OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

domingo, 12 de junio de 2011

MARÍA LANESE (*), POETA INVITADA


Auguste Rodin,
Las manos

POETAS DE ROSARIO XVIII

De “Sonidos graves” (Asunto Impreso, 2006)


Din…Don

No hay cristal

que iguale

el breve cuenco de tu mano

de eso

……………tengo sed.



Silencio


Un higo cae

sin duda

de un modo distinto a una gota


la gota cae

haciéndose.


Ambos comparten

_sin opción_

la forma

el vértigo

el instante de ser

el haber sido.


El higo cae de maduro.


Elijo gota.



Clave


Celebremos cada día

lo que el azar nos propone

después vendrán las causas

a acomodarnos un pasado.


De “Mariposas en la lengua”, (Ciudad Gótica, Rosario, 2008)


Alfabeto


Junta piedras al subir

minas que la boca

desparrama.


Mastica borradores de lectura.



Llegan al pozo de la lengua

chivos, tormentas, toros, caballos,

humores en cascada

pasajes que cortan como rodajas de hielo

pelícanos perversos que no ofrecen su presa

amantes que entran atados

con sandalias rojas y amarillas

dejan caer astillas de sándalo

…………..- piedritas de volver -

rana de jade en cuyo lomo cabalgas

……………….palpitante

¡ah! monedita romana de echar suerte

hallazgo de quien anda leyendo sin pensar.

Cierra la montaña con labios y dientes


La palabra

………………..es más alta que el cielo.


Interroga


¿Nos está dado ser

al modo de la chispa?

………………..¿sólo durante el salto?

¿Vivir en llamas

…………………Condena

a revolcarse

………………….entre cenizas?



De “Cartas de Cera” (Inédito)


IX


Pude haber amarrado

tus plantas al umbral

para que ese instante

de acercarte

…………………..fuera eterno


pero no


hubieran quedado

tus zapatos

nadie más podría

llegar a mi puerta


ni yo

……..desearlo.


El espíritu se mantiene despierto con las idas y venidas de los cuerpos.

Plinio el Joven

XVI


eran líneas

eras azor entre dos lunas.


………….La cualidad del ansia

………………………….delatándose en tu espalda.


Torcaza eras

vuelo perfecto

…………………….jadeando

entre el polvo

……………………..estremecido.


Precisión de serpiente

……………………..mordiéndome los pies



De “Ancora” (Inédito bilingüe)


Isla de Elba


Cárcel de mis temores

destierro de mi pena

tu voz

….........pidiéndome

“No te vayas”


Isola d’ Elba


Carcere delle mie paure

esilio della mia pena

la tua voce

…………..chiedendomi

“Non andartene”



(*) María Lanese Nació en Ripalimosani – Campobasso – Italia, el 5 de julio de 1945, toda su familia, de ambas ramas, materna y paterna, desde varias generaciones anteriores fueron campesinos nacidos en este pueblo. Es Psicóloga ejerció su profesión como Psicoanalista hasta el año 1997. Inició en 1986 presentaciones como cantante, con repertorios de música popular dediferentes países.

Entre 1995 y 2007 ocupó diferentes cargos en la Secretaria de Cultura y Educación y en la Dirección de Relaciones Internacionales de la Municipalidad de Rosario. Desde 2007 hasta la actualidad es Coordinadora de la Región Centro - Sur del Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe.

“Sonidos Graves” su primer libro de poemas, incluye collages del artista plástico Adolfo Nigro, fue editado por Ediciones Asunto Impreso – Buenos Aires- Argentina, en el año 2006

Poemas de este libro fueron traducidos al serbio y publicados en revistas literarias deese país.

“Mariposas en la lengua” es su segundo libro editado en el año 2008 por Editorial Ciudad Gótica de Rosario- Argentina.

jueves, 9 de junio de 2011

"NO SE VUELVE", en diario PREGÓN (Jujuy)

domingo 5 de junio de 2011



domingo, 5 de junio de 2011

EL RÍO EN CATORCE CUENTOS, reseña en diario El Litoral, Santa Fe



"Un cauce con catorce barcas"

Por Patricia Severín

“El río en catorce cuentos”, cuentos de autores varios. Ediciones Fundación Ross, Rosario, 2011.

link:

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2011/06/04/arteyletras/ARTE-02.html

Texto completo publicado el sábado 4 de junio de 2011:

Gloria Lenardón y Marta Ortiz reúnen en esta antología cuentos en donde el río aparece como figura principal o se abre como telón de fondo. El río se impone por presencia en la mayoría, y en otros, por omisión. Esta caudalosa antología nos muestra distintas voces casi todas de la provincia de Santa Fe-, en cuyos relatos, el agua suele ser una fuerza abrumadora, una bisagra hacia otra cosa, un giro y también un reconocimiento, a eso que permanece allí, desde siempre, cambiante y a la vez inmutable.

El río separa, une, y se desmadra cíclicamente; internarse en él puede significar quedar atrapado a sus orillas o dentro de laberintos interiores (Beatriz Actis: “La otra orilla”); sobre la barranca amanecida, el amor, la confusión y las drogas, llevan a la aventura y a juegos peligrosos (Fernando Callero: “Marcela”); en el río se trabaja y se lucha, entre conflictos laborales, secretos compartidos y barcas convertidas en símbolos (Sonia Catela: “Barco de boca abierta”); la contaminación, esa “sopa espesa de alquitranes/charca de veneno”, hunde la muerte y la culpa que no corren río abajo (Horacio Convertini: “El pus del diablo”); todo se lo traga el río, y lo oculta en la intimidad de su lecho, con voracidad y silencio (Delia Crochet: “Cuerpos”; Alicia Kozameh: “Carta a Aubervillies”); el río es el paraíso, ese paisaje prodigioso, dador inacabable, que hay que defender a cualquier precio para que la armonía siga reinando (Angélica Gorodischer: “Camino al sur”); la mujer y la discordia llegan desde el río y provocan la fractura entre hermanos (Alberto Lagunas: “Capricho sobre la partida del hermano más querido”); la miseria se amplifica como un ojo hambriento y cruel, cuando en sus orillas el agua desborda implacable (Carlos Roberto Morán: “El más vivo de todos”); hasta su costa llegan todo tipo de personajes e intereses (Marta Ortiz: “Muñecas”); el río es peligro, juego de infancia y promesa, aunque se haya transformado en un lugar inaccesible (María Rosa Pfeiffer: “Mi primo y la canoa”); la urbe se hunde a espaldas del río (Jorge Riestra: “Historia de la crisis”); hay que pagar consecuencias inesperadas por cruzar a la otra orilla (Pablo Crash Solomonoff: “Abadía for export”); la confusión y el desgano, al borde del agua, se llevan esperanzas, amoríos y palabras sueltas, que no logran armarse ni redimirse (Beatriz Vignoli: “Scrabel”).

El río se muestra en su polaridad, vida / muerte: cubre, expone, interpela, aleja, une. Es mudo testigo o traidor o partícipe de conflictos y dramas personales o colectivos. Los distintos brazos de un mismo delta, bifurcan, se juntan, se desplazan, desbaratan, caen y vuelven a rehacerse de variadas formas, en los distintos cuentos, para seguir su trayecto sofocado / embravecido.

No sé si fue buscado por las compiladoras, quizá sí, pues es significativo que el volumen abra y cierre, con el personaje de Juan L.Ortiz, el poeta del río, que sobrevuela con su aliento, con su presencia líquida, desde el inicio y el final, la extensión de todo el volumen.

El nivel escritural, de cada uno de los catorce textos, presenta maestría y estilo; cada voz, cada universo singular, de estas narradoras y narradores argentinos, nos ofrecen en sus prosas la tragedia cotidiana e implacable o los distintos rostros del miedo, la maldad y el desamor.

La impecable edición de Editorial Ross cuenta con un bello diseño de tapa de la rosarina Cecilia Lenardón.


miércoles, 1 de junio de 2011

CUENTO


Giovanni Battista Piranesi:Veduta di Piazza Navona , 1747/1748

Ejecución en la piazza Navona

...la horrible fabricación en serie de la muerte.
Susan Sontag
Desde aquí se pierde un poco el entorno, pero por encima y por detrás de los rehenes, el lugar se parece a una escombrera salitrosa y reseca mezclada con restos de una nieve sucia, amarillenta. De frente a la ancha zanja que abre una brecha oscura a la monocromía, dos hombres jóvenes, de espaldas a este espectador, acaban de encarar el crucial tránsito regresivo de los apenas segundos que aún los aparta de la muerte.
De rodillas, sostienen el peso inhumano de la intemperie, de la indefensión, del miedo amorfo. Detrás, a menos de un metro, un tercer hombre les apunta a la cabeza con una pistola.
Los condenados visten unas camisolas rayadas, o tal vez la tela está sucia y no son rayas, no se distingue con claridad; alguien les ha vendado los ojos con gruesos paños atados a la nuca.
Se enfría mi café en el plato, soy incapaz de beberlo y no puedo quitarles los ojos de encima. Adivino que los pensamientos de ambos fluyen en direcciones opuestas; el de la derecha tiembla, un frío glacial viborea en su espalda al tiempo que murmura palabras regresadas a un origen que roza el balbuceo, el babeo, lo gutural que no alcanza a dibujar la oralidad; el tiempo es apenas un bocado apetecible demasiado breve, el camino que recorre un pétalo al desprenderse de la rosa.
En cambio el pensamiento es una alfombra mágica, viaja más veloz que la luz y por ese intersticio él escapa y olvida que en segundos una detonación mutilará la claridad, lo arrojará de cabeza a la zanja y entonces convoca, en reemplazo de esa imagen, la de aquella cuna balanceándose al pie de un naranjo coposo y fragante en el viejo patio donde transcurrieron los juegos de infancia. El niño en la cuna lo mira con sus mismos ojos y sueña despierto la sonrisa de la madre que se ha dormido en el sillón de hamaca. Las imágenes fluyen empujadas por la premura del acto que el verdugo debe consumar porque para eso ha sido programado y ya no existe escapatoria: el dedo ha comenzado una lenta, calculada presión del gatillo. Pero resta aún una ínfima grieta por donde sustraerse al tiempo; un imperceptible movimiento de cabeza me dice que a pesar de que él tiene la boca reseca y los dientes apretados y lo sacude la serpentina de una convulsión, encontró el modo de detener el vuelo en el corazón de la guerra y descender en una plaza sombreada de esmeraldas en aquella pequeña ciudad devastada el día anterior. Percibo en medio de una difusa, creciente opresión que me cierra el pecho, cómo aferra una medalla en su mano izquierda, como si en ese acto que lo lastima, le fuera la vida.
Yo también me aferro, pero a la taza de café, un sorbo apenas tibio me moja los labios resecos; confirmo que el miedo es contagioso, no hay cordón sanitario que lo detenga.
El otro rehén, el de la izquierda, no logra abstraerse en la visión de la muerte compartida, al contrario, se disocia y llora, grita o aúlla, no se oye claro desde aquí, el miedo a la soledad última despierta en él el bramido de la locura. Pero el grito tampoco dura en esa marcha implacable hacia el fin, cesa tan súbito como empezó; quizá él haya comprendido que el tiempo es una categoría vacía y ya no lo contiene; abandonó sus marcas habituales, le enseñó sin preliminares a convivir con el terror y el sudor frío. -Somos animales de costumbres –me oigo decir, y mi voz suena rara, fuera de mí- y los ojos arden de fijarlos en la inutilidad de esos cuerpos ya casi muertos que me desgarran por dentro y que en pocas horas habré dejado caer en la memoria del olvido, como a todo.
El rehén piensa, apenas piensa porque se le va cerrando el entendimiento, que Dios ya no está en ninguna parte, menos en la zanja donde sólo la humedad de la tierra le abrirá los brazos al caer. Pero el mordisco de tiempo del que aún dispone, como un tibio ajado as disponible en la manga, le alcanza para sentirse rodar una vez más las suaves colinas en los alrededores de la bella Estambul y claro, desde tan lejos, la mirada se deja ir también por las murallas, los minaretes, las cúpulas hasta bajar al Bósforo y después tutela al muchachito que sube y baja las callejuelas angostas y al final trepa la empinada escalera que sube al cuartucho sucio y ahumado donde vivió de niño hasta que después, de grande, emigró a ese lugar donde la mujer y el hijo esperan y la campiña verde, siempre como recién llovida...
Sorbía el último trago de mi café atiborrado de azúcar porque –me di cuenta después-, inmerso en el crimen anunciado, no había usado la cucharita para revolver, cuando dos disparos redondos rotundos diluyeron la integridad de la tarde, la descuajaron de sí, trazaron nítidos círculos de pólvora y óxido y el olor a sangre cruda inundó el aire y la fotografía se vació de contenido. Sólo quedaron los escombros y esa rara clase de nieve empedernida que parecía cubrirlo todo, incluso algunos trechos de esta plaza musical y concurrida, cuando el turista sueco sentado a la mesita contigua cerró abruptamente la página de Internacionales que leía en el Corriere donde la fotografía a color de dos ignotos rehenes a un tris de morir en manos de la enésima máscara del verdugo, me había subyugado.
Ahora que el humo de la pólvora ha desaparecido y los olores se aquietaron dejando traslucir el aire limpio y un aroma renovado a café y a confituras, vuelvo a los detalles históricos y artísticos de la plaza en el centro de esta Roma atestada de turistas; admiro la teatralidad, la ilusión de vida casi ilusionismo en las esculturas de Bernini, la tensión en la musculatura de Neptuno brotando del mar bañado en la luz ligeramente azul del crepúsculo. Pago mi café, me embebo en la vista global de mi último día en la piazza Navona y en Roma, echo a las palomas unos puñados del alimento que compré a propósito esta mañana, y mientras busco una moneda para propina recojo el periódico que el turista sueco dejó en la mesa de hierro naranja que fosforece en la tarde. Lo guardo en mi bolso. No quiero olvidar para siempre. El contraste es más que un claroscuro, la grieta ilusoria se ha ensanchado y la sangre de allá salpica por acá, me salpica. La piazza asoma a través de un molesto cristal que la enrojece. La encharca.
Despacio sigo el camino empedrado que me aleja del lugar, no sé si quiero irme, si quiero quedarme; busco, como quien busca ceñirse en un abrazo, perderme en la peligrosa deriva que la íntima, creciente oscuridad, de la mano de dos o tres nubarrones empetrolados por la luz que declina, de alguna manera va creando.
Por Marta Ortiz