Mi reseña a Mar de fondo, de Juan Aguzzi: CAMINAR UN SENDERO DE PALABRAS QUE NO RUEDEN CUESTA ABAJO, publicada en la edición impresa del diario El Litoral (Santa Fe), el 5 de junio de 2024.
Caminar
un sendero de palabras que no rueden cuesta abajo
©Marta Ortiz
Juan Aguzzi, Mar de fondo, Último Recurso, 2023
La mirada retrospectiva habilita el filtro de la memoria,
hilvana un trabajo proustiano en la necesidad de repasar, recuperar, vincular y
comprender el sentido de su propio pasaje por los mojones de nuestra historia reciente.
Las ocho secciones a las que se agrega una breve coda, reúnen poemas que
dibujan una poética de bordes narrativos con logradas imágenes entre lo
sensorial y lo emotivo, atravesados por una subjetividad que escarba, alude,
filtra, dispara las múltiples aristas del sentido entrevisto. Un yo que a veces
es plural y otras muda a la tercera persona y ‒tal vez cuando alcanza la mayor
intensidad‒ a la primera, mira dentro de sí y reconstruye sobre el recorte que
aporta la memoria.
“En la escena de la infancia, está el mundo.”, escribió
la poeta María Negroni, y es en la sección “Asombros”, que abre el libro, donde late un reflejo del paraíso perdido (a
veces es la infancia). Como en la maqueta móvil de un tiempo desaparecido (no
internet, no celular, no plataformas, no play) “un tiempo encendido/ impulsado
por los vibrantes/ sonidos del barrio”, el verano rojo, la imaginación al tope,
un sitio adonde se quisiera regresar para saber qué había detrás de la risa
suelta, “para sentir lo mismo”. Tiempo en que las batallas se libraban con
soldaditos de plomo, el simulacro por el solo placer del juego. Crecer en un
barrio de casas bajas planeando “ataques” que no pasaban de ser ingenuos
conjuros al aburrimiento. Los juegos se dirimen en la calle, los planes al
abrigo de un zaguán. Una casa de campo donde podrían habitar fantasmas y “Los
árboles parecían de otro mundo”, aporta el temprano desencanto ante un mundo
desigual: “No comprendía cómo tanto mundo / era de una sola persona.”
Los poemas reunidos en “Borrascas” evocan el oscurantismo
durante la última dictadura en nuestro país, cuando una generación jugó el todo
por el todo apostando a un futuro más justo. El ojo poético enfoca la rebeldía,
los comienzos de la militancia de quien imagina, desea y confía en ese mundo a
construir, sin advertir “…las señales / que sofocarían cualquier idea”, el
tiempo aniquilador de sueños que se avecinaba. La dura experiencia reflejada
alcanza su climax en los poemas “Tiempo expandido” y “Hierros”, palabra esta
última que en el contexto aludido, implica clausura: “Esos hierros fueron / una
de las formas de la muerte”. “A las sombras de la memoria / se hace difícil vadearlas / por donde se
camine / hay flores blancas oliendo a muerte”. Cobran fuerza las palabras de
Osvaldo Lamborguini que abren dicha serie: “…impedir cualquier delirio / de
vuelta atrás”; tan intensa fue la convicción asumida. El poeta guarda un legado:
siempre llevará consigo la obstinación, “…la incandescencia / de los compañeros
ausentes” que le entregaron sus nombres “para que los lleve conmigo hasta el
último aliento”; ni siquiera un poema de amor hace pie sobre las ruinas que en
la memoria levantan las ausencias.
El poema “Los andantes” detiene el fluir del tiempo:
intemperies reunidas a la luz de la luna, “Embajadores de mates y sartén sin
mango”, jóvenes descreídos de los modelos vigentes a la espera quizá de un
manual de instrucciones capaz de curar las heridas, solos y al solo amparo de
algún presentimiento mágico. Resuenan las palabras “desenfreno”, “devastación”,
“batallas perdidas de antemano”. “…planes / condenados al olvido / la trampa a
mitad de camino.” Todo se pacta “bajo el imperio del viento y de los árboles”.
Es notable la presencia de ambientes naturales rodeando etapas iniciáticas: el
espacio abierto, las orillas, la noche, la luna, las vías de ferrocarril,
árboles, flores, dejar “una puerta abierta / para que entre el viento”.
Apenas el tiempo ha modificado las obsesiones. El poeta
reconoce la omnipresencia del “fracaso”, corolario de la derrota; palabra que se
reitera y “empieza por casa y se adosa a la piel”. El peso de ese “fracaso”
encuentra sin embargo su contraparte en la memoria del corazón, en el deseo de reabrirse
a la sensualidad, al amor, a la ilusión, solo hallable esta última en los
patios de la infancia donde sí –se dice- hubo señales.
Pese al acoso de
la “memoria de la tristeza”, el poema “La sed” reescribe el impulso a evadir la
oscuridad. Tocar fondo implica el inminente rastreo de la luz, tal vez el deseo
de escarbar para descubrir de qué está hecha en verdad esa “sed”, que, intuimos,
alude al antiguo anhelo: imaginar y plasmar un mundo más humano. La también
antigua vocación del escribiente que perdió los cuadernos con sus poemas, se
filtra por los intersticios. Importa “escribir sobre lo innombrable”,
esclarecer u ordenar, pese a la dificultad: las palabras no alcanzan; como se
sabe, si bien el poema lo intenta, lo indecible está detrás de todos los
lenguajes, tal como alguna vez lo expresara Rilke.
La serie “Desmalezar” se siente como un punto de llegada
o quiebre en el que lo urgente es erradicar aquello que frena el despegue. “A
tientas” y “Acto de ver” son poemas bisagra. El yo poético desplazado en “A
tientas” a la mediación de la tercera persona, ve “una luz centelleante”, el
miedo aplacado, otra deriva. Para “ver” hay que apagar el mundo, confiar en la
soledad, masticar lo que duele, creer en la palabra “rotunda y capaz de
intentar lo imposible”. Cerrar, tener, ver, resistir, ser, no es casual el uso
del infinitivo como forma verbal impersonal. Se trata de acciones a conjugar que
aíslen e iluminen lo que aun duele y yace en lo profundo: “la amplitud de la
desdicha / es un auténtico pasadizo / de generación en generación”; vale construir
“un sendero de palabras / que no rodaran cuesta abajo”.
Mar de fondo es
tal vez una larga conversación de su autor consigo mismo, un ajuste de cuentas en
busca de las respuestas que no se hallaron antes y tampoco ahora: “…se va
cayendo el mundo / y solo unos pocos parecen notarlo”. Sin embargo, y aunque hay
desolación en la persistencia de esas flores blancas que huelen a muerte, una
luz guía se enciende en la obstinación de resistir, de reescribir sin tregua aquellas
“palabras audaces” que abrieron la amplitud el camino. Una cuidada selección de
epígrafes da cuenta de un linaje literario: Lispector, O. Lamborguini, Teuco
Castilla, Enrique Molina, Fogwill, Silvina Ocampo, Pizarnik, Marechal; voces a
su vez iluminadas por la palabra del cineasta lituano Jonas Mekas, quien ha
escrito: “Yo apuesto por el arte que hacemos los unos para los otros, como
amigos”, apuesta que Mar de fondo
comparte: el buceo de su autor por
territorios de la memoria no lo incluye solo a él, en su espejo todos podemos
mirarnos.

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