Soldaditos
La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmemra. La guerra arruina Susan Sontag
De niño, el Teniente General aprendía la
gurra alineando soldaditos plomo. Los agrupaba en ejércitos, los hacía
avanzar enfrentados hasta sentir ‒como quien oye los acordes de una música
familiar‒, el silbido de las balas, el choque de las armas, la fricción del
combate cuerpo a cuerpo.
Los fabricantes de juguetes ofrecían lo
ensayado, no en vano había sucedido la Gran Guerra: artillería, estrategias y
secuencias básicas se copiaron de dibujos y fotografías y aún del cine
inmediato posterior. Las piezas de plomo reproducían combatientes congelados en
gestos y posturas emblemáticas: detrás de la trinchera, apuntando con el cañón,
arrojando una granada, apuntando, siempre apuntado, era el leitmotiv. La carne
en juego quedaba sembrada en extensos campos de batalla.
Sumando regalos de
Navidad y cumpleaños entre los cinco y los doce años, había reunido un set
completo que incluía ‒como accesorio a la multitud de soldaditos dispuestos a
jugarse el todo por el todo‒, un completo Army
Medical Center: camilleros, enfermeras con maletín de primeros auxilios,
carpas sanitarias y utilitarios de la Cruz Roja, escena que él componía y
replicaba en puntos clave del embaldosado en el cuarto de juegos, a medida que
se acentuaba el drama épico, abatidos los contendientes como moscas bajo la
palmeta. Medía ‒acondicionada en sendas cajas‒, el alcance de la infantería
disponible; desataba las implacables etapas del conflicto.
Con los años, cumplidos los rigurosos
tramos de una brillante carrera militar y otros rituales, el aprendiz alcanzó
el rango máximo: Teniente General de las Fuerzas Armadas. El azar y ciertas
conexiones utilitarias e ideológicas que lo acercaban a otros como él, lo
ubicaron conjuntamente con los mandamás de la Marina y la Aviación, y por
soberana voluntad propia y de acólitos calificados, a cargo del Poder Ejecutivo
de su país, al Sur del Continente Americano.
Un día se sorprendió rumiando una certeza que
era, a su vez, una visión. Él se consideraba un visionario, y esta facultad se
parecía mucho a soñar, y soñar despierto es hermoso. Descubrió ‒y fue como si
una luz potente lo iluminara ‒, que los reclutas recién incorporados a la
fuerza eran idénticos –pero maleables (mucho más que el plomo), por obra y
gracia de su materia: carne y hueso‒, decididamente “clones” de aquellos soldaditos
que habían nutrido sus contiendas imaginarias. Como pudo reprimió las ganas
locas de reanudarlas. Pero imposible, la caja donde guardaba sus diminutas
tropas reproducidas a escala humana se había perdido en el túnel de la memoria
y se hacía difícil encontrar pasatiempos mínimamente dignos de su ajado corazón
de niño-viejo.
Abrumado, más que nunca aislado en el peliagudo ejercicio
de su poder sin límites, perdido en la encrucijada del presente que le tocaba
asumir, buscó y se aficionó a otra clase de juego. El nuevo maridaje se dio,
curiosamente, con lo que acabó siendo una voluminosa colección de bebidas
destiladas, fermentadas y añejadas en las mejores bodegas del mundo. Cada
trago, en medio de la intemperie del poder ‒el vacío se agigantaba‒, lo
devolvía al fuego intenso de su primerísima juventud. Acumuló botellas de forma
y color diverso, como si hubiese que llenar un pozo muy hondo y no encontrara
con qué.
Una noche se sintió defraudado. Lo suyo rozaba
el fastidio, el hastío. La vida se le hacía hostil. Su pueblo no era feliz,
cercado por los efluvios de una gestión grotesca que hacía agua como los
barquitos de aquel otro juego fascinante: La batalla naval. ¿Qué podía hacer?
Sentado a su escritorio, la mirada perdida en un mar de papeles donde se
encrespaban caligrafías adversas como oleajes enloquecidos (¿la Gran Ola de
Hokusai?), los ojos devenían bizcos al cabo de sostenerlos en el color miel de
la bebida que bailaba en la copa ‒purísimo cristal de Bohemia, acorde a su
investidura‒.
Era tarde cuando volvieron las visiones: sus
viejos y amados soldaditos de plomo, uno tras otro, marchaban al compás. ¿Al
compás de qué música? ¿La música era su deseo? Curiosamente ya no eran
miniaturas a escala humana, eran conscriptos de tamaño natural. Esperaban sus
órdenes. Mareado ‒pero por primera vez feliz en medio de esos días como
ciénagas‒, pensó que rescataría del olvido la épica que había alimentado sus
días de aprendizaje.
La madrugada lo encontró en el
apasionado bosquejo de una estrategia: sumó el racimo de provincias que
componen el país, eligió una franja etaria (reclutas) para formar su ejército.
A falta de combatientes de plomo ¿dónde, en qué dimensión se habrían perdido?,
usaría los de carne y hueso. Los pensó alistados: ropa de campaña, cascos,
mochilas, armas de reglamento, en fila india abordando aviones y barcos,
abrazando padres, novias, hermanos; se oía ‒y eso sí era un crescendo
insoportable‒, el run-run: “no vieja, no llorés ¡¡te lo juro que vuelvo!!” Los
arrancaba de aquí y los ponía allá, con un pie en las islas ‒o con un pie en el
fin del mundo‒. No le tembló la mano cuando por primera vez acarició el botón
rojo que legitimaría el encuentro entre las fuerzas antagónicas.
(Claro
que no vamos a ser tan ingenuos de creer que fue un vaso de whisky escocés el
detonante. Vaya uno, ciudadano común del país en cuestión, a saber qué
oscuridades se cocían en el caldero que sin pausa revolvían los hombres que por
inconsulta cuenta propia, cuenta de sesgo fundamentalista y mesiánica, decidían
los destinos de todos en ese país. Razones ligadas a espurios, inconfesables
intereses que la Historia habrá de descifrar con mejores herramientas que este
cuentito que no pretende hundirse en ciénagas de las que después no pueda zafar
por falta de aire, por intoxicación de palabras, dolor inexpresable).
Un
ejército invencible de soldaditos recién destetados defendería esa patria
endeble que él no alcanzaba a rescatar del letargo.
No lo
pudo dominar. Ni evitar. Un detalle nimio rascó, vulneró su paz interior (la
felicidad es efímera), un bulto oscuro y viscoso se desplazó errático por los
rincones de su cabeza embotada. Y nada, nadie pudo protegerlo de oír el rugido
del viento, de sentir el hielo que le quemó la cara y las manos, como el whisky
escocés le quemaba las vísceras. Allí, en su cabeza, silbaban los misiles y
alguien gritaba en inglés, y sus reclutas no sabían inglés, sólo Coca-Cola,
yes, okay. Y algunos, ni eso. No había cueva donde guarecerse. Pero no se dejó
colonizar, los apartó ‒como quien se saca de encima el asedio de un mosquito‒
por negativos, a esos pensamientos. Los reclutas se plegarían al juego
patriótico. Apenas habían abandonado, ellos mismos, sus juguetes ‒los
soldaditos, ya no de plomo, venían de plástico; se conseguían comandos
franceses y americanos (la Segunda Guerra Mundial había segado el mundo
conocido), persistían los héroes y superhéroes clásicos y algunos invencibles
guerreros galácticos empezaban a surcar el cielo de los ’80‒. Atesoraban, los
reclutas, igual que él, la fascinante costumbre de la lucha armada. El niño de
adentro patea sin tregua, quiere salir ‒se dijo‒, y lideró, obsesivo, su
ejército.
La adrenalina brilló en su mirada cuando presionó
a fondo el botón y abrió las compuertas a la guerra soñada: el 2 de abril de
1982, sus soldaditos desembarcaron en las islas. Carne de juguete –sonrió el entonces Comandante General de las
FFAA‒. Se acarició el mentón con el índice y el pulgar de la mano derecha, como
quien saborea un triunfo anticipado. Se dijo y lo dijo, y el eco de su voz se
replicó en el mundo: "Si quieren venir, que vengan. Les presentaremos
batalla".
*)Texto inspirado en la pieza teatral Carne
de juguete, de Gustavo Guirado, estrenada en Rosario (Santa Fe, Argentina), el
8 de julio de 2015, .

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