OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

miércoles, 28 de febrero de 2024

CELIA FONTÁN,: LA GUERRA EN LOS JARDINES



Mi reseña a La guerra en los jardines de Celia Fontán, publicada el 1/12/23 en El Mirador provinacial de Santa Fe, suplemento del diario Clarín:


 

 

Texto completo:

Un aire a secreta nostalgia

©Marta Ortiz

Fontán, Celia, La guerra en Los jardines (La mariposa y la Iguana, Buenos Aires, 2023)

 

Anteponiendo los prefijos micro o mini o nano a los sustantivos relato, cuento o ficción (y otras variantes discursivas), ríos de tinta corrrieron entre teóricos y amantes del género brevísimo, tratando de dar con una etiqueta que englobe sus modalidades. Misión imposible, como suele ocurrir cuando de encorsetar la escritura literaria se trata.

Celia me dijo en una oportunidad: “yo no sé si alguna vez me propuse escribir un microrrelato, creo que nunca; para mí son textos que aparecen y piden decirse en formatos breves atravesados por la ficción”.

No soy adicta a  las etiquetas ni intento definir un género que cuenta con múltiples aproximaciones. Elijo la claridad de una imagen como la que tomé de una entrevista a Esther Andradi, escritora santafesina residente en Berlín: “Es el árbol que no se va por las ramas, la hoja para leer el bosque”. Sigo estas palabras y suscribo: los “textos” de Celia son ficciones mínimas donde nada sobra ni falta, donde lo no dicho puede ser estruendo y el impacto de su lectura, asombroso y perdurable; en La guerra en los jardines, cada relato es la “hoja del árbol” que permite leer el bosque, abordar situaciones cotidianas o fantásticas, naturalmente subordinadas al sello, al tono, a la estética dominante en los libros de poesía de su autora y, más cercano en el tiempo y en el género, a su Herbarium, publicado también por editorial La Mariposa y la Iguana, libro de ficciones breves que despliega, al modo de los naturalistas de los siglo XVII-XVIII, un mundo para ellos desconocido, un herbario de rarezas.

El epígrafe inicial  ‒tomado de la escritora Alicia Kozameh‒, esboza una teoría de la percepción de aquello que se presenta como origen o germen textual: “se perciben formas”, “un mínimo movimiento, una especie de balanceo”; palabras que claramente asociamos a la mirada de Celia, quien recoge esas mínimas percepciones para transformarlas luego en textos a veces misteriosos o irreales o absurdos en el intento de recomponer un recuerdo, un desenlace que no es tal, el retazo, lo inconcluso, lo incómodo.

Si bien muchos relatos conectan metafóricamente a situaciones palpables, también leemos anomalías, curiosidades. La presencia de animales entretejidos a un micromundo de hilos temáticos que compendian la vida en buena parte de su variedad y complejidad, expone un pequeño bestiario: elefantes soñados que son tierra, un hombre lobo que se parece a un caballo viejo, el búho de los campanarios al que no importa tanto ver sino ser visto por él; el caballo blanco que salta a una calle céntrica desde las páginas de un libro de cuentos infantiles; sirenas emergiendo en las orillas de  arroyos o riachos más afines a nuestra geografía local que a la épica grandiosa que las vio nacer en nuestra literatura occidental; un animalito no identificado que late en la palma de la narradora, el quetzal solo visible en la fotografía de quien lo mira, lombrices enroscadas en los patios; gallinas, ocasionales compañeras de juego de quien narra. Todas estas ficciones construyen un mínimo catálogo con anclajes ciertos en la realidad, deconstrucción de mitos y desenlaces en su mayoría inesperados. Leyéndolos, mi memoria lectora actualizó un acápite leído hace tiempo en Los animales salvajes, libro de cuentos de Griselda Gambaro publicado en 2006, que dice así: “No haber nacido animal, es una de mis secretas nostalgias”, tomado de Agua viva, de Clarice Lispector. Por yuxtaposición, por ósmosis ‒quién puede saberlo‒, el acápite que Celia elige para “Las gallinas”, también pertenece a Lispector: “…pues el olor de la gallina viva no es cosa de broma”. Y en los nudos de dicha trama de lecturas y escrituras, volví a respirar ese aire de añoranza de un reino animal remoto que nos precede, ya respirado en la lectura del libro de Gambaro. Dice Celia: “No acostumbro a contar que me crié entre gallinas, menos aún que las extraño”. Así comienza. Y en la misma línea, concluye: “Aun hoy, después de tantos años, suelo sentir ese leve cloqueo de las aves en su acomodamiento nocturno […] y me dejo envolver por el olor tibio de sus plumas”. No hace falta decirlo porque lo sentimos, es la poeta quien ‒sumadas a la nostalgia explícita‒, bosqueja esas imágenes sensoriales que sin escalas remiten al pulso de la poesía.

Y si de brevísimos catálogos hablamos, se ofrece también el de los jardines. Una suerte de jardín de invierno crecido en la frágil memoria de los internos en un geriátrico, momentos de “…alegría ligera, parecida a la que provoca una copa de licor”, se dice.  Un segundo jardín  se cubre de nieve en la memoria de la exiliada aun cuando ese jardín perdido se ubica en una ciudad donde la nieve es solo un deseo o un recuerdo fugaz. El tercero relata una guerra entre bandos infantiles a la hora de la siesta, hora emblemática del escape de los niños a la vigilancia de los durmientes adultos. “La guerra en los jardines”: único texto que por su extensión excede a la etiqueta del microrrelato. Imposible no volver a las secretas nostalgias que sobrevuelan estas páginas, aterric sin escalas a mi infancia, tiempo en que los jardines y huertas de las casas vecinas sobre todo en los barrios, estaban separados por alambrados fáciles de saltar, alguna rotura o agujero lo facilitaba; tiempo en el que la atención de chicos y chicas no estaba centrada en celulares, no existía internet, no había plataformas, apenas algunos televisores en blanco y negro. Un jardín donde los juegos y rituales de infancia más o menos crueles, se inventaban en el momento.  

Entre realidad e irrealidad hay una delgada línea que Celia sortea con naturalidad; el tránsito sutil  de la lucidez a la alucinación, el deslizarse sin preámbulo a la lógica disparatada del sueño, tal como ocurre en “Los disfraces”. Y en esta línea caben también esos misteriosos y sueños de raíz literaria con trenes rusos que indirectamente nos remiten a Tolstoi, a su muerte en una estación de ferrocarril, a  un país, Rusia, del cual se dice que está hecho “a la medida de los trenes, una estética fundada en el contraste entre la oscuridad de las locomotoras y el resplandor de las estepas”. La imagen es de raíz literaria y cinematográfica (no en vano se nombra el crudo contraste entre los blancos y negros que lograba Eisenstein en la edición de sus películas). En la urdimbre de palabras que describen el sueño del personaje que se derrumba en un vagón (ha empezado a nevar como en Rusia) y alucina la imagen de su padre envuelto en un capote, es posible leer un parentesco no solo con Tolstoi o con Gógol (El capote), sino también con Dahlman, el personaje de Borges que escapa en tren hacia el Sur, alucinando para sí una muerte heroica a la que está muy lejos de acceder.

 Recapitulando entonces, además de un bestiario y jardines vistos desde diferentes ángulos con diferentes brillos, encontramos las formas de las emociones, anécdotas simples, recuerdos que rozan lo inmaterial. Hay, por sobre todo, una narración que puede, desde el asombro inagotable, adoptar la voz de una niña, o la neutralidad que se pretende ingenua de quien narra sin tomar partido, exenta de opinión y de ese modo, el juego escritura-lectura ofrece espacio al trabajo del lector, quien podrá suponer, reponer, sentir, creer, descreer, todas las posibilidades abiertas. Se ha dicho, refiriéndose a la técnica de estas brevedades, que se trata de tallar sobre la primera versión del texto o piedra en bruto, hasta obtener el brillo de un diamante facetado. Celia Fontán ha facetado pacientemente estos textos hasta su versión final amorosamente editada por La Mariposa y la Iguana. Un tesoro para el buen ojo lector, ese que bucea en la interlínea. Cisne, en palabras de Borges, a veces más tenebroso y singular que los buenos autores.





1 comentario:

Lidia Rocha dijo...

Muchas gracias Marta por esta reseña!!!