Decapitadas
Abordé la plaza Pringles por el ángulo Norte. El objetivo era cortar
camino, eludir el mundo cemento exterior a la isla verde. Mis pies siguieron el
diseño peatonal que dibujaba una cruz; el resto eran macizos, arbustos, matas,
alguna flor y árboles altísimos que incluían palmeras.
“Palmeras en el exilio” –la frase se presentó sin aviso, pura asociación
espontánea y mi memoria lectora no tardó en reconocer que se la debía a John
Cheever‒, frase leída y
nunca olvidada: nada más
extranjero por estas pampas que la tropicalidad de una palmera, condición que no parece incomodar a
los paisajistas: ellos insisten en incrustarlas, entre otros enclaves dilectos,
en los centros comerciales apuntando a una cúpula vidriada, cortando con sus
troncos curvos la obsesiva simetría de los patios de comidas y otras delicias
por el estilo. No tardé en sumar visiones: el paseo central de un boulevard, el
vértice de puntuales piletas de natación ‒rodeada de petunias la base del
tronco, por ejemplo‒.
Las palmeras en la diáspora invadieron mi pensamiento y también la más rasa
materialidad: podía tocarlas, a un lado y otro ‒mi
naturaleza hiperbólica
las multiplicaba‒, y todo sucedía camino a la fuente, núcleo del rectángulo verde y fresco que tanto me
atraía, en
un lapso de tiempo crucial, momento en que me embistió la visión de la primera
estatua decapitada. ¿Habré visto mal? Aquí todo se traspapela, las palmeras
tienen el talle fino y cabeza voluminosa, en tanto que la estatua de piedra ‒posiblemente
una campesina, una pastora, algo bucólico se recrea en ese cuerpo
adolescente‒, se presenta literalmente
descabezada.
De lejos veo todo fuera de foco. O doble, debido a mi astigmatismo; pero me
puse los lentes y comprobé que no se trataba de una deformidad astigmática, la
estatua era simplemente lo que yo veía: un cuerpo mutilado. Sobre su cuello
roto, un casalito de gorriones hiperactivos picoteaba insectos.
En un rápido giro de mi propia cabeza ‒la
sentí
firme, bien pegada al tronco‒ registré, en el cantero simétrico, una segunda escultura en
iguales condiciones. Otro cuerpo femenino, a medias vestido, también bucólico,
también inconcluso. Fue demasiado, todo se fundió en alucinación y lipotimia.
La plaza y yo caímos en una especie de giro desbocado, como de calesita sin
freno; y ese girar enloquecido gritaba “¡ojo!, peligro solapado”, lo intuí. Mi
mente dibujó una guillotina, otra asociación espontánea. María Antonieta
perdía, junto a muchas otras testas, la suya coronada. Pero bien sabía yo que
eso había sucedido en otro tiempo, en geografías ajenas a mi país sudamericano,
propenso a toda clase de ferocidades pero nunca adicto a la guillotina. Y
entonces, ¿por qué y cómo las estatuas habían perdido sus cabezas? ¿Obra de un
psicópata? ¿De un coleccionista? ¿De un practicante de tiro al blanco? ¿Olvido
del guardián de turno? ¿Existe el guardaplaza como existe el guardabosque?
Ninguna placa explicativa. Las cosas son así, y punto.
Hice un esfuerzo para recordar adónde iba cuando abordé la plaza, había
perdido la brújula, no sabía cómo salir de allí. Algo fuerte me adosaba al
piso, oscuramente percibía que esos cuerpos de piedra encerraban una partecita
de mí. En alguna medida, en algún punto. No porque me sintiera “probable nueva
víctima” como si las estatuas fuesen mis espejos, tengo clarísimo que no lo
son.
Suelo viajar muy lejos con mis pensamientos, itinerarios poco menos que
siderales. La consigna es evadirme del lastre de mi cabeza programada,
demasiado pensante, un vicio arraigado. Llenarla de flores, si eso fuera
posible, o de dragones celestes o de sistemas planetarios con tal de no dejarla
pensar. Todo es azaroso en el arte de la fuga. Pero esa mañana en la plaza
Pringles no hubo dragones, ni flores, ni planetas. Fue un recurso más simple y
espontáneo: me atrajo el tumulto de carreritas como de pequeños trípodes
provistos de uñas diminutas; un piar desenfrenado en los cuellos escoriados de
las estatuas. Como si mirara por un espejo retrovisor y reconociera la
procedencia: “tenés pajaritos en la cabeza”: las oí claritas, a las palabras ‒no por
antiguas menos familiares, palabras tatuadas‒;
sonaron nítidas.
La afirmación tenía su lógica: mi propensión a perderme en las honduras que
los libros me proponían, a
enredarme vaya a saber en qué
laberintos, en qué
paisajes, en qué
ideas: “pero
querida ¿dónde tenés la cabeza?, ¡bajá de la
palmera!”, cola de frase favorita, más enfática si la inmersión se daba en las
tramas de las novelas inglesas del siglo XIX, óptimo si leía poesía. Romántica
¿qué otra cosa? (Y desde un ignoto pasillo del pasado la palmera venía a mí,
nada es casual, nada…). Amén de los tornillos que periódicamente debía ajustar
porque se oxidaban o se aflojaban y los perdía y así no iba a llegar a ninguna
parte. ¿Qué parte sería esa? ¿Habrán llegado mis censores a ese puerto deseado?
Ahora que mi atención se concentra en la gracia triste de estos cuerpos que
parecen ausentes, como desraizados, desprendidos de todo entorno, estoy a punto
de descifrar un doble misterio. Intuyo que una fuerza sujeta al azar me trajo
hasta acá.
Muchas veces mis pájaros partieron, muchas veces volvieron, lo que podría
interpretarse como una huida restringida de esos tiernos bollitos de plumas que
anidan en mi pelo y aún más adentro, debajo del cuero cabelludo, tejiendo nidos
entre neurona y neurona. Camino la vida con mi loco jardín en altura (hostel
exclusivo para especies voladoras).
El cielo se abría paso entre los árboles. Cielo claro: espejo de plumas;
sostén de nidos. Esa tarde la plaza fue “mi lugar en el mundo”. Me sentí a
salvo en medio de ese dédalo donde me había extraviado para dejarme ser, para
perder la cabeza, porque allí sí es lícito perderla y nadie cuestiona
inutilidades. Nadie cuestiona nada, tampoco la desaparición de las que se
tallaron en la piedra ausente. Me sentí libre del peso del pensamiento, ese
obsesivo que ata y desata sin misericordia las rutinas que insisten en la
equívoca idea de anclarme al mundo previsible.
Conectada a la algarabía de mis pájaros, no advertí que la plaza se había
llenado de chicos. Su maestra explicaba los contenidos curriculares convenidos,
diría mejor, los rumiaba, como al borde del ataque de nervios. Fue una visión
contundente, homologada por todas esas cabecitas bien atornilladas al tronco
correspondiente. Me devolvió sin prólogo al Mundo Real.
Miré la hora. Se había levantado un viento molesto, esperable en el corazón
de ese otoño inestable.
En un gesto maquinal, de autoprotección, me ajusté el pañuelo que llevaba
anudado al cuello. Fue un guiño mínimo y me detuvo en seco porque fue obvio.
Saturado de significación, subrayó mis latidos arrítmicos.
Agradecí en silencio. Supe que
ninguna parte de mí había sido cooptada, pese a las amenazas lindantes. El
pañuelo de seda ‒sutil sutura‒, era
la gran prueba al canto. Encastrado al resto del cuerpo, mi jardín en altura alborotaba intacto.
Como una bandera que acusara una concepción del mundo ‒imperceptible
para los exentos de altas pajareras, música encantada para mí, para los portadores como yo‒, mis
huéspedes
emplumados cantaron en libertad.
(Tomado de: En el borde, Alción Editora, Córdoba 2023)


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