ahí debajo.
No solo la sintaxis se sonoriza, también la música popular y sus instrumentos.
Apenas parche o zurcido, consuelo para el mural de la pobreza (imposible no
pensar en las pinturas de Antonio Berni), ocupan un lugar diferencial en el
conjunto, resuenan a lo largo del poemario. Se siente la precaria tibieza del
chico que canta coplas entre vagón y vagón, o el trapito que entona una baguala
en el semáforo. Suenan atabales, bombos legüeros, alguna zamba, otros ritmos.
Las penas se cantan y eso ayuda a soportarlas: -De Susques soy señores donde vivo y aguanto / y a las penas las canto-.
La añoranza del lugar de origen, lejano –otra
forma de consuelo-, habilita el cálido amparo del recuerdo, así lo sienten un
tucumano emigrado a la campiña galesa o un misionero en el conurbano, en los
poemas “Tucumano” y “Un misionero en Merlo”.
No hay tregua para algunas vidas en un
mundo desigual. Algunas palabras como bichos atarantados nos golpean, saltan de
la página. Entre las que definen la desposesión en todas sus formas, brilla,
diría que ahoga, la palabra “estrechez”; Cuando
la estrechez aprieta / no hay agoste, ni
calima, ni adentia / que mengüe. Sin embargo, en medio de ese desierto que
todos los días se recicla en nuestra extensa geografía (y que como una gran
maqueta se levanta en estas páginas), no hay desolación que no se ilumine, que
no encuentre en la poesía pde Alejandro Cesario un lugar solidario de acogida
(el que el mundo le niega). Guardamos esa hilacha-bálsamo, apenas luz tocada
por la poesía, que roza la magia y maniobra -como el titiritero lo hace con sus
muñecos-, la sensibilidad del poeta: con
fulgor y con palabras, / una hilacha en lo real, / y otra / en la brizna magia.


No hay comentarios:
Publicar un comentario