OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

martes, 30 de diciembre de 2008

Tiempo, Agua y Año Nuevo según Brodsky


Un bello texto que releo cada fin de año. El poeta ruso recibía el Año Nuevo en Venecia.

Siempre he compartido la idea de que Dios es tiempo, o al menos que Su espíritu lo es. Quizá esta idea sea incluso de mi propia factura, pero ahora no lo recuerdo. En cualquier caso, siempre he creído que si el espíritu de Dios aletease sobre la superficie de las aguas, éstas deberían reflejarlo. De ahí mi atracción por el agua, sus pliegues, arrugas y remolinos, y –como soy del norte – por su color gris. Sencillamente, creo que el agua es la imagen del tiempo, y cada víspera de Año Nuevo, conforme a un rito un tanto pagano, hago lo posible por encontrarme cerca del agua, preferiblemente cerca del mar o del océano, para contemplar la emergencia de una nueva porción, de una nueva taza de tiempo. No busco una doncella desnuda avanzando sobre una concha; busco una nube o la cresta de una ola que rompa a medianoche sobre la orilla. Eso es, para mí, tiempo que emerge del agua, y me quedo mirando el encaje que deposita en la orilla, no para interpretarlo como los adivinos, sino con un sentimiento de ternura y gratitud.

Por Joseph Brodsky en Marca de agua, Siruela, Madrid 2005

miércoles, 19 de noviembre de 2008

NOCHE DE RONDA

Casa de la Poesía
(jardín)
El viernes 21 de noviembre a las 20
en Sargento Cabral 301 (y el río)
“Noche de ronda”
boleros
cuentos teatralizados
entrevista

invitada: Marta Ortiz, escritora

Músico invitado: Raúl Rodríguez (saxo alto)

Coordina: Mónica Alfonso

Auspicia: Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario
Entrada libre y gratuita

viernes, 7 de noviembre de 2008

YO ES OTRO


Viernes 7 de noviembre
18:30 hs
Centro Cultural Bernardino Rivadavia

Yo es otro
Mitología personal y escritura.

¿Cómo toman parte en la obra de un poeta esos relatos que todo autor construye en torno a la propia biografía, tanto personal como literaria?
Tres poetas conversarán acerca de sus obras y abordarán, en particular, aquellos aspectos que señalan la presencia de una mitología personal.
Con
Cristian Aliaga, Fabián Casas y Eloísa Oliva
Coordina:
Marta Ortiz

viernes, 31 de octubre de 2008

CUENTOS IMPRESCINDIBLES (escritores que leen sus propios cuentos)




SÁBADO 1º DE NOVIEMBRE

SALA A – 18.00 hs –

Coordina: Marta Ortiz

Participan:

Graciela Aletta de Sylvas, Raúl Astorga, Estela Parodi, Susana Rozas, Clara Rozin, Marcelo Juan Valenti

FERIA LATINOAMERICANA DEL LIBRO DE ROSARIO,2008

Hoy, viernes 31, en la feria latinoamericana del libro de Rosario


SALA A – 18.00 hs - Mesa de Lectura:

Literatura en Acecho (animales en la literatura).
Participan:
Beatriz Actis, Gloria Lenardón, Marta Ortiz, Silvia Pampinella, Tona Taleti

sábado, 18 de octubre de 2008

CARTA PARA MÍ





Me conmueve, de pronto, encontrarme en la ruta de mis destinatarios. Qué decirme (miles de palabras atascadas), cómo atraerme, de qué modo interesarme.
Provocar un comienzo. Sentirme, sentirte tan ahí, tan marca de mí, íntima; no lo hubiera ni soñado, a pesar de que a cada instante tu/la versión anfibia de mí nada un bello estilo mariposa, se abre paso dentro de mí en busca de ti. Algo me/te delató: esa voz que no parece mi voz pero que misteriosamente utiliza mi propia inflexión, mi tono silencioso que solo devela la negativa al grito ahogado, mis pausas, mis puntos; me presiento desdoblada, superpuesta, espejo de ti pero de mí sentada en algún sitio interior a caballo de mi tráquea, colgada de mi estómago, anudada a mi fémur, arrojada al tobogán de mi torrente sanguíneo y oírme mi/tu triturar alimentarte de mis pasas de uva, de mis aceitunas, la lenta silenciosa absorción del calcio en mis vasos de leche tibia, la glucosa en mis cucharadas de miel a la madrugada; o lo insólito: palparte enroscada a mis cuerdas vocales enronqueciendo el tono de mi/tu misma voz.
Antes, mucho tiempo atrás, no lograba encontrarme; te esquivaba y ha de haber sido que alguna vez fuimos incompatibles; la originaria, la que fui ayer, la que seré mañana, distinta de la de hoy que disfruto de mi fidelidad, de saberme la candela que revela mis caminos ocultos, la que corre a buscar almohadones si necesito descanso. La que respetuosa calla cuando me quiebra la nostalgia y ese mismo silencio me/te hace pensar más de lo conveniente en objetos arqueológicos como el vestido de gasa azul bordado en hilos de plata que mi madre usó cuando me casé (no des vuelta la cara como si no lo supieras, vos también estabas, como siamesas; allí, plantadas con el ramito apretado entre los dedos); el “sí”, no sé si usé mi voz o si yo... nunca supe quién fue en realidad, no soy una parezco dos la que aceptó y nos encadenó, no sé... También pienso en la geisha de madera que compré en Los Angeles en el hotel de la cadena japonesa que hoy siento a distancia intergaláctica. No interpretes que no respeto mis/tus chiquilinadas, como por ejemplo tu salvaguarda detrás de aseveraciones irónicas como el “Y claro, pasó tanto tiempo...”; como si nada hubieras tenido que ver, vos que alargabas la mano antes que yo en la compra compulsiva cuando recorríamos los almacenes en el Imperio del Consumo como te gustaba llamarlo, o como si por alguna razón inexplicable, más allá de la física, fueras más joven que yo. “Soy más joven”, me parece oírme, y mis que son tus razones lo sé, son concluyentes, claro, cuando se juega a ser la cara oculta la piel no se arruga; y en este cuerpo la que da la cara, la que atraviesa la vigilia, la que con su mano roza todas las texturas, la que olfatea en cada rincón el sexo como la poesía, en cada grieta, en el aire, ésa soy yo, que bien mirada y al sesgo serías vos y a mí sí se me pegan las arrugas como estalactitas y estalagmitas. ¿Y entonces a vos... qué tengo para decirme? Esta discusión bizantina no se acaba así nomás… traigo un as escondido en la manga, traigo a cuento la infancia, y eso me/te provoca taquicardia, lo sé, un tiempo con sede en otra dimensión, convengamos, un golpe duro y seco a la memoria para que así reconsideres y admitas que cargamos la misma cantidad de arrugas, que se puede hablar sin pelos en la lengua. Basta evocarlos y aquellos monstruos vienen en mi auxilio y no hablo de una película. Cuando de chica apagaba el velador y cerraba los ojos y quería dormir, me buscaba te buscaba en la oscuridad porque algo misterioso sucedía allí con la luz: se pegaba iridiscente a la retina y estallaba en el aire una nebulosa expansiva que abría en la oscuridad una pirotecnia de rayos convergentes en la cara interior de la capelina de un hongo o en la danza silenciosa de los tentáculos de Medusa. A oscuras me percibía como otra pero como otra que era yo misma, apretada a mi garganta, atragantada a mis bronquios sin aire, y argumentabas, sí, esa otra de mí era tan caradura que argumentaba: mi/tu intención era ayudarme a no tener miedo cuando las sombras se organizaban sobre las esquirlas de luz y una caterva de monstruos pavorosos invadía grandes parcelas en paredes y techo y lanzaba miradas fulminantes desde un rostro furtivo que amagaba crearse y se borraba un segundo después y se rearmaba como si nada en otro sitio en una nueva versión. Eras tan cobarde como yo. Hundías conmigo la cabeza bajo la almohada y me/te dejabas estar así, a veces hasta la mañana siguiente cuando no teníamos más remedio que dormir con ellos, involucradas en su danza macabra aunque selláramos los párpados chamuscadas en la brasa del miedo; aunque cerráramos las ventanas para impedirles la entrada o durmiéramos, como cada vez que eso sucedía, con la cabeza debajo de la almohada. Se instalaban allí imperturbables, silenciosos, de un lugar a otro en el cuarto sin apartar sus ojos de los míos que eran los tuyos.
Nada más voy a decirme. Desenterré para mí, para ti, una antigua pesadilla porque quise sorprenderme, encandilarme con un recuerdo prehistórico que vos quisiste olvidar y yo atesorar. Me interesa que entendamos que si ahora me busco y te encuentro en mí es porque me/te necesito. Porque a pesar de mi/tu vieja pasión de vivir a la sombra de mi sombra, de crecer restando nutrientes a mi dieta, de alojarme como un fantasma ajeno en el eco de mis palabras, de divertirme en la hamaca voladora abrazada a mis propios tobillos para no correr riesgos cuando volaba mi falda de amapola de seda; a pesar de esa descarada pretensión mía de vivir a mi costa y cuenta, incluido el gesto reparador de cortar violetas silvestres y regalarme un ramito cada tanto así como las hojas de pórfido del roble en otoño, yo me quiero y soy incapaz de imaginarme lejos de mí/ti.
Hoy mis fantasmas son otros, ya no vemos monstruos mutantes en la oscuridad, qué más agregar que ya no sepa, qué te puede sorprender. ¿Que el tiempo que me queda no nos alcanza para leer los libros que quiero leer?; ¿que la hoja en blanco se levanta como un muro a la hora de escribir y hace falta derribarlo y saber que para esa tarea cuento conmigo como con un contigo?; ¿que los días grises deslíen los bordes de todas las cosas?; ¿que toco el cielo esas noches cuando el muro se desmorona y la hoja dócil se entrega blanda a la seducción de las palabras que dejo caer en el trazo del hilo de tinta... y que en esas curiosas regiones que abordo y me desbordan encuentro la huella de tus pasos que muchas veces precedieron a los míos? ¿Hace falta decirme que el sentimiento es contradictorio; que me/te nutre de felicidad y no de desasosiego, que nos prefiero remando o haciendo fiaca dentro de mí como de ti, a la búsqueda laberíntica porque no puedo hallarnos? Tal vez todo eso quiero decirme desde que pensé escribirme esta carta. Y más, seguramente, pero me gana el olvido y no sigo con la enumeración, demasiada perorata; me dejo vagar te suelto libre en el cáustico sinsentido de mis interiores caudalosos. Vale advertir, aunque solo alcance a dibujar el aura de este misterio que no descifraremos, que tal vez no sea tan malo ligarse al misterio, a lo desconocido, a saber que me tengo y te tengo hasta revelar el perfil poroso, el travertino inmortal de una diosa bifronte. Como sea, más vieja, más joven, más ágil, más lenta; sin nada que explicar, sosteniéndome /nos, alfa y omega, las dos.
por Marta Ortiz

miércoles, 8 de octubre de 2008

EL REVÉS DE LA TRAMA

Fragmentos que pulverizan la trama de los afectos. ¿El amor sostiene el mundo? ¿Atlas con pies de barro?
Apología del desamparo, estética impecable y helada.

"La pluma de Fleur Jaeggy es el buril de un grabador..." dijo Joseph Brodsky.

Fragmentario de Fleur:

El cielo era incoloro. Cuando hace mucho calor se convierte en una sábana infecta y en la sábana infecta veía malos presagios.

Jugaron a ser felices. La felicidad hería como un hierro candente.

Se habían casado hacía poco, en ella no había llegado a advertirse el regocijo absoluto, esa dolencia que es la felicidad. Tendió sus esperanzas con mansedumbre. Y la criada tendió las sábanas.

El dolor aporta alivio. El dolor es alivio. El pastor exhortaba a todos desde el púlpito, en el silencio sublime de la iglesia, a encontrar alivio. A sosegar el dolor.

Recordaban la época en que eran pinches y niños. Y a sus compañeros de desventuras, como si fueran fantasmas. La desventura parecía un don del cielo. Desventura sin dolor. Así ha sido.

Un viejo pasa con la horca. Tan sólo los geranios lo miran desde las ventanas y las cortinas de encaje. Tras las cortinas, los ojos. Los habitantes mantienen los ojos ocultos, las miradas son las casas y la madera.

Se habían vuelto salvajes, no sentían afecto por nadie. En la confederación había pocos huérfanos. Algunos de ellos habían encontrado una familia. Hans y Ruedi habían procurado que nadie los quisiera, para ellos el afecto era el peor de los enemigos.

Como el paisaje invernal, barrido por una paz angelical y antigua, sus pensamientos están sepultados bajo el hielo. Pensamientos exentos de palabras. Inercia sacra.

L a selección de las citas es mía. Tomadas de Temor del cielo, Fleur Jaeggy (Tusquets, Barcelona, 1998)

viernes, 5 de septiembre de 2008

Dos poemas de Emily Dickinson

E. D.(1830-1886), Amherst, Massachussets

Píntame un cuadro del sol –
para colgar en mi cuarto –
y hacerme creer que siento calor
cuando otros lo llaman “¡qué día!”

Dibújame un tordo – en una rama –
para que lo oiga, soñaré,
y cuando los huertos cesen su canción –
retira la simulación – mía –

¿Dime si realmente – hace calor a mediodía –
si es el botón de oro – que se desliza –
o las mariposas –que florecen?
Sacude – entonces –la escarcha –del prado –
y arranca el paño bermejo –del árbol –
y deja que juguemos – eso es lo que nunca sucedió.

La araña sostiene una pelota de plata
en desapercibidas manos –
y danzando suavemente sobre sí misma
su hilado de perlas – desovilla –

aplica nudo tras nudo –
en insubstancial labor –
suplanta nuestro tapiz con el suyo –
en la mitad del tiempo –

una hora en cultivar
sus continentes de luz –
luego penden de la escoba del ama de casa –
sus confines – olvidados –

(tomado de Poemas, Emily Dickinson, Selección y traducción de Silvina Ocampo, Tusquets, 1997)

lunes, 1 de septiembre de 2008

POETAS LEEN A POETAS


Las voces de grandes y amados poetas en bocas de nuestros grandes y amados poetas amigos rosarinos.
En esta ocasión, leen:
Marta Ortiz, Fernando Marquinez, Fabricio Simeoni, Hugo Diz.

(Le prestaré mi voz a Emily Dickinson, qué lujo)

miércoles, 27 de agosto de 2008

Lapacho


Yo creía en el noviembre de los jacarandaes,
en los ríos que bajaban lilas.

Hasta que setiembre estalló la pulpa del lapacho.

Los charcos anegados flotaron rosas.

Por Marta Ortiz

lunes, 25 de agosto de 2008

Caja de Pandora V

máscaras, maquillajes, velos...

por Clarice Lispector

"Incluso aún sin ser actriz, sin haber pertenecido al teatro griego, uso una máscara. Aquella misma que en los partos de la adolescencia se elige para no quedar desnudo para el resto de la lucha. No, no es que se haga mal en dejar el propio rostro expuesto a la sensibilidad. Pero es que este rostro que estaba desnudo podría, al herirse, encerrarse sólo en súbita máscara involuntaria y terrible. Es pues, menos peligroso elegir sólo ser una persona. Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y solitario. Mas, cuando finalmente se prende la máscara a aquello que se eligió para representarse y representar al mundo, el cuerpo gana una nueva firmeza, la cabeza se yergue altiva como la de quien ha superado un obstáculo. La persona es".

"Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue pertenecer. Por motivos que aquí no importan, yo de algún modo debía estar sintiendo que no pertenecía a nada y a nadie. Nací gratis. La vida me hizo de vez en cuando pertenecer, como para darme cuenta la medida de lo que pierdo al no pertenecer. Y entonces yo supe: pertenecer es vivir".

En "El descubrimiento del mundo"

viernes, 22 de agosto de 2008

Mediodía de enero


Mi café,
en el barcito del muelle
huele a viento de la orilla.
El río incesante relumbra
herrumbre, festones de luz.
La correntada lleva camalotes,
se lleva el bar. El muelle,
barcaza a la deriva,
nos lleva.



Por Marta Ortiz

viernes, 15 de agosto de 2008

CAJA DE PANDORA IV

Escribir es aullar sin ruido... sabias palabras de Marguerite D.

Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es también no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadando por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado.
Un libro abierto también es la noche.
Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.

Por Marguerite Duras, en Escribir (Tusquets, Buenos Aires, 2006)

martes, 5 de agosto de 2008

LA TRAICIÓN


Del hondo follaje que al río ha caído...Alejandra Méndez
Vea, si le anda con ganas no lo dude. En la isla hay lindas playas, salvajes, dijo el hombre moreno de crin dorada. Tenía el pelo duro, espeso, lo ataba en la nuca. Por lo desteñido y pajizo contrastaba bruscamente con la piel de color aceituna.
Decidasé doña, por tres pesitos la cruzo ida y vuelta.Mariana se sostuvo el sombrero de paja indeformable con la mano izquierda y con la otra se tapó el reflejo del sol. Miró la otra orilla. Exuberante, aguas quietas de un ambiguo marrón verdoso y largas playas de arena amarilla recortadas y pegadas a los bordes. Un cartel de Coca-Cola delataba la indispensable presencia de la gaseosa y el sandwich de jamón y queso.
Calculó la distancia que separaba una costa de la otra y midió a ojo, asumiendo el riesgo de haber sido una chica bastante dura para los cálculos orales, unos mil metros.
Tal vez lo que la impulsó a medir fue el recuerdo de los barquitos de papel de diario que echaba a navegar en la bañera y que nunca llegaban a destino. Tambaleaban, desafiaban la tormenta de olas gigantes que leves movimientos de sus dedos desataban desde la orilla; trepaba el agua a la proa, la popa y la cubierta, y la embarcación se iba a pique en menos que canta un gallo con toda su tripulación a bordo. Quedaba en pie un papel gelatinoso chocando rítmico contra las paredes blancas enlozadas. También podría haber sido por el inquieto sobrevuelo de las historias del Titanic y de otros hundimientos, aunque ninguno tan espectacular como ése. Pero claro, qué tenía que hacer aquí, en este río calmo y generoso, tan nuestro y tan de entrecasa, el prodigioso Titanic. Nada, nada, pero igual a ella le sudaban las manos.
Controló primero el aspecto de la lancha y después el hombre bajito de crines doradas (advirtió que las llevaba sujetas con un elástico negro) y sintió la negativa de los pies que se enredaban entre la arena y las piedras; echaba raíces. Se vio ridícula así parada y tiesa, pero prefirió esa inmovilidad a navegar las aguas oscuras y mansas (nada le aseguraba que no se volvieran turbulentas), del río marrón (jugo de ladrillo) cruzado perpendicular a las dos costas por una franja de sol que reverberaba hasta lo imposible.
Mariana hizo un último intento: cerró la cortina invisible que como un escudo la protegía del acoso de antiguas catástrofes marinas. Aquellos barcos herrumbrados que zumbaban naufragios se anclaron uno a uno en el fango arenoso del lecho del río. Armada de flamante coraje, cargó los bolsos y el termo de agua caliente para el mate y trepó a la lancha.
-Lléveme. No perdamos tiempo.
El hombrecito oscuro suspiró aliviado y pensó en los tres pesos que cobraría por adelantado al llegar a la isla. Encontraría como siempre a don Manuel y la canoa rebosante de peces recién escamoteados al río. Todavía vivos, aleteando. Un surubí sería suficiente, comerían todos.
-¿Vio que le dije? Era cuestión de dar el primer paso. Después va a querer venir todos los días a que la cruce. Yo sé cómo son estas cosas. -Y sonrió con su boca de dientes cariados y desparejos.
Mariana también sonrió. Sintió la brisa caliente de lleno en la cara cuando iniciaron el cruce. Se entretuvo siguiendo el surco que arrugaba con oleajes de espuma esa agua siempre un poco turbia, como si ya llegara contaminada de la tierra colorada y de la vegetación sin límites de la selva misionera. Se acordó del capítulo Hidrografía de América, en el libro de geografía americana del secundario, y lo del Amazonas y el Paraná que eran los dos cursos de agua más imponentes del continente mirando al sur.
Imaginó el cauce del río hacia el norte y lo oyó bajar en correntadas densas desde el corazón de una selva húmeda de savias espesas y de resinas gomosas; abrirse en riachos verdes como ese mismo cielo selvático de enredaderas, helechos gigantes, lianas y árboles altísimos deteniendo la luz del sol. Lo vio traer camalotes, arañas, boas plateadas, pequeños insectos y mariposas azules. Lo sintió bifurcarse en anchos vientres como mares de acero celeste, de a trechos profanado por puentes aéreos y subacuáticos.
El sol le arranca un reflejo tan intenso al agua, que los ojos de Mariana no ven. Es mejor cerrarlos. Es mejor imaginar. Se recuesta aflojándose en el asiento.
El río vuelve a afinarse y se hace laguna o pequeño vaso linfático que lo comunica sutilmente a una vasta red acuática mayor. El rumor permanente de la lancha a motor, el quiebre de las aguas calmas, el sombrero que le tapa toda la cara...
Oye también el batir de los remos de la canoa aquel remoto mediodía (una fotografía antigua) cuando la vio desde las barrancas del arroyo Saladillo (un vaso comunicante) sin poder hacer nada. Sin poder ayudar vio cómo Julián se iba acercando, imprudente, al peligroso embudo con forma de campana invertida. La canoa aceleraba ingobernable y Julián que no podía con los remos. Ella fue la testigo, tal vez la única testigo. Muy quieta, echando raíces en lo alto de la barranca donde acababa de ver una pequeña lagartija al sol; sin poder darle la mano ni ayudarlo a salir a la superficie vio cómo la canoa giraba muy rápido, un remolino de círculos conteniéndose uno al otro hasta llegar al más pequeño que era como el ojo del huracán, un centro convulso y revulsivo que se tragaba todo y se hundía definitivamente con Julián y con los remos en el centro mismo del torbellino, de la campana mentirosa. Aquella tarde ya un poco difusa, hacía tanto tiempo, había sentido que se le anudaba el estómago y una amargura insoportable en la boca y el brote de una mueca horrible de dolor en la cara. Se había tapado los ojos con las palmas, no quiso ver más el arroyo traidor de aguas calmas (aquí no pasó nada, señorita Mariana, usted no vio lo sucedido, olvídese, no es conveniente para una niña atesorar un recuerdo tan triste) ni el cielo limpio donde volaban unos pocos pájaros distraídos.
Desde que Julián desapareció en el lecho del arroyo que jamás lo devolvió a la orilla pasaron muchos años. En ese momento pudo taparse los ojos, pero ahora es ahora y sí se ve obligada a mirar con los ojos bien abiertos, porque de pronto siente un girar amenazante debajo de sus pies. Alcanza a sostener el sombrero de paja con flores azules y la costa y el río parecen súbitamente un calidoscopio que gira sin tregua y por momentos el cielo es verde, o azul o marrón y el sol se le mete en los ojos y no ve nada, pero alcanza a distinguir al hombre moreno de crines doradas luchando desesperadamente para que no se le escape de las manos el surubí con el que piensa alimentar a toda su familia esa noche.
Mariana vuelve a sentir que le crecen raíces, pero esta vez en el piso de tablones de la lancha, la cabeza le da vueltas. Todo se ha oscurecido y presiente que el río se la va a chupar como lo chupó a Julián: con lancha, hombre moreno, surubí, bolsos, termos y todo lo demás, pero otra vez no puede hacer nada mientras se va dando cuenta de que en realidad ella es nada más que una simple espectadora que registra el paso de la lancha desde la playa de arena donde permanece tendida desde hace horas, siente la piel caliente, chamuscada. Le cuesta entender que no es ella la pasajera de la embarcación. La ve hundirse desde la orilla. O quizá alejarse. Ese puntito que se achica a lo lejos y ya casi no se ve, parece una lancha.
La noche cierra un paño de terciopelo espeso sobre la isla. Mariana se incorpora y apoya las manos en la arena húmeda. Se durmió tomando el último sol de la tarde. El río oscuro y traicionero baña las costas iluminadas de Rosario que enciende luces como ojos brillantes en el anochecer. Cada vez son más y parece un juego que agrega edificios-cajas de remedios perforados de pequeñas ventanas, uno al lado del otro hasta armar la ciudad en la orilla de enfrente.
Dificultosamente recuerda el pacto sellado con el hombre que la transportó a la isla soñada. “A eso de las ocho en el apeadero”. Se fija en la hora y cree que es mentira, que está soñando: son casi las nueve y media de la noche. Corre al lugar de la cita pero es demasiado tarde, ya no quedan lanchas ni veleros ni botes. Ya no queda nada. Escudriña a uno y otro lado achicando los ojos para ver mejor y no ve a nadie. No ve nada. Alguna que otra fogata lejana y el cartel de Coca-Cola refresca mejor.
Mariana detiene la mirada otra vez en el río. Una boca negra, rugiente, casi el mar. Amedrenta. Algunas nubes cargadas le cierran el paso a una luna incipiente, apenas modelada. La brisa ya no es brisa sino viento. Tiene frío y otra vez la vieja mueca de terror le abre la boca y le cierra los ojos y se va quedando, ahoga el grito que es el mismo de siempre, el de aquella tarde cuando el río traicionaba a Julián mientras ella seguía con el rabillo del ojo a la lagartija que reptaba cerca de su escondite, reptaba y luego se detenía y quedaba inmóvil, una talla de piedra al sol. Y ella también está inmóvil pero por momentos repta en la arena, busca un escondite como aquél del que salió aquella tarde la lagartija, pero no hay ningún refugio y entonces queda paralizada mirando la otra orilla, de pie, como si fuera un árbol.

Por Marta Ortiz

Este cuento integra la colección El vuelo de la noche, La Editorial, Univ. de Puerto Rico, 2006

sábado, 2 de agosto de 2008

CAJA DE PANDORA III


(De la posesión del lenguaje, de la posesión de una sintaxis, de cómo empujamos el límite de la sintaxis cuando escribimos, de cómo el acto de escribir es un acto de conocimiento. Joya para mi caja).

Poseo a medida que nombro; y este es el esplendor de tener un lenguaje.
Pero poseo mucho más en la medida que no consigo nombrar.
La realidad es la materia prima, el lenguaje es el modo como voy a buscarla, y como no la encuentro.
Pero del buscar y del no hallar nace lo que yo no conocía, y que instantáneamente reconozco. El lenguaje es mi esfuerzo humano. Por destino tengo que ir a buscar y por destino regreso con las manos vacías.
Más regreso con lo indecible. Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje. Solo cuando falla la construcción, obtengo lo que ella no logró.

Clarice Lispector

domingo, 27 de julio de 2008

LA INVENCIÓN DE LA LLUVIA

(Google imágenes)

Sigue un texto mentiroso. Tanta falta me hace la lluvia (más de tres meses que no llueve, sólo algunas gotas alguna vez y me quedé con ganas) que la inventé:

Llueve por fin. Gran alivio. El agua dibuja caminitos de luz en las veredas de la plaza. Lava la humedad, el musgo, el malhumor. Pule el farol, aplica una mano de laca sobre los troncos de los plátanos deshojados. Las gotas rebotan en el agua turquesa de las fuentes simétricas.
Oigo truenos cortados (amenazas de un predador a lo lejos), la música del agua anegando ranuras y escalones hasta desaguar en la alcantarilla.
La mañana borró en la plaza las luces, los senderos que la luz de las farolas revelaba, la cortina de agua bajando hilos de luz.
Hace frío. La gente se encoge dentro de sus impermeables y bufandas. Los paraguas repelen el gris del día: pequeños arco iris lisos, escoceses, estampados, hongos petulantes, presurosos, acuarela móvil, coreografía.
Panorámicas desde el quinto piso.
por Marta Ortiz

VÍSPERAS, Adriana Lunardi




Reseña "Vísperas", Adriana Lunardi, Bajo la luna, 2008

publicado en Señales, La Capital, Rosario

jueves, 10 de julio de 2008

ANA CRISTINA CÉSAR (Brasil, 1951-1983)

(imagen Google)

La descubrí, a la poeta, en la escritura de Adriana Lunardi (Santa Catarina, 1964), quien escribió un libro-joya, Vísperas (2008, Bajo la luna), nueve cuentos que recrean nueve vísperas de muerte, entre las de otras escritoras, la de Ana C.


De su poesía dice Armando Freitas Filho: es "una mezcla de cristales, heavy metal y tafetas" . Con un lenguaje construido y cuidadosamente estructurado buscaba llegar a los límites de la palabra a través de lo cotidiano. Para alcanzarlo "necesitaba respirar al ritmo de una pulsación desafiante".
Dos poemas de Ana C:

NADA, ESTA ESPUMA

Por enfrentamiento del deseo

insisto en la maldad de escribir

pero no sé si la diosa sube a la superficie

o apenas me castiga con sus aullidos.

Desde la amura de este barco

quiero tanto los senos de la sirena.

(Escenas de abril, 1979)


MIRO MUCHO TIEMPO EL CUERPO DE UN POEMA…

Miro mucho tiempo el cuerpo de un poema

hasta perder de vista lo que no sea cuerpo

y sentir separado entre los dientes

un hilo de sangre

en las encías


"En estas circunstancias el picaflor

viene siempre por millares"


Este es el cuarto, Augusto. Avisó que venía.

Me lavé las axilas y los piececitos. Preparé té.

Por si me olía... Ay, qué mareo me da el

azúcar del deseo.

(Escenas de abril, 1979)

sábado, 31 de mayo de 2008

Cajadepandora II




Un aspecto crucial, clímax, médula. Vale la pena sentir ese oleaje golpenado en la cabeza y asistir luego a la metamorfosis que lo expresa goteando ritmo:




"El estilo es un asunto sencillo; todo es ritmo. En cuanto lo comprendes, no puedes equivocarte de palabras...aquí estoy, después de media mañana, llena de ideas y visiones y cosas así, pero incapaz de verterlas por falta del ritmo adecuado. Esto sobre la esencia del ritmo es muy profundo y va más allá de las palabras. Una visión, una emoción, crean esta ola en la cabeza mucho antes de que surjan las palabras apropiadas. Y al escribir, una tiene que recapturar esto y asentar este funcionamiento (que aparentemente no tiene nada que ver con las palabras), de modo que después, cuando se fragmenta y rueda por la cabeza, crea las palabras adecuadas...".


Virginia Woolf (fragmento de carta a Vita Sackwille West)

sábado, 24 de mayo de 2008

Tarsicia y el unicornio


A los quince años Tarsicia vestía una túnica de tarlatán blanco y sujetaba
sus largos cabellos con una tiara de campánulas rapunculoides también blancas.

Una rara neurastenia solía hundirla en profundos baches de tristeza además de
impulsarla a practicar agujeritos en el entelado azul con palmeras que cubría las paredes de su dormitorio virginal.
Una tarde, molesta por el agobio del calor y el cosquilleo de vanos sentimientos contradictorios, Tarsicia sintió unas ganas locas de romper todo. Con sus pequeñas manos de hada se arrancó la túnica de tarlatán, al par que destrozó gran parte del entelado, acto que de inmediato desveló un enorme boquete en la parte recién estropeada de la pared. Desde esa primera vez, tuvo acceso al bellísimo arroyo cuyo cauce espejado repta sereno hacia la espesura de una región de apariencia selvática. A lo lejos, colgajos de bruma tejen su trama invisible hasta diluirse en la nada.

Reclinado sobre la orilla, el unicornio blanco descansa su casta hermosura tras haber cumplido un viejo y obstinado sueño: el de abrir a golpes de cuerno un profundo hueco en la floresta. Relampaguean sus ojos tiernos al ver prodigiosamente satisfecho su deseo: el luminoso espacio recién troquelado descubre la intimidad del cuarto azul con palmeras bordadas en hilos de oro donde Tarsicia reposa, como siempre, su lechosa desnudez virginal.
Marta Ortiz

lunes, 19 de mayo de 2008

CAJADEPANDORA

Aquí guardo las gemas. Lo que me gusta leído y no quiero perder.
O lo que me desestabiliza de algún modo, me saca de mi centro y me pone a pensar.
Dijo Juan José Millás en un reportaje para ADN Nación el 17 de mayo de 2008:

"...en el imaginario colectivo el artículo (periodístico) se escribe para la muerte y la novela para la supervivencia".

Lo escrito para la caducidad, entonces, proviene de la más estricta realidad. Y lo escrito para la supervencia abreva en la imaginación. Pero las fuentes de alimentación de una y otra... ´
Por algo el Quijote y Shakespeare y Dante y tantos otros no se caen del estante en la biblioteca, ni de la memoria colectiva. En cambio los artículos periodísticos, salvo que guarden relación con la literatura... Pero Según Wolfe el novelista saldrá a buscar su argumento a la calle, no necesita imaginar. En ese sentido, dice, la novela está muerta, así como producto puro de la imaginación. ¿Pero existe una novela producto puro de la imaginación? ¿O algún artículo periodístico que no sea ficción? Según Manuel Vicent en el mismo reportaje, cuando el artículo llega a nosotros y es leído, ya caducó. Paradojas del periodismo y la literatura. Roces, fronteras, puerto libre.
Guardo esta perlita en mi caja.
Reportaje completo:http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1012144

domingo, 18 de mayo de 2008

El silencio




el silencio
entre mis dedos
desmenuza violetas.

una lluvia menuda bastaría

las gotas
sobre el patio de ladrillos
disuelven este seco
árbol de mutismo.


Por Marta Ortiz

jueves, 15 de mayo de 2008

La poesía en los bares

El próximo martes 20 de mayo continuará el ciclo
LA POESIA EN LOS BARES
Encuentro organizado por el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario. En esta oportunidad leerán
Clara Rebotaro, Marta Ortiz y Ángel Oliva.
La cita es en el bar la SUBSEDE, Entre Ríos y San Lorenzo.
Las presentaciones estarán a cargo del poeta Roberto Lobos.
CAMBIO DE HORARIO: por la estación las reuniones de los martes comenzarán a las 20 horas. Se ruega puntualidad,

miércoles, 14 de mayo de 2008

Archipiélagos



Al final de esta frase, va a empezar a llover.
Al filo de la lluvia, una vela.

La vela
perderá de vista, despacio, las islas;
se hundirá en la neblina la fe en los puertos
de toda una raza.

La guerra de diez años es pasado.
El cabello de Helena, una nube gris.
Troya, un blanco montón de ceniza
junto a la garúa del mar.

La garúa se tensa como cuerdas de un
arpa.
Un hombre con los ojos nublados descubre
la lluvia
y desgrana la línea inicial de la Odisea.


Por Derek Walcott premio Nobel 1992, nació en 1930 en la isla caribeña de Santa Lucía. (traducción Mirta Rosemberg y Daniel Samoilovich)

viernes, 9 de mayo de 2008

Manchas





La mancha blanca de borde irregular sobre fondo negro se extiende como un lunar de tinta abierto en madréporas anómalas. En la mancha estalla una red de prolijos poros ubicados como celdas en un panal. Y después, como si se repasara la imagen con un gran borrador que renovara la superficie negra del pizarrón, celdas y mancha desaparecen y una nueva mancha azul fosforece y otras celdas y yo nos unimos en la respiración, en la absorción de aire que penetra en mi nariz, invade los alvéolos, también celdillas (las imagino rosadas, sanguinolentas) y entonces con una tiza las dibujo y las pinto rojizas junto a las azules que no sé de dónde provienen, pero está claro que una de ellas sirve para respirar y la otra... solo para aprender a pintar.
(Por Marta Ortiz)




lunes, 5 de mayo de 2008

"ARTE POR LA PAZ

CICLO " ARTE POR LA PAZ "( Derechos Humanos, Justicia, Libertad, Democracia, Ecologia, Trabajo, Derecho a la Vivienda Unica, Inmigrantes, Refugiados, Pueblos originarios, Derechos del Niño, Arte, Cultura, Derechos de la Mujer, Salud, Derecho a la Vivienda Unica , etc. etc.)
En su octavo año consecutivo.Auspiciado por la Secretaria de Cultura de la Municipalidad de Rosario. Auspiciado por Radio Clásica. Auspiciado por el Centro Audiovisual Rosario. Auspiciado por el Foro Internacional de Cultura por la Paz Designado de Interés Municipal mediante Decreto 23.389, de fecha 11 de marzo de 2004 por el Honorable Concejo Municipal. Nominado al Premio de Derechos Humanos Pocho Leprati 2006.
El pròximo LUNES 12 DE MAYO, continúa el ciclo
" ARTE POR LA PAZ ",
en el subsuelo del Bar La Sede, esquina de Entre Rios y San Lorenzo, de Rosario, a las 20 horas.
Invitados a leer sus poemas o trabajos:
MAGDALENA ALIAU , GLORIA LENARDON, MARTA ORTIZ Y TONA TALETI
Expondrà sus obras de arte, la reconocida artista plàstica
DELIA LOPEZ ZAMORA
ADHESIONES PERMANENTES DEL DIRECTOR DE ORQUESTA DANIEL BAREMBOIN, DEL PREMIO NOBEL A LA PAZ ADOLFO PEREZ EZQUIVEL, DE LOS PERIODISTAS CARLOS DEL FRADE , MIGUEL ANGEL FERRARI, DE LOS HUMORISTAS HECTOR BEAS Y REP, DEL ESCRITOR Y PERIODISTA OSVALDO BAYER, DE LOS ARTISTAS PLASTICOS ADOLFO NIGRO, MARTA MINUJIN , CHACHI VERONA, PEDRO ROTH , ETC. DE LA ESCRITORA ANGELICA GORODISCHER, DE HERMENEGILDO SABAT Y MIGUEL BRASCO, DE LOS POETAS HUGO MUGICA, JUAN GELMAN, ETC. ORGANIZA Y COORDINA BERNARDO CONDE NARVAEZ ELIA

viernes, 2 de mayo de 2008

MANOS

Mi mano ha envejecido y aún sigue posada en los libros, como si jamás se hubiese retirado de allí. Demorada en una interminable caricia, toca la cara proteica de la literatura.
Los más bellos trazos arrugan sutilmente la piel de mi mano derecha que la luz sesgada agiganta cuando roza el ratón de la PC para que yo pueda leer un texto de Onetti.
Texturas del grabado de un genio. Las de Onetti, las de mi mano, los rombos perfectos engarzándose unos a otros en el tejido de la piel, en el tejido del texto.

(Por Marta Ortiz)

jueves, 1 de mayo de 2008

...ahí está la poesía, de pie contra la muerte...

Discurso de Juan Gelman (al recibir el premio Cervantes)

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:
Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,
“puede pintar en la mitad del díala noche, y en la noche más escurael alba bella que las perlas cría…Es de ingenio tan vivo y admirableque a veces toca en puntos que suspenden,por tener no se qué de inescrutable”.

A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.
Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de más vida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?
Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.
Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.
Declaro que, en verdad quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.
Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.
Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?
Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.
Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras.
Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.
Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿”En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos -dice Sancho-, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?
He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.
Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.
Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.
Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.
Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.
Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.
Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[…] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.

lunes, 7 de abril de 2008

BÚSQUEDA DE LA POESÍA


Por Carlos Drummond de Andrade

No hagas versos sobre acontecimientos.
No hay creación ni muerte ante la poesía.
Ante ella, la vida es un sol extático, no calienta ni ilumina.
Las afinidades, los aniversarios, los incidentes personales no cuentan.
No hagas poesía con el cuerpo,
ese excelente, completo y confortable cuerpo, tan indefenso a la efusión lírica.
Tu gota de bilis, tu careta de gozo o de dolor en la oscuridad
son indiferentes.
Ni me reveles tus sentimientos,
que se aprovechan del equívoco e intentan el largo viaje.
Lo que piensas y lo que sientes, esto no es aún poesía.

No cantes tu ciudad, déjala en paz.
El canto no es el movimiento de las máquinas ni el secreto de las casas.
No es la música oída al pasar; rumor del mar en las calles junto a la línea de espuma.
El canto no es la naturaleza
ni los hombres en sociedad.
Para él, lluvia y noche, fatiga y esperanza nada significan.

La poesía (no extraigas poesía de las cosas)
elude sujeto y objeto.
No dramatices, no invoques,
No indagues. No pierdas tiempo en mentir.
No te aborrezcas.
Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
vuestras mazurcas y abusos, vuestros esqueletos de familia,
desaparecen en la curva del tiempo: son algo inservible.

No recompongas
tu sepultada y melancólica infancia.
No osciles entre el espejo y la
memoria en disipación.
Si se disipó, no era poesía.
Si se partió, cristal no era.

Penetra silenciosamente en el reino de las palabras.
Allí están los poemas que esperan ser escritos.
Están paralizados, pero no hay desesperación,
hay calma y frescura en la superficie intacta.
Están allí solos y mudos, en estado de diccionario.
Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
Ten paciencia, si son oscuros. Calma, si te provocan.
Espera que cada uno se realice y consume
con su poder de palabra
y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
No recojas del suelo el poema que se perdió.
No adules al poema. Acéptalo
como él aceptará su forma definitiva y concentrada
en el espacio.
Acércate más y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible que le dieras:
¿Trajiste la llave?

Fíjate:
huérfanas de melodía y concepto,
ellas se refugiaron en la noche, las palabras.
Todavía húmedas e impregnadas de sueño,
ruedan en un río difícil y se transforman en desprecio.

Traducción : Rodolfo Alonso.