OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

viernes, 11 de enero de 2013

OTROS EFECTOS DE LUZ A LA HORA DE RECIBIR EL 2013

Gracias a Julian Tay por esta hermosa captura de una noche festiva: fuegos que brillaron en el cielo de Melbourne, Australia, donde vive mi hija Evangelina. Tienen para mí un significado especial.

lunes, 7 de enero de 2013

EL CENTRO DE LA GRAVEDAD, Enrique Butti

 
El centro de la gravedad

Enrique Butti

(Editorial Palabrava, Santa Fe, 2012)

 

Mi comentario:

en Suplemento Señales, La Capital, Rosario,6 de enero de 2013:




De los mundos adyacentes


El centro de la gravedad, Butti, Enrique, editorial Palabrava, Santa Fe, 2012

Por Marta Ortiz


“El centro de la gravedad”, nouvelle de Enrique Butti (Santa Fe, 1949), es la segunda entrega (libro de invierno) del proyecto “Las cuatro estaciones de la palabra”, que impulsan la editorial independiente Palabrava (creada y dirigida por las escritoras santafesinas Patricia Severín, Graciela Prieto y Alicia Barberis), y el diario local El Litoral. Se prevé la publicación de cuatro libros anuales de autor santafesino a distribuir con El Litoral al inicio de cada estación. “El infierno de los vivos”, de Alicia Barberis, fue la entrega de otoño.

“Rodeado de sus cuadernos y cintas grabadas en esta noche de lluvia, yo me decido a ordenar […] su historia”, informa un narrador anónimo. Con el material a su alcance (cintas grabadas y un diario personal) abordará en cuarenta y siete capítulos breves la historia de María, adolescente que ha vivido una aventura fantástica ligada a temas fetiche de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo y la exploración de mundos paralelos.

       La trama se desovilla a partir de una casita de barrio (suburbio de casas chatas que podríamos ubicar en cualquier ciudad “anodina” de la pampa gringa), pero no elegida al azar sino tras un estudio matemático exhaustivo de la cofradía secreta que integran Hermann, el padre de María, y sus amigos Bernabé y Lhyas; casa que desmiente su insignificancia si reparamos en el gran subsuelo, galerías subterráneas, recovecos que aportan la atmósfera oscura, húmeda y misteriosa indispensable para la creación de un ambiente gótico, donde el lector asistirá a más de una pesadilla. “Una leyenda cuenta que los túneles bajaban hasta el fondo de los océanos y los atravesaban para llegar a Roma”, se aclara.

María –aunque dudosa de la gestión paterna–, decide colaborar con el proyecto y se sienta al sillón del “laboratorio”, sitio al que regresará luego de cada incursión (dos en total) al “otro mundo”, mundo paralelo en realidad, réplica del original, solo que con otra textura y consistencia que se describe como hielo, vidrio, mármol, piedra, acero; mundo congelado, macizo, al modo de una captura fotográfica que remite a la inmovilidad, como la que contagió al reino entero cuando su princesa (La bella durmiente, de Perrault) se duerme durante cien años, atrapado cada súbdito en un gesto o movimiento inconcluso. Butti ha creado un curioso verosímil donde el tiempo tal como lo concebimos, pilar de cualquier ficción en capítulos o secuencias al modo lineal y sucesivo, ha sido abolido, la eternidad cabe en el instante; toda marca temporal pierde sentido, sin anular por ello el sentido de la trama.

      “¿Cómo podría volver al colegio, escuchar conversaciones imbéciles […] sabiendo que todo es apariencia, reflejo, sombra de otra posible realidad?”, se pregunta María luego de su visita al “otro mundo”. Y en sus palabras se deja oír un leve susurro del mito platónico de la caverna, como también se leen huellas de otros cruces, ecos o intertextos.  Así, un recorte del memorioso Funes emite señales cuando María se esfuerza por “escribir en la memoria” todo lo leído con la intención de no olvidar (de darse continuidad) y armar su biblioteca en la memoria, además de plasmar lo que ha visto; pero siente que la “empalaga tener demasiada” (memoria); “… para agotar un solo instante no bastarán todas las bibliotecas que se escribieron desde el principio de la escritura, ni siquiera sumando las que pueda escribir todo el futuro”. Otro cruce: una viga detenida en el trayecto de su caída desde lo alto, a pasos de Terence Filcraft que circula en igual dirección (las imágenes de tragedias inminentes se sugieren congeladas, stand by, como figuras inmóviles de un museo de cera), alude al  personaje homónimo de El halcón maltés (Dashiell Hammett), a quien en la novela original la viga no tocará al caer, pero sí lo motivará a dar a su vida un giro radical; anécdota que también recoge Paul Auster en La noche del oráculo. Incluso leemos un guiño a la leyenda del judío errante en el vagabundeo de la adolescente que busca a su madre, perdida en medio de la más desoladora eternidad.

Explorar características de “otro mundo” que duplica el mundo “real”, es también pretexto para cuestionar aspectos negativos de la sociedad actual: la viajera María, espía sin compromiso, fisgona entrometida, reflexiona: “Siempre tuve la impresión de que en la TV ya está esa invención, que ahí más que mirar, la gente es mirada en su mayor intimidad.” La felicidad es un bien esquivo, no dura: “…está siempre yéndose, siempre fugaz.” La conmueven, a su paso, los lectores de libros tanto como sufre viendo a quienes se dejan chupar por la TV. Adicta a la lectura, su canon personal habla por sí mismo: K. Mansfield, Blake, Jane Austen, Marosa Di Giorgio. El fuego purificador precipitará un final de pesadilla. Solo tres pilares sobreviven al derrumbe: el amor, la literatura, la música.

Una trama impecable, el plus descriptivo de un “más allá” donde reina el oxímoron absurdo (lluvia de mármol, océano de vidrio, sonidos congelados), la prosa de ritmo ágil, un narrador que en pocas páginas abandona el yo inicial y asume firme la voz de la protagonista, el suspenso que no cesa, humor negro, pasajes de novela gótica, la galería de personajes “raros” o en extremo cotidianos: todos estos elementos y más, en la pluma de un brillante oficio narrativo, dan forma y color a un legítimo producto Butti. Para disfrutar.  




domingo, 6 de enero de 2013

CARLOS ENRIQUE CARTOLANO

Magritte, Los amantes








 
















OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS (*)

Blues de cinco

 
Diciembre –Plumas y susurros, 2012-

Te echo un tapado de piel sobre el corazón si permitís
Que te abrigue con mi recuerdo sobre tus hombros si
Confiaste en tu memoria alguna vez si descubrís en ella
Más lo por vivir que lo vivido más lozanía que cenizas
Si los miedos toman distancia de alguna racha fría si

Viste techos en mis brazos por estas manos la palabra
Que también lleva cuello mangas y solapa. Entonces cubro
Con esta vieja piel tu corazón serán los mismos poros
Armonía en las miradas confluencia de líquidos frizantes
A todo lo que dé diciembre: frutos rojos azúcar y jengibre.

de Quintetos del amor marino –Negro de hueso, 2012-

(…) Cuando el mar se retira o cuando el amor se apaga
Sólo la palabra hace girar el mecanismo de relojería
Su eje diamantino dentro de unos cuantos sorprendidos
Por las galas de la memoria: su droga de aparecidos
Tras los cortinados sobre la arena húmeda todavía (…)

de Quintetos del hombre nuevo –Negro de hueso, 2012-

(…)No hay café como en otros cuadros grises
De desayunos sin la debida realeza ventanas
Sin abrir al canto de calandrias. Sin resucitar
Profetizar: es oficio del sacerdote obtener
Este mate que aguanta casi toda la mañana.

de Tremor –A vuelo de ángel, 2012-

(…)A la hierba nueva de mi mejor lado a quien bautiza
Poemas entre borbotones de la sangre a quien ama
Esta boca apenas temblorosa a la que julio pensó
Tendida sobre el agua ganando el diáfano en horas
De pasión ¿Cómo no postergar cuando ella convoca?

de Linha –A vuelo de ángel, 2012-

Bien puede ser tu voz coronación espiga dulce brillo
En océanos de cereal respingos en tus manos bien
Puede bien debe alzar tu voz hasta la eléctrica línea
De tus ojos ese cable que sostiene tu mirada fruta
De a dos ancla cabo y origen ariete: debe bien puede (…)

de Desnudo con copa –Leyes, 2012-

Ya desnudo en noches que la más ingenua crueldad acuerda
Como si por voluntad propia se quitase todo pergamino
Y el reloj sirviera –estando solo- para algo más que tictacquear:
Bebo de mí apuro el agua secreta de una copa. Estira el negro
Felina su distancia de mirada feroz este garrote de ojos (…)

de Estuario –Leyes, 2012-

Mis lazaduras de cuero ceden al amanecer humedades
Salpican el piso como llorando duelos de estrellas. Sol
Es todo plano que refracta brillo del agua filo contra filo.
Cuando la dama abre sus ojos convoca alumbramientos:
Nada queda de ayer. Son otros el río los peces y el canto.


© Carlos Enrique Cartolano –Todos los derechos reservados




(*) Carlos Enrique Cartolano (Punta Alta, Buenos Aires, 1947). Reside en Mar del Plata. Estudió letras y abogacía. Se formó en los talleres de Grillo Della Paolera, Elizabeth Azcona Cronwell, Osvaldo Rossler y Nicolás Bratosevich; también en la cálida amistad de Joaquín Giannuzzi y Carlos Alberto Débole. Fundó y dirigió revistas literarias: Gente Joven (1963), El Candil (1964), Puro Cuento (1976), Taller de Letras (1981). Ejerció el periodismo independiente y dirigió dos revistas económicas y de negocios (1982/1990). Organizó y produjo, con el poeta Jorge Castillo, recitales poéticos musicales en el Bar La Poesía ( 1982/1983). Publicó Los cantos van al canto (Buenos Aires, Ergon, 1969); La resurrección de Neruda (Buenos Aires, Taller de Letras, 1997). En 2011 publicó los poemarios virtuales Cuerdas – El piquete y otros poemas y Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte (Emooby, Madeira – Portugal), y –con el mismo sello editorial- el volumen de crónicas  históricas Tierra Regada –La independencia mal tenida-. Dos novelas inéditas: La trampa de arena y Huevos en la herida, y Completar la mirada –cuentos incómodos-. Poemarios inéditos: A ojo y de oídas (2010-2011); Brida (2011); Negro de hueso (2012); A vuelo de ángel (2012) y Leyes (2012). Ha escrito ensayos dedicados a las diferentes lenguas de su tierra: La corte y los coros. Premiado y mencionado en certámenes literarios nacionales e internacionales. Poemas y cuentos suyos se publicaron en revistas en soporte papel y virtuales.  Dicta talleres literarios de poesía y narrativa.
Edita los blogs: 
La trampa de arena: http:www.latrampadearena.blogspot.com
Diáspora Sur: http:www.diasporasur.wordpress.com
De fierro: http:www.defierro.wordpress.com

martes, 1 de enero de 2013

2013 PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD...

Imágenes de la fiesta en el mundo, mucha pirotecnia para celebrar el tránsito del Año Viejo al Año Nuevo.
Renovar la esperanza no está mal, confiar en la fuerza de un año flamante, tampoco.
¿Creer que lo por venir será mejor?, una cábala más... Con igual cansancio lo despediremos dentro de doce meses, con igual energía recibiremos al sucesor. Las reglas del juego de la vida: a rey muerto, rey puesto; y sin embargo, quedan años para recordar, y años para olvidar.
Que 2013 sea bueno, ¿el mejor de todos? Quizá. la alegría, las sonrisas, los innumerables click de celulares y cámaras dan cuenta de la ilusión. Estamos aquí, pasajeros fortuitos en el tren de la vida... Suficiente milagro, maravilloso. Festejemos.


La bahía de Sydney, Australia
AFP PHOTO  Greg WOODGREG WOODAFP Getty Images
fotos AP
espectáculo vertical y horizontal en el edificio más alto del mundo Burj Khalifa.en Dubai






Esta imagen en Times Square la viví en el tránsito a 1993; la energía, la vibración positiva que se sentia allí, los papelitos con leyendas escritas cayendo desde los edificios altídsimos como lluvia fina, lluvia de bienvenida. Defensas, marcas de la condición humana: ilusión, esperanza, creer que no estamos solos... Reciclar el rito, sentirnos más fuertes, casi casi dueños del tiempo...

Times Square, New York City


lunes, 24 de diciembre de 2012

Vladimir Nabokov: CUENTO DE NAVIDAD


Para los amigos cibernautas que visiten hoy, mañana y siempre mi VUELO DE NOCHE, este es mi regalo:

postal antigua. Fuente. imágenes google

 Cuento de Navidad 

Vladimir Nabokov (*)

Se hizo el silencio. La luz de la lámpara iluminaba despiadadamente el rostro mofletudo del joven Anton Golïy, vestido con la tradicional blusa rusa campesina abotonada a un lado bajo su chaqueta negra, quien, nervioso y sin mirar a nadie, se disponía a recoger del suelo las páginas de su manuscrito que había desperdigado aquí y allá mientras leía. Su mentor, el crítico de Realidad Roja, miraba el suelo mientras se palpaba los bolsillos buscando una cerilla. También el escritor Novodvortsev guardaba silencio, pero el suyo era un silencio distinto, venerable. Con sus quevedos prominentes, su frente excepcionalmente grande y dos mechones ralos colocados de través sobre la calva tratando de ocultarla, estaba sentado con los ojos cerrados como si todavía siguiera escuchando, con las piernas cruzadas sobre una mano embutida entre la rodilla y una de las lorzas de su muslo. No era la primera vez que se veía sometido a este tipo de sesiones con sedicentes novelistas rústicos, ansiosos y tristes. Y tampoco era la primera vez que había detectado en sus inmaduras narrativas, ecos -que habían pasado inadvertidos para los críticos- de sus veinticinco años de escritura, porque la historia de Golïy era un torpe refrito de uno de sus propios temas, el de El Filo, una novela corta que había compuesto lleno de esperanza y de entusiasmo, y cuya publicación el pasado año no había logrado en absoluto acrecentar su segura aunque pálida reputación.
El crítico encendió un cigarrillo. Golïy, sin alzar la vista, guardó el manuscrito en su cartera. Pero su anfitrión se mantenía en silencio, no porque no supiera cómo enjuiciar el relato, sino porque esperaba, dócil y también aburrido, que el crítico finalmente se decidiera a pronunciar las frases que él, Novodvortsev, no se atrevía ni siquiera a insinuar: que el argumento era un tema de Novodvortsev, que también procedía de Novodvortsev la imagen aquella del personaje principal, un tipo taciturno, dedicado en cuerpo y alma a su padre, un hombre trabajador, que logra una victoria psicológica sobre su adversario, el despreciable intelectual, no tanto en razón de su educación, sino gracias a una especie de serena fuerza interior. Pero el crítico encorvado en el sillón de cuero como un gran pájaro melancólico se empecinaba desesperadamente en su silencio.
Cuando Novodvortsev se dio cuenta de que una vez más no iba a oír las palabras esperadas, mientras trataba de concentrar su pensamiento en el hecho de que, después de todo, el aspirante a escritor había ido hasta él, y no hasta Neverov, para solicitar su opinión, cambió de postura, volvió a cruzar las piernas metiendo la mano entre las mismas, y dijo con toda seriedad: "Veamos", pero al observar la vena que se hinchaba en la frente de Golïy, cambió de tono y siguió hablando con voz tranquila y controlada. Dijo que la historia estaba sólidamente construida, que el poder de lo colectivo se advertía en el episodio en el que los campesinos empiezan a construir una escuela con sus propios medios; que, en la descripción del amor que Pyotr siente por Anyuta, había ciertas imperfecciones de estilo que no lograban acallar sin embargo el reclamo poderoso de la primavera y la urgencia del deseo y, mientras hablaba, no dejaba de recordar por alguna razón que había escrito a aquel crítico recientemente, para recordarle que su vigésimo quinto aniversario como escritor era en enero, pero que le rogaba categóricamente que no se organizara ninguna conmemoración, teniendo en cuenta que sus años de dedicación al sindicato todavía no habían acabado...
-En cuanto al tipo de intelectual que has creado, no acaba de ser convincente -decía-. No logras transmitir la sensación de que está condenado...
El crítico seguía sin decir nada. Era un hombre pelirrojo, enjuto y decrépito, del que se decía que estaba tuberculoso, pero que probablemente era más fuerte que un toro. Le había contestado, también por carta, que aprobaba la decisión de Novodvortsev, y allí se había acabado el asunto. Debía de haber traído a Golïy como compensación secreta... Novodvortsev se sintió de improviso tan triste -no herido, sólo triste- que dejó de hablar de pronto y empezó a limpiar las gafas con el pañuelo, dejando al descubierto unos ojos muy bondadosos.
El crítico se puso en pie.
-¿Adónde vas? Todavía es temprano -dijo Novodvorstsev, levantándose a su vez. Anton Goïly se aclaró la garganta y apretó su cartera contra el costado.
-Será un escritor, no hay duda alguna -dijo el crítico con indiferencia, vagando por el cuarto y apuñalando el aire con su cigarrillo ya acabado. Canturreaba entre dientes, con cierto tono de asperidad, se inclinó sobre la mesa de trabajo y luego se quedó un rato mirando una estantería donde una edición respetable de Das Kapital ocupaba su lugar entre un volumen gastado de Leonid Andreyev y un tomo anónimo sin encuadernar; finalmente, con el mismo paso cansino, se acercó a la ventana y abrió la cortina azul.
-Venga a verme alguna vez -decía mientras tanto Novodvortsev a Anton Golïy, que primero se inclinó a saludarle con torpeza para después erguirse como con altanería-. Cuando escriba algo nuevo, tráigamelo.
-Una buena nevada -dijo el crítico, dejando caer la cortina-. Por cierto, hoy es Nochebuena.
Y se puso a buscar distraído su sombrero y su abrigo.
-En los viejos tiempos, al llegar estas fechas tú y tus colegas hubierais estado produciendo a marchas forzadas manuscritos navideños...
-Yo no -dijo Novodvortsev.
El crítico se rió entre dientes.
-Es una lástima. Deberías escribir un cuento de Navidad. En el nuevo estilo.
Anton Golïy tosió en su pañuelo.
-En otro tiempo lo hicimos... -empezó con voz ronca, gutural, pero luego carraspeó.
-Lo digo en serio -siguió el crítico, embutiéndose en el abrigo-. Se puede inventar algo inteligente... Gracias, pero ya son...
-En otro tiempo -dijo Anton Golïy-. Lo hicimos. Un maestro. Un maestro que... Se le metió en la cabeza hacer un árbol de Navidad para los niños. En la cima. Colocó una estrella roja.
-No, eso no sirve -dijo el crítico-. Es más bien severo para un cuento. Tienes que darle un perfil más sutil. La lucha entre dos mundos diferentes. Todo ello contra un fondo nevado.
-Hay que tener cuidado con los símbolos, en términos generales -dijo sombrío Novodvortsev-. Tengo un vecino, un hombre muy recto, miembro del partido, militante activo, y sin embargo utiliza expresiones como "el Gólgota del Proletariado"...
Cuando sus huéspedes se hubieron ido se sentó en su mesa y apoyó la cabeza en su gran mano blanca. Junto al tintero había algo que parecía un vaso sencillo y cuadrado con tres plumas hincadas en una especie de caviar de bolas azules. El objeto tenía unos diez o quince años: había sobrevivido todos los tumultos, mundos enteros habían caído despedazados en torno de él, pero ni una de aquellas bolas de cristal se había roto. Eligió una pluma, dispuso una hoja de papel convenientemente, metió unas cuantas hojas más debajo de la primera para escribir sobre una superficie más blanda...
-¿Pero sobre qué? -dijo Novodvortsev en voz alta, y a continuación con el muslo hizo a un lado la silla y se puso a caminar por la habitación. En su oído izquierdo sentía un zumbido insoportable.
El canalla aquel lo dijo con toda la intención, pensó, y como si quisiera seguir los pasos del crítico fue hasta la ventana.
Tiene la pretensión de aconsejarme y de avisarme... Y ese tono de mofa... Probablemente piensa que ya he perdido toda originalidad... Pues haré un cuento de Navidad... Y entonces, él escribirá: "Estaba yo en su casa una noche y, entre una cosa y otra, se me ocurrió sugerirle: Dmitri Dmitrievich, deberías describir la lucha entre el viejo y el nuevo orden en el entorno de un nevado cuento de Navidad. Podrías llevar hasta sus últimas consecuencias el tema que apuntabas de forma tan extraordinaria en El Filo, ¿recuerdas el sueño de Tumanov? Ese es el tema al que me refiero ... Y precisamente aquella noche nació la obra que ..."
La ventana daba a un patio. No se veía la luna... No, pensándolo bien, sí que hay una especie de brillo que sale de detrás de aquella chimenea. La leña estaba apilada en el patio, cubierta con una alfombra reluciente de nieve. En una ventana resplandecía la cúpula verde de una lámpara, alguien trabajaba en su mesa, y el ábaco relucía como si sus cuentas estuvieran hechas de cristal de colores. De repente, en el más absoluto silencio, unos copos de nieve cayeron del alero del tejado. Luego, de nuevo, un torpor absoluto.
Sintió el cosquilleo de vacío que siempre presagiaba el deseo y la urgencia de escribir. En este vacío algo estaba adquiriendo forma, algo crecía. Una especie de nuevo cuento de Navidad... La misma nieve de siempre, un conflicto totalmente nuevo...
Oyó unos pasos cautelosos al otro lado de la pared. Era su vecino que volvía a casa, un tipo discreto y educado, comunista hasta la médula. En una suerte de arrebato más o menos abstracto, con una deliciosa sensación de confianza, Novodvortsev se volvió a sentar a la mesa. El tono, la coloratura de la obra ya empezaban a tomar cuerpo. Sólo tenía que crear el esqueleto, el tema. Un árbol de Navidad: ése era el comienzo. Se imaginó ciertas familias, gente que en los viejos tiempos había sido importante, gente que estaba aterrorizada, de mal humor, condenada (se los imaginaba con tanta nitidez ...), gente que con toda seguridad estaba ahora mismo colocando adornos de papel en un abeto que habían cortado a hurtadillas en el bosque. En estos tiempos ya no había dónde comprar aquellos adornos y oropeles, ya no se apilaban los abetos a la sombra de San Isaac...
Alguien llamó a la puerta, un golpe amortiguado, como si se hubiera cubierto los nudillos con un trozo de tela. La puerta se abrió unos centímetros. Delicadamente, sin apenas meter la cabeza, el vecino le dijo: "¿Le importaría prestarme una pluma? Si tiene alguna con la punta un poco roma, se lo agradeceré".
Novodvortsev se la dio.
-Muchísimas gracias -dijo el vecino, cerrando la puerta silenciosamente.
Aquella interrupción insignificante rompió en cierta manera la imagen que estaba madurando en su mente. Se acordó que en El Filo Tumanov sentía cierta nostalgia por la pompa de las antiguas fiestas. Pero no buscaba ni quería una mera repetición. Y en aquel momento pasó por su mente otro recuerdo inoportuno. Recientemente, en una fiesta, había oído cómo una joven le decía a su marido: "Te pareces mucho a Tumanov en varios aspectos". Durante unos días se sintió feliz. Pero luego conoció personalmente a la citada señora y el tal Tumanov resultó ser el novio de su hermana. Y tampoco ésa había sido su primera desilusión. Un crítico le había dicho que iba a escribir un artículo sobre tumanovismo. Había algo que le adulaba infinitamente en ese ismo y también en la t con la que la palabra comenzaba en ruso. El crítico, sin embargo, se había ido al Cáucaso a estudiar a los poetas georgianos. Y, a pesar de todo, no podía negar que Tumanov le había proporcionado ciertos momentos agradables. Por ejemplo, una lista como la siguiente: "Gorky, Novodvortserv, Chirikov..."
En una autobiografía que acompañaba sus obras completas (seis volúmenes con retrato del autor incluido) había contado cómo él, hijo de padres humildes, se había abierto camino en el mundo. Su juventud, en realidad, había sido feliz. Un vigor saludable, fe, éxito. Habían transcurrido veinticinco años desde que una aburrida revista literaria publicara su primer relato.
A Korolenko le había gustado su obra. Había sido arrestado un par de veces. Habían cerrado un periódico por su culpa. Ahora sus aspiraciones cívicas se habían visto cumplidas. Se sentía libre y cómodo entre los escritores jóvenes que empezaban. Su nueva vida le satisfacía al máximo. Seis volúmenes. Su nombre era conocido. Y sin embargo su fama era pálida, pálida...
Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían transcurrido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles...
Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos... Pero ahí no había ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil... Exiliados que lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía abofetear a sus soldados... Pensó entonces en un general que había conocido personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad...
"Pero, con todo, ahora voy por buen camino." Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su imaginación -una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles. Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada...
Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.
"El insolente árbol de Navidad -escribió Novodyortsev- ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris." 

  
(*) Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo, Rusia, en 1899, pero sus inquietudes personales lo
llevaron por Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.  En Estados Unidos inició su brillante carrera como poeta, novelista, crítico y traductor.  En 1961 se trasladó a Suiza, donde murió, en 1977.
El presente relato integra la edición Cuentos completos, de Alfaguara.

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