OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

lunes, 17 de febrero de 2014

Comentario de Patricia Severín, sobre "Colección de arena"


COLECCIÓN DE ARENA


Relatos, cuentos, bellamente tallados con la palabra, al igual que un escultor cuando empuña su buril. 
Despliegue de detalles ínfimos que van haciendo senderos, donde la anécdota se transforma en una grieta que cala en profundidad. 
Cielos y telones, muñecas, cumpleaños y abedules. Y entre todos ellos, el vestido de moaré, signo inequívoco de la época, trabajado desde lo cotidiano con diálogos despojados y precisos, en perfecta sintonia con la historia narrada y con sus protagonistas, encabalgados en la acción dentro de ese auto bajo la tormenta (tormenta que es símbolo de todas las tormentas, personales y sociales).

Patricia Severín
Santa Fe - Argentina

 
http://www.severinlopezseverin.com.ar/blog/


 

jueves, 13 de febrero de 2014

Un cuento inédito de Andrea Benavídez (*)



René Magritte, La voix du sang, 1961

   
 Viaje al fondo del árbol
© Andrea Benavídez (San Juan, Argentina)

a  Ceci-li.

Indicaciones de lectura: este cuento puede ser leído de arriba hacia abajo o al revés, teniendo en cuenta los párrafos como unidad de lectura, atentamente, la autora.

Siempre es más fácil fundirse con un árbol solo que con todo un bosque. Tu rara costumbre de comerte las uñas te ha llevado a un viaje irracional por las comisuras de la mesa de madera. La lámpara que primero estuvo encendida y luego quién sabe cómo ni por qué se apagó, anunció el inicio de un fantástico viaje que te llevó desde las puntas de las ramas que tantas veces escudriñamos hacia un fragmento de la tierra bajo tus pies.
Claro que todo hubiera sido imposible si la superficie no hubiera cedido como lo hizo; pero las cosas fueron cambiando desde que entraste por el pequeño ojo de la madera del árbol; para ver qué pasa, dijiste. Y desde allí dentro guiñaste el otro ojo en señal de ocultamiento. Te fuiste deslizando por la savia en el interior de la rama; quién sabe hasta dónde te habrás corrido de la línea visual.
Todo se movía con el ir y venir del viento que aún no llegaba, pero que podía presentirse cercano. Nada hubiera sido tan fácil como salirte y hacer lo mismo de antes, lo mismo que todos y lo de siempre, por el lado de fuera, claro. Pero no, tu aliento vital insistió en que era preciso recorrer el lado de adentro…; entonces, como muchos creyeron, te dejaste ir por el hueco sublime de las esperanzas.
Desde entonces te hemos perdido, sólo parcialmente, algo de tu eco quedó andando entre nosotros y desde ese poquito de humanidad que nos has dejado intuimos las quimeras por las que vas vagabundeando. Bajaste a la parte troncal del sentido abandonando los ayeres, que fueron tantos y tan densos que ya casi vale la pena olvidarlos. Otros los hubieran dejado de lado sin ningún argumento contradictorio, pero vos no, porque te da por acordarte de todo. De los detalles no, casi nunca, pero si hay una lámpara y un fuego encendido, te acordás de todo y lo rememorás despacio como para crearlo de nuevo y hacerte un lío.
A la hora de bañarte todo se te mezcla y querés decir antes y decís ahora. Querés decir cuando los años han pasado y decís pronto pasará de nuevo. Te da vértigo que las cosas se circulen y te dejen dentro de la argolla. No te molesta tanto estar atrapada como ser un punto fijo. Te molesta muchísimo estar fijada a un centro. Concentrás toda tu atención en descentrarte para poder así bajar por el árbol; porque si no, pensás en voz baja, va a ser un poco difícil lograrlo.
Los ecos que llegan desde tu aurora advierten que el olor a tierra mojada te llena de cangrejos los ojos y te enciende las papilas. Ahora mismo te comerías todas las recetas de los postres de chocolate checos. El hundimiento está cerca, pero eso es una realidad sólo para tus dedillos; para todos nosotros es un misterio que no desentrañamos, que ni siquiera sospechamos. Llegás más seguido que cualquiera de nosotros porque, como el árbol, tu costra tiene muchas facetas y sólo vos sabés deslizarte de esa manerita por dentro de ellas.
Es casi imposible mirarte desde el espejismo que nos has dejado, en cambio igual te sabemos. Sabemos que has enviado un centenar de enanitos del bosque para que se concilien con tu ausencia, que ahora es tan repetitiva. Otros contarían en años, en meses, en cicatrices; en cambio a tus historias las enumeras en piedras.
Esta piedra, decís, apoyada a la mesa mientras la acariciás como si tuvieras en las manos a una tortuga, la encontré el día de la vigilia amarilla; esta otra la trajo el viento y me pegó una cachetadita en la cara, la guardé para recordar las lágrimas que ese día fueron vertidas. De algunas de las piedras no has querido fundar palabras, sólo has puesto un tango medio tristón y te has dedicado a mirar por una ventana.
Has servido todos los sonidos en una copa de vino y tomás despacio para que no se note que de a ratos algo te envenena las ganas de quedarte quieta.
La tierra te tiene lleno el vientre de culebras. Algo te hace cosquillas cuando serpentea. Una antigua serpiente te ha mandado un correo postal donde te hereda la ceguera que antes era de ella. Como estás tan confundida no usás a las palabras para nada.
Ya no hay luna, ni soles, ni cielitos lindos porque debajo de la tierra todo tiene una iluminación desconcertante. Optás por la penumbra igual que en la superficie, igual que la serpiente; aunque bajar hasta las capas geológicas te suena peligroso y por eso las dudas inciden en tus decisiones. Los ruidos se agudizan de pronto y no decís que eso da miedo ni que fumarías un cigarrillo en este preciso momento si lo tuvieras. No decís nada porque el silencio te aporta más musicalidad que el misterio de apalabrarte las sombras.
Encendés una estrellita de los fuegos artificiales y seguís tramando el descenso, mientras duran los fulgores de la luz intermitente. No sabemos casi nada de tus exploraciones: que vas a recorrer el mundo has dicho, pero por el lado de adentro has dicho y todos nos hemos quedado imaginando la ruta, disponiendo el equipaje que no te vas a llevar porque, según tus ideas, bajo la tierra siempre hace frío y con un sobretodo alcanza.
Antes de irte la lucificción de tus ojos le ha pegado una tarjeta muy prolija a la hoja de tu cuaderno y la lista de la compra ahora es una pequeña obra de arte digna de la Casa Foa. Has dicho yo y yo y yo y yo de un tirón para que suene bonito y después has juntado toda esa melodía dentro de un pocillo de café que terminarás por no beberte… hoy tampoco. Una sensación minuciosa viene de la pensadería y balbuceás cosas: que cuando has creído llegar por fin a la última capa geológica te has dado cuenta que aquello sólo era el principio.
De un momento a otro has cambiado el instrumento, has dejado el lápiz y has tomado las gubias y luego los cuchillos y luego las agujas y luego los pinceles, para limpiar las capas de tu piel rejuvenecida hasta ahora desconocida.
Los lugareños cuentan cosas que son casi verdad, pero también cuentan cómo de pronto llega el viento que todo lo transforma. ¿Volver desde el fondo de un árbol…? No, no es sencillo, nadie lo dice, es uno de esos tanto secretos que circulan por lo bajo.
Te has aferrado a los principios.
Te ves cerca pero no llegás todavía.
Te has venido a un frondoso paisaje que te mantiene preñada.
Te has sedimentado tanto que para narrarte hay que raspar un poco.
Te has metido la mano dentro de la boca y te has jalado por el revés del interior de los talones hasta darte la vuelta.

LOBRA NU ED ODNOF LA EJAIV
                                    
Te has aferrado a los principios.
Te ves cerca pero no llegás todavía.
Te has venido a un frondoso paisaje que te mantiene preñada.
Te has sedimentado tanto que para narrarte hay que raspar un poco.
Te has metido la mano dentro de la boca y te has jalado por el revés del interior de los talones hasta darte la vuelta.

Los lugareños cuentan cosas que son casi verdad, pero también cuentan cómo de pronto llega el viento que todo lo transforma. Volver desde el fondo de un árbol…, no es sencillo, nadie lo dice, es uno de esos tanto secretos que circulan por lo bajo. De un momento a otro has cambiado el instrumento, has dejado el lápiz y has tomado las gubias y luego los cuchillos y luego las agujas y luego los pinceles para limpiar las capas de tu piel rejuvenecida hasta ahora desconocida.
Antes de irte la lucificción de tus ojos le ha pegado una tarjeta muy prolija a la hoja de tu cuaderno y la lista de la compra ahora es una pequeña obra de arte digna de la Casa FOA. Has dicho yo y yo y yo y yo de un tirón para que suene bonito y después has juntado toda esa melodía dentro de un pocillo de café que terminarás por no beberte hoy tampoco. Una sensación minuciosa viene de la pensadería y balbuceás cosas: que cuando has creído llegar por fin a la última capa geológica te has dado cuenta que aquello sólo era el principio.
Encendés una estrellita de los fuegos artificiales y seguís tramando el descenso, mientras duran los fulgores de la luz intermitente. No sabemos casi nada de tus exploraciones: que vas a recorrer el mundo has dicho, pero por el lado de adentro y todos nos hemos quedado imaginando la ruta, disponiendo el equipaje que no te vas a llevar porque, según tus ideas, bajo la tierra siempre hace frío y con un sobretodo alcanza.
Ya no hay luna ni soles ni cielitos lindos porque debajo de la tierra todo tiene una iluminación desconcertante. Optás por la penumbra igual que en la superficie, igual que la serpiente; aunque bajar hasta las capas geológicas te suena peligroso y por eso las dudas inciden en tus decisiones. Los ruidos se agudizan de pronto y no decís que eso da miedo ni que fumarías un cigarrillo en este preciso momento si lo tuvieras. No decís nada porque el silencio te aporta más musicalidad que el misterio de apalabrarte las sombras.
La tierra te tiene lleno el vientre de culebras. Algo te hace cosquillas cuando serpentea. Una antigua serpiente te ha mando un correo postal donde te hereda la ceguera que antes era de ella. Como estás tan confundida no usás a las palabras para nada.
Has servido todos los sonidos en una copa de vino y tomás despacio para que no se note que de a ratos algo te envenena las ganas de quedarte quieta.
Esta piedra, decís, apoyada a la mesa mientras la acariciás como si tuvieras en las manos a una tortuga, la encontré el día de la vigilia amarilla; esta otra la trajo el viento y me pegó una cachetadita en la cara, la guardé para recordar las lágrimas que ese día fueron vertidas. De algunas de las piedras no has querido fundar palabras, sólo has puesto un tango medio tristón y te has dedicado a mirar por una ventana.
Es casi imposible mirarte desde el espejismo que nos has dejado, en cambio igual te sabemos. Sabemos que has enviado un centenar de enanitos del bosque para que se concilien con tu ausencia, que ahora es tan repetitiva. Otros contarían en años en meses en cicatrices; en cambio a tus historias las enumeras en piedras.
Los ecos que llegan desde tu aurora advierten que el olor a tierra mojada te llena de cangrejos los ojos y te enciende las papilas. Ahora mismo te comerías todas las recetas de los postres de chocolate checos.
El hundimiento está cerca, pero eso es una realidad sólo para tus dedillos; para todos nosotros es un misterio que no desentrañamos, que ni siquiera sospechamos. Llegás más seguido que cualquiera de nosotros porque, como el árbol, tu costra tiene muchas facetas y sólo vos sabés deslizarte de esa manerita por dentro de ellas.
A la hora de bañarte todo se te mezcla y quieres decir antes y decís ahora. Quieres decir cuando los años han pasado y decís pronto pasará de nuevo. Te da vértigo que las cosas se circulen y te dejen dentro de la argolla. No te molesta tanto estar atrapada como ser un punto fijo. Te molesta muchísimo estar fijada a un centro. Concentrás toda tu atención en descentrarte para poder así bajar por el árbol; porque si no, pensás en voz baja, va a ser un poco difícil lograrlo.
Desde entonces te hemos perdido, sólo parcialmente, algo de tu eco quedó andando entre nosotros y desde ese poquito de humanidad que nos has dejado intuimos las quimeras por las que vas vagabundeando.
 Bajaste a la parte troncal del sentido abandonando los ayeres, que fueron tantos y tan densos que ya casi vale la pena olvidarlos. Otros los hubieran dejado de lado sin ningún argumento contradictorio, pero vos no, porque te da por acordarte de todo. De los detalles no, casi nunca, pero si hay una lámpara y un fuego encendido, te acordás de todo y lo rememorás despacio como para crearlo de nuevo y hacerte un lío.
Todo se movía con el ir y venir del viento que aún no llegaba pero que podía presentirse cercano. Nada hubiera sido tan fácil como salirte y hacer lo mismo de antes, lo mismo que todos y lo de siempre, por el lado de fuera, claro. Pero no, tu aliento vital insistió en que era preciso recorrer el lado de adentro…; entonces, como muchos creyeron, te dejaste ir por el hueco sublime de las esperanzas.
Claro que todo hubiera sido imposible si la superficie no hubiera cedido como lo hizo; pero las cosas fueron cambiando desde que entraste por el pequeño ojo de la madera del árbol; para ver qué pasa, dijiste. Y desde allí dentro guiñaste un ojo en señal de ocultamiento. Te fuiste deslizando por la savia en el interior de la rama; quién sabe hasta dónde te habrás corrido de la línea visual.
Siempre es más fácil fundirse con un árbol solo que con todo un bosque. Tu rara costumbre de comerte las uñas te ha llevado a un viaje irracional por las comisuras de la mesa de madera. La lámpara que primero estuvo encendida y luego quién sabe cómo ni por qué se apagó, anunció el inicio de un fantástico viaje que te llevó, desde las puntas de las ramas que tantas veces escudriñamos, hacia un fragmento de la tierra  bajo tus pies. 


(*) Andrea Benavídez (1976), nació en San Juan-Argentina. Es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de San Juan, Máster en Pensamiento Contemporáneo  y  Dra. En Estudios Literarios por la Universidad de Alicante. Es docente de la UNSJ y escritora. Escribe narrativa corta y ha publicado varios cuentos en revistas y blogs especializados de literatura en USA, México, Puerto Rico y España.

 

viernes, 31 de enero de 2014

IRMA VEROLIN: "LA ESPESURA DEL LENGUAJE" (RESEÑA SOBRE "Colección de arena")


 

 


Muchas gracias a Irma Verolin, quien desde la singularidad de su mirada escribió una reseña sobre mi libro de cuentos "Colección de arena". Leer en:

 

ESPIRAL DE SARASWATI

 (http://espiraldesaraswati.blogspot.com.ar/)

 


                                    Enlace: 

http://espiraldesaraswati.blogspot.com.ar/2014/01/marta-ortiz-coleccion-de-arena.html?spref=fb

 






miércoles, 22 de enero de 2014

CRISTINA MARTÍN: "No sólo de pan vive la mujer"

Cristina Martín, No sólo de pan vive la mujer, Ciudad Gótica, Rosario, 2013.     






 






















Anotado al margen de: No sólo de pan vive la mujer


por Marta Ortiz

 
Coherente con su formación de narradora oral (entre otras valiosas etiquetas logradas), Cristina Martín inscribe su escritura poética en el tronco milenario de la poesía oral: “Me gusta la poesía oral, la que se dice, se lee, se escucha con voz sincera, sin impostaciones ni muecas. La que no cae bajo el dominio de la razón, que sabe poco o nada de normativas, estéticas y vanguardias. […] Algo parecido a la poesía de la antigua Grecia que no estaba preparada para ser leída, sí para ser actuada. La poesía del romancero español…”. En síntesis, la poesía de su abuela canaria Ángela que llegó a Buenos Aires en 1907, canciones y coplas que aún resuenan en la memoria de la poeta.

Declarada su raíz popular, el poemario se despliega en XIII apartados breves precedidos de un epígrafe que funciona como largo poema-tronco de cuyas estrofas se desprenden a su vez los poemas como ramas que dan cuerpo al libro. 

Poesía cotidiana que expresa como en un gran patchwork, los retazos de la vida diaria de una poeta que vive de pan (en el país de todos los días), pero también de muchas otras cosas: de la imaginación, de la poesía que lleva consigo materializada en el así llamado “cuaderno de poesía”; de las relaciones humanas, del paisaje que la rodea. Hay un pasado que brilla en la tibieza del recuerdo, que convive con el ansia de otras vestimentas, de pájaros nuevos: el devenir y las variadas figuras que adopta. 

La poesía transgrede cualquier frontera, o, mejor dicho, no hay fronteras porque las ha sobrepasado a todas. Aquí conviven ángeles, personas, pájaros, el día, la noche, y una toponimia que se repite a lo largo del texto, los bares, o espacios-refugio donde la poeta se detiene, observa y escribe. Bares concretos, calles reconocibles: 9 de julio y Alem,  el  bar de Oroño al 300, el bar La Poesía, de San Telmo y la calle Chile del mismo barrio porteño, sin olvidar el siempre a mano “bar de siempre”.

El ritmo es el que filtró la copla en la memoria de infancia, y de allí, todas las variantes posibles. Un libro para decir o para leer y escuchar con deleite.  Tramada en la matriz que moldeó el eco de voces nuevas y antiguas, simple y sabia en lo aprendido, deviene, en la poesía de Cristina Martín, la trama de la vida, poesía que es alimento sencillo como el pan, pero también el entretejido de los sueños incumplidos, las obsesiones, el amor, las muerte, el arte, la poesía y el silencio. 


“No sólo de pan vive la mujer” 
(cuatro poemas )


respirar el tiempo de las cosas
hasta llegar a la cosa misma
y sus opuestos
vislumbrar la noche
aspirando sus sombras más sutiles
para llegar a la luz
a su brillo inesperado
acunar el sueño
de los niños
de los pájaros
de los mares tumultuosos
entrar en una vigilia
miradora y silenciosa
llamar a la mañana
de primeros soles
con el ojo insistente del llamado
trascenderla en sus puntos luminosos
y esperar la oscuridad
desprovista de los miedos de la noche
saber que cada cosa cada instante
es eso y su otro
mientras quedamos
en el centro de nosotros




las golondrinas
migran en grupos
de una primavera
a otra
por espacios infinitos
no reconocibles
por el ojo humano

el ojo humano
en cambio
se queda mirando el dedo
que señala la luna
como lo cuenta
la leyenda milenaria




no hay frontera
entre la piel y las vísceras
entre el cuerpo y el alma
el ayer y el hoy

hay nubes informes
inquietantes nubes
que se mecen
en las mixturas
de la vida
sin pedir información
a la voz de la inteligencia
a los intrépidos huesos
ni siquiera
al engañoso grito de la ilusión




llegar y no permanecer
como las cosas diarias
al país de todos los días
a la compra del pan
y la lechuga
a la casa de Manuel
a los nadies
         a los todos
que la habitan
        y la deshabitan
por el permanente
seguir andando
hasta llegar quién sabe dónde
        ni cuándo

trasponer viejas herrumbres
arribar a los umbrales de lo leve
donde todo transita
en devenir de polvo
sin tiempo
sin espacio
        sin consistencia


Cristina Martín nació en Firmat y reside en Rosario. Profesora de Castellano, Literatura y Latín y magister en Literatura para Niños y Jóvenes por la U.N.R. y narradora oral formada en la escuela de Ana María Bovo. De profusa labor docente, dicta Seminarios y Talleres acerca de su especialidad. Premio Fantasía (Bs Aires) por su libro de poemas para niños Versos y reversos (Libros del Quirquincho, Bs As, 1996), que integró la lista de honor de ALIJA en 1997. En 2010 publicó su primer libro de poemas para adultos: Tres décadas (Alción, Córdoba).