Mi reseña a El susurro que tañe, poemas de César Bisso: POEMAS QUE ALUMBRAN PEQUEÑOS ESCONDRIJ24OS DE IMPAVIDEZ, publicada en la edición impresa del diario El Litoral (Santa Fe), el 24 de octubre de 2025
Texto completo:
Poemas que alumbran pequeños escondrijos de impavidez
Si pudiera dar cuenta -apelando a una sola imagen-, de El susurro que tañe, poemario de César
Bisso (coedición de Ediciones La yunta –CABA- y Cartografía Ediciones –Río
Cuarto-, publicado en junio de 2025), elegiría una de las más clásicas de la
literatura de todos los tiempos: la del viaje, cuyo itinerario poético introspectivo y reflexivo, contempla un breve
pasaje por cada una de las tres estaciones propuestas: “Premonición”,
“Clausura” e “Incertidumbre”. Intensa indagación poética cuyo recorrido ilumina
el efecto de la degradación progresiva de los vínculos, la vulnerabilidad que
define nuestro estar en el mundo, la imposibilidad de prever lo incierto por
venir. “Solo, a la sombra de mi propia sombra, / ninguna flor abrirá”; dicen
los versos de “Ermitaño” resonancia del encierro pandémico, epítome del
progresivo deterioro de los vínculos mencionados: “la vida se hace a plena luz,
/ de frente”, leemos.
Atravesado por el presagio de lo que puede venir bajo la
forma de una campanada que en su tañido anticipa lo que desconocemos y que
probablemente será doloroso y nos dejará indefensos, El susurro que tañe dice mucho del miedo -esos “pequeños puñales”,
según la ajustada metáfora que el poeta brasileño Floriano Martins incluye en
el título de su prólogo- al golpe letal del azar. La voz poética se pregunta
cómo transitar un presente incomprensible que se aísla en la indiferencia ante
el dolor de los demás. Los hombres “seguirían librando batallas absurdas,
consumiéndose entre ruinas, victoriosos de la peor derrota: / la ausencia del
otro”, dicen los versos de “Oráculo”, admitiendo que ni siquiera la profetisa
Casandra se animó a predecir tal derrumbe. La postal no difiere del espejo de
la Historia: “La historia es un río oscuro / y sin orillas / donde flota el
luto de los siglos”. La sensación es de callejón sin salida, de hondo desgaste,
cualquier lucha parece inútil. Las cartas están echadas, el destino quiso que
el itinerario del poeta transcurriera en un tiempo “malherido”, “…la pesadumbre
bruñe / el alma despellejada”.
Sin embargo, al tiempo que se advierte la decadencia, la
resiliencia del poeta no se ampara en la resignación sino que intenta parir una
realidad alternativa. “¿Hay salvación?” se pregunta en “Praxis”, y no duda en responderse con la palabra más
breve y prometedora de nuestro idioma: “Sí.” Vestirá, si es necesario, la piel
del hechicero y también la del guerrero esotérico entrevisto en sueños, aunque lo
cierto es que en la vigilia siempre elegirá la mansedumbre del agua.
“Palabra en vuelo” potente poema que cierra la primera
sección, escribe por igual un lamento y un deseo, un reubicar las cosas en su
lugar ante uno de los males actuales más visibles: el uso degradado, mentiroso,
de la palabra: “El mal decir carcomió la torre de Babel”. Pero “No te rindas
palabra / aunque ya enmudezca el mundo / alguien escuchará tu grito”, leemos en
esa suerte de plegaria que César Bisso, a través de la voz que escribe, parece
decirse a sí mismo: no te rindas, tu palabra es tu espada y tu maná.
En “Clausura”, segunda parte -y aquí también se respira
la asfixia, la inmovilidad que selló la pandemia-, los malos presagios tañen,
aturden. El poema elige entonces respirar en la contemplación del mundo pequeño
y cercano: la hendija que filtra y permite intuir el contacto con la
naturaleza: el río, la magnolia, el colibrí, la senda de una estrella, la
noche. La pertenencia es a la naturaleza: el deseo de ser una parte más del
todo, una parte viva. Encender nuevamente la llama que el golpe de la tiniebla
apagó. Moverse de ese lugar de desamparo, desasosiego e incertidumbre. Salir,
sanar, sentir, confiar, tal el derrotero que orienta la resistencia del poeta
mientras el viaje por las estaciones propuestas aclara su percepción: “Nada
resguarda un corazón solitario / tendré que luchar, poema tras poema”.
En el contexto de autoexilio evocado, “migajas de pan
pesa la esperanza”, leemos, y la desesperanza “blasfema sobre la hoja de
papel”. El yo poético se debate entre maldecir sobre la hoja blanca o escribir
un poema que alumbre otra forma de vida, que cante o simple, la vida sencilla
de los pueblos pequeños. Optar por la estrategia de la almeja y ocultarse
mientras dure el temporal o “alentar la franqueza del grito, / que incluso
ahogado resiste.” En tiempos de posverdad la búsqueda incluye reconstruir el
trazo de la letra, dar con la raíz primera del habla, limpiar la escoria
acumulada. La oratoria sofista lleva al único atajo posible: la obediencia sumisa
por devaluación del entendimiento que el uso tramposo de la palabra promueve.
Así lo expresan los poemas “Atajo”,
“Oratoria” y “Rendición”, eslabonados uno al otro iluminando los bordes de una
actualidad distópica que todos experimentamos y cuyo combustible es la opacidad
del concepto de verdad.
El poeta sigue oyendo, sin embargo, una canción
reincidente, un tañido, aun bajo la sospecha de que “…ha quedado enmudecida /
ninguna melodía supo acompasarla.”. La canción “revive” y remarca que el otro
es su espejo: el mundo se resquebraja cada vez que la injusticia golpea sin
piedad al vulnerable. Los lobos aúllan cerca y beben la sangre de los pobres y
la tormenta nunca cesa. La pregunta cae de su propio peso: “Para qué sirve la
voz / cuando se disipa la esperanza?” No saber lo que vendrá traerá dolor. Habrá
que desmalezar, dejar atrás el recelo a lo desconocido, a lo que no
comprendemos, vislumbrar y poder descansar en “pequeños escondrijos de
impavidez”, así lo sugiere el último verso de uno de los poemas más bellos del
conjunto: “Imaginario”. El yo que escribe se anima a ello: “Desconozco mi
suerte.” asevera el verso que marca el final del último poema, abriendo a la
vez la posibilidad de una convivencia armónica con los estados anímicos
desolados que atraviesan estas páginas, claves del registro emocional
interpelado, todas ellos resultantes de la misma matriz: la incertidumbre,
marca indeleble en el dobladillo del siglo.
Los poemas de El
susurro,,, se expanden alrededor de lo que podríamos llamar núcleo de
sentido, muchas veces rematados por una evidencia, aprendizaje, verdad
aprendida o entrevista en el camino de ahondar en la imagen o idea que da pie
al proceso de escritura. Intensamente sonoros, desde su título que anticipa los
susurros que se oyen como tañidos, desde las campanadas que suenan en cada
página bajo la forma de un presagio, de un miedo, de una incerteza, como
también de las pequeñas epifanías o de la visión fascinada de la belleza. Hogar
de pájaros, es posible oír no solo el canto sino también el aleteo de zorzales,
horneros, colibríes: “Siempre vuelan pájaros solitarios- / Del patio al río, /
de la tierra al agua” y es posible oír sus “trinos como cencerros”.

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