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No estoy aquí.
Ya lo sabía.
Sospechaba de mí
desde hace un tiempo.
Un extraño temblor
me desvía la mirada
hacia puntos oscuros
y lejanos.
No sé aún
si es temor o desconfianza.
Pero apenas me observan
me incomodo.
Empiezo a repasar
cada una de mis cosas,
las prendas de vestir
y los muebles de la casa.
No consigo saber
si ya he salido
o si estoy por regresar
al mismo sitio.
Poema II
En este silencio
que almidona las palabras
edifico otro silencio
más severo.
Más duro y cerrado
que las piedras,
más viejo
que algunos pasatiempos.
Sumergido en el agua
de sus días
sólo alcanzo a nadar
cuando me duermo.
Fatigas
La bruma
de un sedoso pasatiempo
se disuelve entre fatigas.
Nadie puede pensar
modestamente
en armar su descanso
en otro sitio.
Esa vaga sensación
que filtraba nuestras voces
es ahora un oscuro sedimento.
Un recuerdo vidrioso
en cada noche
apretando
nuestros párpados cansados.
Paisaje
Alcanzaron
espinosos horizontes
que apretaban
en su mente.
Mentalizados
como tales
anduvieron después
por las orillas.
Ciudades capitales
y campos arrasados.
Troncos secos
pegados al camino
en medio de la niebla.
Pasajes que ocuparon
la mirada
Hasta entrar en el alma
del viajero.
Observador oculto
Oculto en la escalera
observa los escasos movimientos:
el hombre que sonríe de mañana
la mujer que agita su plumero
o aquél que entre vagas intenciones
se decide a saludarlo.
Las palabras tropiezan
y acarician sus oídos.
La radio del vecino
murmura sus ásperas noticias:
informes apretados por el miedo
oscuros pasatiempos que se olvidan
y una leve tendencia
a creer en lo increíble.
El cielo apagado del domingo
se escurre finalmente en su memoria.
La casa
Vincenzo Cardarelli
La casa estaba en la esquina de los peces. Un lugar donde ellos se encontraban para poder reconocerse. El agua se enturbiaba con frecuencia debido a la presencia de otros seres. Pero ellos continuaban, pese a todo, llevados por su afán de subsistencia.
La casa no tenía ni puertas ni ventanas. Apenas un borroso contenido, similar a las casas de otros tiempos. Los peces entraban y salían, sin que nada consiguiera detenerlos. Las noches y los días tamizaban los recuerdos. Ese frágil sostén de la vida de otros seres que los peces rozaban suavemente.
(en “Los años anteriores”, Botella al Mar, Buenos Aires, 2009)
(*)Horacio Laitano (Pergamino, 1955). Reside en Buenos Aires. Publicó: “Pensado en otoño”, “Diálogos con la lluvia”, “Memorias de la noche”, “La mandrágora secreta”, Los apuntes del Sr. Quq”, “Humores familiares”. Participó en antologías de poesía y publicó en diarios y revistas literarias nacionales y extranjeras.
Lo sorprendente es la obstinación del eterno retorno, de lo cíclico. La sedimentada belleza de lo recurrente. No hay que rastrear, la secuencia visual reaparece espontánea, abarca mi espacio entero. Una meticulosa pintura móvil.
El primer borrador arrastra la imagen desbordada de una sobremesa estancada en la siesta de un día bochornoso. Verano de barrio. Las moscas zumban atontadas buscando el almíbar dorado de las uvas negras. El calor nos marchita a todos. El hule azul a rayas blancas, las migas, las gotas de vino como perlas moradas, los restos.
La niña contempla la escena, amodorrada. El padre cabecea en el viejo sillón de mimbre, la madre se pierde en el interior de un curioso, volátil entramado de adormiladas visiones veraniegas. Las hermanas mayores cuchichean novios y sonrisas cómplices veladas tras el ruido lluvioso de los cacharros que se lavan en la pileta del patio de atrás.
Un marco que reincide: la claridad meridiana, lívida, apenas interrumpida por algún nubarrón espaciado en la siesta de domingo.
Súbito, el aldabón de la puerta de calle retumba en la fresca profundidad del zaguán. El sonido hueco del bronce se propaga circular en la tarde dormida. Desbarata el letargo, apaga el zumbido monocorde de las moscas, invierte la línea ascendente del sopor, el vaho espeso, húmedo. La manecita de dedos finos y puño de encaje vuelve a sonar, imperiosa, hasta que la madre, espantándose las moscas y las ensoñaciones estivales, se pone de pie, atraviesa el zaguán, sale a ver quién es.
Por el ¡¡¡ohhh!!! de sorpresa y el tono de voz comprendo que ha llegado Andrés, el primo que esperábamos y también su valija de cuero marrón, el impermeable y las cajas de alfajores que deja en las manos de mi madre.
-Para las golosas de mis primas, tía -y la sonrisa ancha.
El reproche ínfimo, la caricia, los platos interrumpiendo su andar por el interior de la pileta enlozada, la canilla abierta, qué suerte que viniste; las moscas que ceden su lugar a las voces, los ademanes cálidos, la siesta que pasa a otro día. La charla que se instala, crece, nos cubre: un manto de voces. Contame de los parientes; prometeme que no se lo vas a contar a nadie; ¿sí?, ¿vooos?, ¿cuándo?, ¿noovia?, ¿tenés novia?; no te puedo creer, me parece imposible. Las voces se enroscan, engordan, se retuercen, zigzaguean, se achican, no las oigo más. Agrando mi mundo pequeño y juego a la payana sentada a los pies de mi primo. De a ratos, sin interrumpir la conversación, hunde los dedos en mi pelo como quien acaricia una mascota querida. Mi hermana Lucía trae un café, intercambia guiños con el adolescente grandote y alto que a mí me parece todo un hombre.
El sol se ha inclinado hasta casi apagarse. La hora trae grillos, chicharras, conciertos dispares de pájaros distantes. Se espeja en la copa oscura, borrosa, del cedro azul. El gato ronronea, curva el espinazo, los pelos erizados. El jardín revela un pozo de sombra y Micaela desde el piano deja volar los Cuentos del bosque de Viena que se esparcen como una lluvia de chispas sonoras sobre cada rincón, sobre la mirada brillante de la niña que juega con muñecas de trapo y casitas de fantasía.
Esa misma noche se estaciona entre nosotros, sueñera, la segunda sobremesa. Morosa, opulenta de dulces y bebidas. Otro empedernido borrador de la memoria, un atisbo. Oigo contar historias del campo, relatos polvorientos en las paabras de los mayores: el cadáver milagroso de la Difunta Correa, no se qué de la luz mala, que el hombre lobo aparece cuando hay luna llena y hay que tener cuidado con las gallinas, que Pancho Sierra era un gaucho bueno de pelo blanco y largo, que la Madre María se llamaba María Salomé, que el gauchito Gil esto y lo otro, que nadie cree en las brujas pero que las hay, las hay; que no por nada las quemaron vivas. Una miríada de mitos sentados a la mesa, compartiendo. Y el sueño amodorrado hecho bostezo inmenso, un ser vivo con ojos, boca, orejas, pelos, ojeras, letargos, cerrándome los párpados. Quiero ganarle al miedo. La pesadez sin límites, mi muñeca de trapo y la búsqueda del abrigo tibio de la sábana acaban ahogando el espanto. Cierro los ojos, me duermo por fin.
Un murmullo creciente respira entrecortado en lo oscuro, intercepta el descanso. Bisbiseos como truenos en la noche estrangulada. La niña oye una voz: despertate, este no es uno de tus sueños comunes, esto es una horripilante pesadilla. El sobresalto, la taquicardia, el sacudón.
Una multitud de caras, racimos de caras de difuntas y difuntos aureolados de luces malas y hogueras crepitantes crecen a pocos centímetros de mis ojos, me despiertan sacudiendo mis hombros con manos frías y huesudas. Tiemblo de miedo, me tapo los oídos, la boca reseca, las palabras sin voz. Oigo un sonido apenas rítmico, ligeramente cadencioso, una loca evolución de escalas agudas a graves, acordes como cristales acribillados, desafinados, inarmónicos, brotando inesperados del piano sin que yo pueda reconstruir la melodía.
-Shhh, silencio, hay ladrones en el comedor -susurra alguien.
Inmovilidad, latidos, latencias, hormigueos, sudor frío, manos que tientan, se buscan, ahogos, temblores... La voz insegura de la madre, la decisión inquebrantable del padre, el revólver sin balas. Sigilo. Avances estratégicos. El piano que suena otra vez, un galope disonante en las teclas, la luz que se enciende, la escena al desnudo: asustado, el gato maúlla, gruñe, muestra el filo de las uñas, los ojos inquietos; alza las patas, se defiende; las desploma sobre un re o tal vez sea un fa o un do o cualquier nota desafinada hasta detenerse, el lomo tenso, curvado, sobre el marfil del teclado en un último, vibrante acorde final.
Caen también los brazos de todos y suben los suspiros de alivio y el espacio deviene un espacio enrarecido, una extraña postal de familia: el padre armado, la madre atónita en un revuelo de puntillas, Lucía, Micaela, Andrés y yo más atrás, mudos.
La frescura inesperada de la brisa nos devuelve el movimiento y el habla. Entró por la ventana que mi primo - dormía en un sofá cama cerca del piano- dejó abierta porque el calor insoportable no lo dejaba dormir. La misma ventana por la que entró el gato y saltó al teclado que Mica, en un descuido, se olvidó de cerrar. Y también las estrellas y la luna, de ronda por los tejados y las calles desoladas.
La noche clara veteada de oscuro. El susto bordado en hilos de plata, para siempre.
La niña se demora, escruta sombras movedizas y otras cosas indeseables en la sala. Se asegura: la tapa del piano cerrada, las celosías herméticas, los vidrios apenas entornados. Controla que no haya nada debajo de las camas. Cada recoveco, los reflejos en los techos, en las paredes...
La noche inmóvil rebalsa su escasa compostura cuando se nos escapa la carcajada que intentamos ahogar en la cocina. Lo inconveniente no parece la carcajada estrepitosa, lo inconveniente es la hora de la madrugada en el barrio donde la espesura del silencio es un crescendo de pequeños sonidos que se pegan a los tímpanos. La risa escapa, impúdica, un vaho misterioso que atraviesa hendijas, ventanas entornadas, claraboyas; fluye ingrávida desde el ámbito tibio de la cocina donde nos fuimos congregando, como quien acude a una cita olvidada, sonámbulos. La excusa del agua fresca, el té de tilo que calma el sistema nervioso, la leche tibia, el guindado.
Un rato después se apagaban lentas las risas, las luces. El último borrador trajo sonidos: la desmesurada sordina del silencio estalla en mis tímpanos. Otra vez la noche honda late el bombeo húmedo de mi corazón. Y el sueño reaparece limpio, recién estrenado, terapéutico. Las sábanas frescas, la muñeca blanda; el brazo seguro de papá abraza mi cuello ahora relajado. No más gatos, no más ruidos, no más cuentos de terror a la hora de las largas, inconmensurables sobremesas de verano.



bebí de ella
en la sed de una siesta tibia
las cortinas tenían el suave vaivén de la imbatible memoria por venir
y su destello por mi boca nutría el instante
escuchábamos a eva cassidy lejanamente
después
nos sentamos desnudos en la galería que daba al parque
nos sentamos en los sillones de madera
envueltos en las mantas verdes
que habíamos comprado en días anteriores
bebí de ella
en la sed de una siesta tibia
su cuerpo era un filo
el silbido de la brisa entre los cipreses
un haz
el halo abriendo tajos y suturando a la vez
bebí de ella
la bebí
bebí su humus
el gesto sublime en el manjar flagrante de los sentidos
lejanamente escuchábamos a eva cassidy
sentados en los sillones de madera miramos el paso de la tarde
con el aroma de la lentitud de la luz en nosotros
de pronto ese útero de dios se perforó profundamente
comenzaron a caer las huellas los relojes los jadeos
los ojos en la ceguera sepulcral de los silencios
por ese hueco feroz cayeron una a una las caricias
los cuerpos abrazados
los perfumes en la invocación de las cópulas
y todo fue un abismo sin fin
jazmines muertos
solo se oyó
el rugido de las fieras esperando agazapadas en el medio de los jardines
el crujido de las ruinas en la carne
y el estruendo de una ostia agria
en lo que inexorablemente habría de caer
la calavera fatal de la hermosura
hincó los dientes hasta los huesos
en nosotros
en nosotros
en nosotros
en nosotros
que escuchábamos a eva Cassidy
lejanamente
mientras las peores hienas nuestras
se alimentaban hasta el hartazgo
despedazándonos
sin piedad
a cara
oscura y seca
la noche
machaca el quiebre
abruma
saca la daga
para que la sangre brote
una vez más
con las moscas rondando
y el dolor del filo que se extraña
el brillo de la hoja
dónde mirarse las vísceras
y las ausencias
lamer sus pasos
el humus exacto de la huella
hurgar en las horas del derroche
su curva
su caminar
la agudeza del haz:
corrompido
entre los cuerpos
abanicado de placer
beber su licor dulce
detrás de los cortinados
dónde nadie llega jamás
tan bella fue
inmersa en el fulgor:
el suavísimo aliento de su vaho
solo en el olor de su lucir
entre los manjares absolutos
mamando de la noche la lujuria
del hambre
la sed
en la saciedad
de los hambrientos
detrás de los cortinados
donde nadie llega jamás
no basta callar
no basta cortar el silencio en tiras
dejarlo caer como cayeron los breteles
las bragas de seda de la seducción
desde la mudez de los abismos
en los cuerpos anudados para siempre
en la memoria de una miel violenta
un fragor inacabable
la exacta gota de ácido
en el goteo de la voracidad del ojo
detrás de los cortinados
donde nadie llega jamás
para lubricar el instante
la palabra desmadra el sueño:
una calma lava
desamarra la incandescencia en el centro del desierto
esparce sombras:
resta amar el olvido
pulir los escombros del brillo
hincar los dientes en la nada
desde la inutilidad del desgarro del aire
resta amar el olvido
detrás de los cortinados
donde nadie llega jamás
resta amar el olvido
que nada le quede de mí
que nada le quede
que nada le quede de mí
que no le quede el brillo que supe brillar a su lado
que no le quede la sombra de mi pena
ni el último pétalo de pus en el sexo lastimado de los finales
que nada le quede
que no le quede ni el valor ni la cobardía que mostré
como una bestia torpe
temblando junto a su fantástico cuerpo
que no le quede nada de mí
que no le quede la huella del aroma
que no le quede el recuerdo de mis memorias
que no le queden esos viejos altares que arrastro
ni los rigurosos dioses míos de lo que siempre regresa
nada de nada
que nada le quede
que no le quede el halo
que no le quede ni la más mínima célula de la cópula violenta
en los terciopelos del ajar
que no le quede el sueño infinito que supo rondarme
que no le queden los lobos que merodearon nuestra cama
carcomiendo los restos de placer en los destetes del fuego
que nada le quede
que sea vacío el espacio que me nombre
que sea vacío mi nombre en su boca
que sea vacío mi vacío
que nada le quede
ni siquiera el último gesto construyendo ataúdes
en el medio de la muchedumbre
y
que nada me quede
que nada me quede de ella
que nada me quede
que no me quede su manada de furia
en la memoria voraz de los placeres
que no me quede su último aullido en el medio de la noche
que no me quede el borde de su boca
que no me quede su caminar y que no me queden sus pies
que no me quede su extraña estirpe
arrancada de la belleza
de los paraísos del fuego
en el degollar fatal
que nada me quede
a cada paso de batalla o de memoria
que nada me quede
nada debe quedarme de ella
que no me quede su mirada
que no me quede su haz
que no me quede
como una profunda herida para siempre
el hijo que no tuvimos.
VIENTO
UNO
De las batallas solo recuerdo el viento en la cara. La musculatura tensa en el cuerpo firme sobre el caballo de galope intenso. La espalda levemente inclinada hacia atrás. La mano izquierda sosteniendo las riendas con la viril delicadeza que se toma el cabello de la mujer amada en los tiempos del vértigo.
DOS
De las batallas solo recuerdo el viento en la cara. La bravura de los instantes reflejada en los cascos del animal. Los cascos arrancando terrones de tierra húmeda. Y en el medio de la bruma fría el olor del yuyo que ese animal deja flotando tras su paso fuerte, ese aroma profundo del verdor inolvidable. Los ojos bien abiertos, las fosas nasales henchidas, el pestañeo escaso, la mirada clavada en el horizonte cercano y en el infinito horizonte de los sueños.
TRES
De las batallas solo recuerdo el viento en la cara. El puño derecho cerrado firmemente en la libertad del sable. El blandir la hoja con la pasión de una brutalidad, ese magnífico vaivén que acaricia las muertes por venir. Y ver el incipiente sol reflejado en esa hoja mientras se aflojan las riendas iniciando una carrera inevitable. Sentir en las piernas el vientre de la bestia y su profunda vehemencia. Tener la certeza de que se está yendo violentamente hacia algo de lo que no se regresa jamás.
CUATRO
Tal vez la vida no sea más que esto, tal vez la vida sea ir hacia las muertes inexorablemente. Reconocer por sobre los hombros la silueta de lo que no habrá de retornar. Alzar en brazos los cadáveres con la sangre aún caliente. Alzar en brazos aquello que queda desparramado en el detrás. Alzar en brazos la pena, el dolor de la hendidura, la vista perdida en el vacío de lo que ya no existe.
CINCO
Guerrero furibundo con la espada feroz en los amaneceres repletos de bruma. Esto he sido y tal vez esto siga siendo para siempre. Y ese viento golpeándome suavemente el rostro. Ese viento frío. Ese viento filosísimo y feliz en el clarear de los campos de batalla. Ese viento que aún recuerdo como una caricia de los dioses que alimentaron las fuerzas en la dignidad de la crudeza.
(*) Patricio Raffo nació en 1959 en Rosario (Argentina), donde vive. Fue colaborador del diario La Capital y desde 1993 redacta contratapas del suplemento Rosario 12 del diario Página 12. Participó del Festival Internacional de Poesía de Rosario como poeta invitado y coordinador (Ed. 1993 y 1998). Fue parte del staff de la revista virtual Urbis tertium y miembro del grupo integrado músico–literario Urbis tango. Actuó en perfomances músico-literarias. En 1998 fue coordinador del ciclo literario Pensando en Rosario. Actuó en cortometrajes. En la actualidad es parte del proyecto “Río Revuelto, leyendas del Paraná”, miniserie para televisión dirigida por Claudio Perrin. Como realizador, integra actualmente el staff de filmación de los documentales “Fiestas Populares” y “Hip Hop” del Distrito Oeste de la Municipalidad de Rosario. Invitado al I Encuentro de Escritores de Babahoyo (Ecuador, 2011) presentado la ponencia “La influencia del erotismo en la literatura”.
Publicaciones: OTRO PASTO. Cinco poetas rosarinos (Poesía) Ed. Fundación Ross. Rosario, Argentina. 2007; DIOS HEMBRA (Poesía). Ed. Los lanzallamas. Rosario, Argentina. 2003; RESTOS INEXPLICABLES (Prosa y poesía, con collage de Mario Perone) Ed. Bajo la luna nueva. Rosario, Argentina. 2000 ; en antologías: CUENTOS SANTAFECINOS. Relato a cargo de Quique Pesoa. (Prosa / formato CD) Ed. Secretaría de Comunicación Social, Ministerio de Gobierno y Reforma del Estado, Ministerio de Innovación y Cultura del Gobierno de Santa Fe, Argentina. 2010; FIN ZONA URBANA (Poesía). Ed. Gatogrillé. Rosario, Argentina. 2010; 19 DE FONDO. Poéticas de la Construcción (Poesía). Ed. Gatogrillé. Rosario, Argentina. 2008; TEXTURAS Escritores en imagen. (Formato CD) Ed. Área Literaria de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario, Argentina. 2007, entre otras.
Contacto: sudeste42@hotmail.com