OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

domingo, 23 de agosto de 2015

SOLDADITOS (ficción)

 

Google Imágenes: Soldaditos de plomo alemanes de 1936 (Museum of Childhood)
                              
                                      

Soldaditos(*)

La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa.
La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina.                                                                                                                Susan Sontag

  

      De niño, el Teniente General aprendía la guerra alineando soldaditos de plomo. Los agrupaba en ejércitos, los hacía avanzar enfrentados hasta sentir ‒como quien oye los acordes de una música familiar‒, el silbido de las balas, el choque de las armas, la fricción del combate cuerpo a cuerpo.
      Los fabricantes de juguetes ofrecían lo ensayado, no en vano había sucedido la Gran Guerra: artillería, estrategias y secuencias básicas se copiaron de dibujos y fotografías y aún del cine inmediato posterior. Las piezas de plomo reproducían combatientes congelados en gestos y posturas emblemáticas: detrás de la trinchera, apuntando con el cañón, arrojando una granada. La carne en juego quedaba sembrada en el campo de batalla.   
    Sumando regalos de Navidades y cumpleaños entre los cinco y los doce años, el pichón de Comandante en Jefe había reunido un set completo que incluía ‒como accesorio a la multitud de soldaditos dispuestos a jugarse el todo por el todo‒, un completo Army Medical Center: camilleros, enfermeras con maletín de primeros auxilios incluido, carpas sanitarias y utilitarios de la Cruz Roja, escena que él componía y replicaba en puntos clave del embaldosado en damero donde solía jugar ‒la geometría propiciaba el buen orden de los ejércitos‒, a medida que se acentuaba el drama épico, abatidos los contendientes como moscas aplastadas bajo la palmeta. Medía ‒acondicionada en sendas cajas‒, el alcance de la infantería disponible; desataba las implacables etapas del conflicto armado.
      Con los años, cumplidos los rigurosos tramos de una brillante carrera militar y otros rituales, el aprendiz alcanzó el rango máximo: Teniente General de las Fuerzas Armadas. El azar y ciertas conexiones utilitarias e ideológicas que lo acercaban a muchos como él, lo ubicaron, conjuntamente con los mandamás de la Marina y la Aviación, y por soberana voluntad propia y de acólitos calificados, en el Poder Ejecutivo de su país, al Sur del Continente Americano.
      Un día se sorprendió rumiando una certeza que era, a su vez, una visión. Él se consideraba un visionario, y esta facultad se parecía mucho a soñar, y soñar despierto es hermoso. Descubrió ‒y fue como si una luz potente lo iluminara desde lo alto‒, que los reclutas recién incorporados a la fuerza, eran idénticos –pero maleables (mucho más que el plomo), por obra y gracia de su materia: carne y hueso‒, decididamente “clones” de los soldaditos que habían nutrido sus contiendas infantiles. Como pudo reprimió las ganas locas de reanudarlas. Pero imposible, la caja donde guardaba sus diminutas tropas reproducidas a escala humana se había perdido en el túnel del tiempo y se hacía difícil encontrar pasatiempos mínimamente dignos de su ajado corazón de niño-viejo.
     Abrumado, más que nunca aislado en el peliagudo ejercicio de su poder sin límites, perdido en la encrucijada del presente que le tocaba asumir, buscó y se aficionó a otra clase de juego. El nuevo maridaje se dio, curiosamente, con lo que acabó siendo una voluminosa colección de bebidas destiladas, fermentadas y añejadas en las mejores bodegas del mundo. Sobraban las cajas (ya no extraviadas en el túnel del tiempo, sino al alcance de los dedos). Cada trago, en medio de la intemperie del poder (el vacío se agigantaba), lo devolvía al fuego intenso de su primerísima juventud. Acumuló botellas de forma y color diverso, como si hubiese que llenar un pozo muy hondo y no encontrara con qué.
      Una noche se sintió defraudado. Lo suyo rozaba el fastidio, el hastío. La vida se le hacía hostil. Su pueblo no era feliz, cercado por los efluvios de una gestión  grotesca ‒la suya tripartita‒ que hacía agua como los barquitos de aquel otro juego fascinante: La batalla naval. ¿Qué podía hacer? Sentado al escritorio, la mirada perdida en un mar de papeles donde se encrespaban caligrafías adversas como oleajes enloquecidos (¿la Gran Ola de Hokusai?), le ordenó a su ayudante que le acercara el mejor whisky escocés de su bodega privada. Muchas veces, esa misma noche, los ojos le quedaron bizcos, fijos en el color miel de la bebida que bailaba en la copa (purísimo cristal de Bohemia, acorde a su investidura).
      Era tarde cuando volvieron las visiones: sus viejos y amados soldaditos de plomo, uno tras otro, marchando al compás. ¿Al compás de qué música? ¿La música era su deseo? Curiosamente ya no eran miniaturas a escala humana, eran conscriptos de tamaño natural. Esperaban sus órdenes. Mareado ‒pero por primera vez feliz en medio de esos días como ciénagas‒, pensó que rescataría del olvido la épica que había alimentado sus días de aprendizaje.
   La madrugada lo encontró en el apasionado bosquejo de la estrategia: sumó el racimo de provincias que componen el país, eligió una franja etaria (reclutas) para formar su ejército. A falta de combatientes de plomo ¿dónde, en qué dimensión se habrían perdido?, usaría los de carne y hueso. Los pensó alistados: ropa de campaña, cascos, mochilas, armas de reglamento, en fila india abordando aviones y barcos, abrazando padres, novias, hermanos; se oía ‒y eso sí era un crescendo insoportable‒, el run-run: “no vieja, no llorés ¡¡te juro que  vuelvo!!” Los arrancaba de aquí y los ponía allá, con un pie en las islas ‒o con un pie en el fin del mundo‒. Al Teniente General no le tembló la mano cuando por primera vez acarició el botón rojo que legitimaría el encuentro entre las fuerzas antagónicas. (Claro que no vamos a ser tan ingenuos de creer que fue un vaso de whisky escocés el detonante. Vaya uno, ciudadano común del país en cuestión, a saber qué oscuridades se cocían en el caldero que sin pausa revolvían los tres hombres que por inconsulta cuenta propia y de otros como ellos, cuenta de sesgo fundamentalista y mesiánica, decidían los destinos de todos en ese país. Razones ligadas a espurios, inconfesables intereses que la Historia habrá de descifrar con mejores herramientas que este cuentito que no pretende hundirse en ciénagas de las que después no pueda zafar por falta de aire, por intoxicación de palabras, dolor inexpresable). Un ejército invencible de soldaditos recién destetados defendería esa patria endeble que él no alcanzaba a rescatar del letargo.
     No lo pudo dominar. Ni evitar. Un detalle nimio rascó, vulneró su paz interior (la felicidad es efímera), un bulto oscuro y viscoso se desplazó errático por los rincones de su cabeza embotada. Y nada, nadie pudo protegerlo de oír el rugido del viento, de sentir el hielo que le quemó la cara y las manos, como el whisky escocés le quemaba las vísceras. Allí, en su cabeza, silbaban los misiles y alguien gritaba en inglés, y sus reclutas no sabían inglés, sólo Coca-Cola, yes, okay. Y algunos, ni eso. No había cueva donde guarecerse. Pero no se dejó colonizar, los apartó ‒como quien se saca de encima el asedio de una mosca‒ por negativos, a esos pensamientos.
     Los reclutas se plegarían al juego patriótico. Apenas habían abandonado, ellos mismos, sus juguetes ‒los soldaditos, ya no de plomo, venían de plástico; se conseguían comandos franceses y americanos (la Segunda Guerra Mundial había segado el mundo conocido), persistían los héroes y superhéroes clásicos y algunos invencibles guerreros galácticos empezaban a surcar el cielo de los ’80‒. Atesoraban, los reclutas, igual que él, la fascinante costumbre de la lucha armada. El niño de adentro patea sin tregua, quiere salir ‒se dijo‒, y lideró, obsesivo, su ejército y su táctica.
      La adrenalina brilló en su mirada cuando presionó a fondo el botón y abrió las compuertas a la guerra soñada: el 2 de abril de 1982, sus soldaditos desembarcaron en las islas. Carne de juguete –sonrió el Teniente General en ejercicio del Ejecutivo tripartito‒. Se acarició el mentón con el índice y el pulgar de la mano derecha, como quien saborea un triunfo anticipado. Se dijo y lo dijo, y el eco de su voz se replicó en el mundo: "Si quieren venir, que vengan. Les presentaremos batalla".



(*) Este texto nació de lo pensado y re-vivido el 8 de julio de 2015, noche de estreno en Rosario (Santa Fe, Argentina), de la pieza teatral Carne de juguete, de Gustavo Guirado, una mirada sobre aspectos la guerra de Malvinas.