OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

sábado, 12 de mayo de 2012

Un cuento inédito de Marta Aponte Alsina (*)


...entró en la imitación higienizada de una librería de viejo que olía a papel de lujo y tinta fresca. 

por Marta Aponte Alsina (Cayey, Puerto Rico)

Para El vuelo de la noche

Buenos Aires 2010 - Av. Corrientes, la calle que nunca duerme
fotografía: Iván Utz


Corrientes
(2002)

 Un volumen de la Historia general y natural de las Indias, en cofre abierto con entrañas de terciopelo rojo, la victrola de manigueta, el abanico de discos de Gardel y Toscanini: atraído por la mezcla extravagante, –era un paisaje de su propio campo de estudios–, entró en la imitación higienizada de una librería de viejo que olía a papel de lujo y tinta fresca.  
El dependiente no levantó la vista de sus papeles, y él se lo agradeció. Pudo hojear sin prisa, como si de veras le importara, un mamotreto de fotografías antiguas de una oscura provincia. Gente miserable, libro caro. Le llamó la atención una guía del Buenos Aires literario. Por ella se enteró de que muy cerca de allí hubo un nido de ratas y papeles, una librería que pasó como un embuste por un cuento de Roberto Arlt. En la misma guía leyó sobre el inmueble donde “murió de insomnio” Flora Alejandra Pizarnik. Al rato le entristeció el ambiente de facsímiles impecables que contrastaban con las monstruosas dimensiones de la avenida. El cielo distante, rasguñado por los edificios de buhardillas, tenía los colores de algunas banderas. Al otro lado de la vitrina un niño vendía lapiceros de punta retractable –biromes, les llamaban- y emblemas de equipos deportivos. Nadie le compraba.
La mujer se detuvo ante una mesa de madera rubia. Él se fijó en ella sin disimulos, acaso porque ella no daba indicios de haberlo visto, aunque aquellos ojos enormes parecían comerse el mundo. Tenía puesto un chaleco que recortaba su eficaz silueta de muchacho. Se acercó al mostrador de la caja registradora llevando en la mano un libro. Entonces –no antes- él se fijó en el rótulo: “No aceptamos pago en moneda extranjera”.
–¿Sabe si hay cerca una casa de cambio? –preguntó con voz de avara de humos, las manos hambrientas, la espalda muy recta.
El librero no levantó la vista del mostrador. Era un hombre descortés, todos los libreros de esta calle lo son, pero con ella no hay derecho, pensó el hombre.
–¿Hay o no hay una cerca? –preguntó, acercándose a mediar, sin quitarle la mirada de encima a la mujer. Era más joven que él, por lo general eran más jóvenes, pero esta tenía el encanto de una parienta que nos conoció cuando éramos niños. Esas que nos quieren como si fuéramos chicos siempre, con el consuelo de quien no podrá abandonarte en una ciudad donde el forastero se percibe con desagrado.
El librero consultó su reloj pulsera. La pregunta impertinente había agotado su tiempo, que era todo el tiempo del mundo.
–¿Una qué? –preguntó.
–Una casa de cambio cercana, ya oyó a la señora.
El librero miró al hombre con extrañeza, pero sin excesivo interés.
–No sé si hay casas de cambio cerca –y siguió leyendo.
Ella también lo miró y él no supo si atribuir la mirada al despiste de un largo trato con los límites o a una descolocada y fascinante estrategia de  seducción. Era la viva imagen de la foto que adornaba su mesa de trabajo, “tiene una hija muy guapa”, le decían los estudiantes gringos, tan ingenuos, y él nunca sentía la necesidad de desmentirlos.
Cómo describir la calle, pensó cuando salió detrás de ella. La calle, con su masa de cuerpos. La precisión de las diferencias se circunscribía a lo que pudiera registrar de las cosas que le golpeaban, sin tregua ni definición, la retina, evitando una coagulación en la memoria. Bolsas, zapatos sucios, narices, abrigos, marquesinas de teatros.
–No te preocupes –dijo alcanzando a la mujer, tratando de no provocar lo probable. Me queda un poco de cambio, lo suficiente para cenar. Después quién sabe, es mi última noche en la ciudad.  
–Quería comprar ese libro.
El hombre se detuvo. Ella también.
–Bueno, debe haber una casa de cambio aquí cerca. Hoy cierran a las diez, y estoy seguro de que ese señor tan simpático te volverá a recibir con gusto.
Ella le agarró un brazo. Con una felicidad indisociable del asombro, él hubiera deseado que completara el acercamiento dándole un frío beso en la mejilla. Se sentía desperdiciado, decadente, feliz. Una semana atrás había comenzado el viaje al congreso donde disertó sobre un tema orillero por partida doble: el bolero tango, –ese mellizo, ese híbrido– y la crónica deportiva. El tango maleable, flexible, se atuvo bien al son caribeño, al contoneo de caderas en lugar del juego de piernas. De esa teoría de la gestación y difusión de las formas culturales, derivó unas vías audaces hacia las formas de ella, la última gran poeta, una mujer que compartió, sin sospecharlo, en una estricta soledad espeluznante, el tiempo de los otros. Ella, que vivió los horrores del insomnio propio de las redacciones de periódicos cercanas a su casa, donde aspirantes a novelistas se entrenaban rompiendo noches y rasguñando crónicas deportivas. No dejaba de ser voluntarioso aquel enlace entre las formas de la plebe y la poesía cerrada y dura de una hija de rusos trasplantados que se llamó Flora, concebida (su poesía) en un estado parecido al trance. La recepción de la propuesta en la mesa redonda (“El bolero tango: una teoría de la difusión cultural”) había sido fría entre los escasos auditores. Devorando con los ojos de ella la multitud ya no le parecía absurdo haber viajado tan lejos para hablar sobre un tema tan desamparado.
El resto de la semana, entre la petulancia de los colegas, el exceso de café, la compra de libros y el intercambio de direcciones electrónicas, había seguido un trayecto lineal, hasta que esa mañana, al llegar al aeropuerto de Ezeiza, les informaron a los viajeros que el humo del volcán Tungurahua impedía volar por la ruta trazada. Una noche más, pagada por la línea aérea.
–Hay cuerpos en esta calle, ahora. Intestinos, corazones, elementales, groseros, baños de sangre –dijo ella.
–Y son nuestros familiares, sin saberles los nombres, ignorando la ruta que nos juntó –respondió él. –Muchos cuerpos y ninguno. Son fantasmas. El exceso de materia se desgrana en las ondas electromagnéticas que enloquecían a los surrealistas.
–No se dejan ver –dijo ella.
–¿Quieres adoptar a uno de esos cuerpos? Lo rescataríamos, lo brillaríamos con la mirada, lo invitaríamos a cenar.
–¿Adoptamos al librero?
No era una ciudad dispuesta a las adopciones y él lo sabía sin que ella se lo confirmara, pero quedaba la promesa de una hora holgada y el café con unas sillas vacías y un mozo con toalla sobre el brazo. La perspectiva de la avenida más ancha del mundo no parecía el lugar más ameno para sentarse al aire libre, pero atraía detenerse bajo los paraguas abiertos.
La vieron cuando se detuvo a recuperar el aliento. Era perfecta en su purísima escasez, en su intransigente inanición. El hombre pensó que la anciana había nacido para completar un encuentro en el olvido radical de aquella muchedumbre. Como si un camalote de los cientos que bajaban impulsados por la corriente de la avenida fuera a hacer una diferencia en el destino de él, en el destino de la mujer. Una anciana es siempre una pitonisa. El acercamiento improbable quedaría determinado por la ley de la frecuencia, es un ritmo, es una probabilidad, una figura de baile cuyo origen no queda claro.  
El camalote en cuestión vestía un abrigo azul de grandes botones negros, y zapatos que le quedaban grandes. Era flaquísima, tan fina como el papel del menú que el mozo había depositado sobre la mesa antes de volver, como quien no quiere la cosa, a ocupar su lugar de brazos cruzados ante la puerta del local. Él miró a la mujer a los ojos, y no tuvieron que hablarse. Tan pronto la anciana se acercó, se puso de pie y la abordó.
–Disculpe, señora, ¿sabe si por aquí cerca hay una casa de cambio?
A la vieja le tomó un segundo escuchar y recomponer las palabras. Miró a la joven, se sonrió con ambos, y solo entonces el hombre se dio cuenta de que tenía los ojos tan azules como su abrigo. La casa de cambio no estaba cerca, pero tampoco lejos, a unas cuadras de allí, aunque hacía frío –ya ni los fósforos son como los de antes– y ella tenía un mandado de un vecino enfermo.
–Si no estuviera tan ocupada con mucho gusto los acompañaría.
Entonces a él se le ocurrió sacar un mapa que llevaba en el bolsillo del abrigo y pedirle a la señora que le indicara, si la amabilidad se lo permitía, en qué lugar se encontraba la casa de cambio más cercana. Le ofreció un café y ella, que tiritaba de frío, le dijo que sí y accedió a sentarse, porque se ve que son personas decentes.
–¿Vive cerca? –le preguntó ella sin temor a cometer una indiscreción. Era joven, nunca tendría más de 33 años. Cuando él muriera, ella seguiría invariable; una joven que ya no podría despertarlo de noche para hablarle de sus inquietudes absurdas, desleales.
La anciana vivía en un barrio lejano, donde todavía podían encontrarse pensiones modestas. Era maestra jubilada, la jubilación apenas le daba para comprar papas y café. Si decidían quedarse podría cederles su cama. Era la única manera de prolongar casi al infinito una estancia en la ciudad.
El hombre tuvo la sensación de que el viento modulaba las voces. El viento y el cansancio. Las mujeres eran hojas de papel, banderas al vuelo, palomas susurrantes. Costaba entenderlas. Atribuyó el desvarío de las voces a la falta de una infusión estimulante.
–¿Qué le pasa a este mozo que no nos atiende? Disculpen, señoras.
Y se levantó y entró en el café, casi gritando a ver si dejamos de ser invisibles, pero nadie se dio por enterado, ni la negra vieja que enjuagaba copas, ni la pelirroja de largas piernas cruzadas que acariciaba una bolsita de azúcar con los dedos. Era, no cabía dudarlo, Rita Hayworth. A su lado, un hombre de nariz aguileña, con el sombrero de ala ancha apretándole las sienes, hablaba sin parar con otro hombre que tenía espaldas de boxeador. El lugar se borraba, como si hubiera anochecido de golpe, un silencio embozado sellaba las caras gesticulantes mientras un lorito de plumaje opaco saltaba de una silla a otra. En una mesa del centro la mujer, la misma, leía. Se acercó desorientado y se colocó a espaldas de ella, deseándola, sin atreverse a tocarla. La figura del libro que la mujer leía era ella, la misma, sentada en un sillón. Una mujer vibrante, que no dejaba de moverse, que pasaría la eternidad meciéndose con desenfreno, dejándose llevar por la luz del viento en una siniestra recámara oscura.
El hombre salió sin levantar la mirada del suelo sucio. Se acercó a la mesa del paraguas. Ya no estaban ni la vieja ni ella, la mujer duende del retrato, la que sus estudiantes confundían con su hija, sin adivinar que era su mujer. No podía pretender que siguieran allí, hacía tiempo que no espesaban el eco de los ruidos transeúntes con sus voces roncas. Se preguntó si volvería a pasar por su vida una fulguración de líneas cruzadas. Excavaría, capas y capas de sombras, sin moverse de aquel café, de aquella esquina, hasta recordar su propio olor, el olor de ella. Risas mudas en el interior de las paredes. 
Se sentó. Quedaba pendiente hacer la maleta. Solo tenía que acomodar las últimas compras, unos regalos para los nietos. En la cama del hotel dejaría los pijamas. Jamás regresaba con la ropa de dormir comprada para el viaje. Elegía pesar menos de la piel hacia afuera. Detalles. Cuando –al cabo de un silencio inexistente, como quien decide reconocer el cansancio– el hombre concluyó que no tenía prisa, el mozo se acercó a tomarle la orden. 


(*) Marta Aponte Alsina: Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico. Es licenciada en Planificación Regional por la UCLA y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York. Ha publicado ensayos sobre literatura, además de las novelas Angélica furiosa (1994), El cuarto rey mago (1996), Vampiresas (2004), Sexto sueño (Veintisiete Letras, 2007, Premio Nacional de Novela del Pen Club de Puerto Rico) y El fantasma de las cosas (Terranova, 2010), así como los libros de relatos La casa de la loca y otros relatos (2001) y Fúgate (2005). Blog: Angélica Furiosa.

viernes, 4 de mayo de 2012

VI Festival Internacional de Poesía

“Palabra en el Mundo”
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Vorto en la mondo, Palavra no mundo, Parola nel Mondo, Worte in der Welt, Rimayninchi llapan llaqtapi, Paraula in su Mundu, Cuvânt în Lume, Parole dans le Monde, Ordet i verden, Word in the world, Palabra no mundo, Ñe’ê arapýre, Paraula en el Món, Chuyma Aru, Koze nan lemond, Kelma fid-dinja, Milim ba ólam, Nagmapu che dungu, Tlajtoli ipan tlaltikpaktli, וורט אין ועלט (Vort in Velt), Dünyada kelime,  العا لمفي كلمةlhamet ta íhi honhát, , Titzaa Yeezii Loyuu

10 al 22 de mayo del  2012

Démosle una oportunidad a la paz



 Cuando el río suena*


(Rosario, Santa Fe, Argentina)


Presenta:

“Palabra de poeta”

el Jueves 10 de mayo a las 19, 30
Lennon (Urquiza y Paraguay)

Poetas invitados:

Marcela Armengod (Rosario)
Sonia Contardi (Rosario)
Marcelo Cutró (Rosario)
Patricia Severín (Santa Fe)


El músico y compositor

Caio Viale (Rosario),

interpretará temas basados en textos del poeta Nazim Hikmet.

_________
*(Cuando el río Suena: Graciela Aletta de Sylvas, Gloria Lenardón, Florencia Lo Celso, Alejandra Mendez, Marta Ortiz, Jorgelina Paladini, Ana Russo, Tona Taleti, Mariana Vacs; e-mail: cuandoelriosuena8@gmail.com)

VI FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA "PALABRA EN EL MUNDO"


lunes, 30 de abril de 2012

TIRABUZÓN, Nueva novela de Angélica Gorodischer:

Tiempo, género, rebelión y divertimento

Por Graciela Aletta de Sylvas (*)

“Tirabuzón”, de Angélica Gorodischer. Editorial Fundación Ross, Rosario, 2011.
Angélica Gorodischer escribe su reciente novela “Tirabuzón” en Garopaba, Brasil, resguardada del sol y el calor en una casa con un gran ventanal frente al mar. Esa inmensidad de arena y agua salobre incentivan su imaginación, que no es poca, y mientras otros y otras convocan su presencia a gritos desde la playa, ella prefiere teclear en su computadora este entramado de palabras que de a poco se va convirtiendo en una novela en la que la luz del sol, la levedad del clima y un aire de bienestar general la atraviesan de principio al fin. Se trata de una historia que se lee con verdadero deleite, como un divertimento que tiene un final feliz. Un lector ingenuo, ocupado en leer el transcurso de la historia y la ligereza del tono, puede no advertir que esta novela está apoyada en una concepción del tiempo, en un posicionamiento de género y en el constante combate de los prejuicios sociales.
La novela ha sido publicada por la Editorial Ross en la colección Narrativas Contemporáneas dirigida por Gloria Lenardón y Marta Ortiz. El objeto libro ha sido prestigiado por las fotos originales de tapa y contratapa de la fotógrafa Cecilia Lenardón, quien ha seleccionado exquisitos fondos de flores, pequeñas y delicadas muñecas de porcelana, una de frente junto a un reloj taiwanés de los años sesenta y otra de semiperfil saliendo de una vieja y oxidada lata de té La Virginia. La presencia de esta figura femenina no es casual ya que, ahora sí, el texto de la novela retoma los caminos del feminismo que Gorodischer ha transitado con impronta literaria y militancia política.
Helena, la protagonista, es una joven sometida a los designios de un hermano sin escrúpulos quien, sin tener en cuenta los deseos propios de la joven, resuelve su vida obligándola a dejar su trabajo como profesora de francés para cuidar a su madre moribunda en aras de la economía familiar. Pero Helena, como Emi, el personaje femenino de la Fábula de la Virgen y el Bombero, como tantas otras de su producción, se desempeña con soltura a partir de la muerte de su madre, abre puertas y encuentra, a pesar de sus miedos, los caminos de la liberación. No faltan los golpes de suerte que le permiten a nivel económico y bien aconsejada, hacer negocios, viajar y encontrar un amor. Reclama la plata de la herencia, su parte y su nombre. Claro que tiene el apoyo de Max, su asesor financiero, un hombre de 86 años que también debe dar su batalla en la empresa para demostrar que su eficiencia está intacta y que su intuición para los negocios es más certera que la de sus hijos, quienes sólo piensan en jubilarlo como si fuera un objeto descartable. Ambos constituyen un par que se rebela contra las convenciones y lugares comunes que circulan en nuestra sociedad acerca de la edad (una por joven, otro por viejo) y los prejuicios de género.
Helena también cuenta con la ayuda y consejo de escritores de otras épocas quienes se entremezclan con la vida real y con quienes mantiene continuas conversaciones clave. Son sus amigos, compañeros, fantasmas benéficos que la acompañan en la aventura de vivir. El archivo de lectura de Gorodischer se refiere en esta novela a la literatura francesa, como corresponde a la cultura de la protagonista, y se evidencia en las citas y palabras de estos personajes. Ellos impulsan a Helena para actuar prescindiendo de trabas a pesar de los peligros en el camino, le dicen unas cuantas verdades y se constituyen en sus otros yoes. Algunas mujeres como Colette, Olimpe de Gouges, Christine de Pisan, Léonore de Aquitania, y algunos hombres como Balzac, La Rochefoucault, Rimbaud, Michel Ney, Mariscal de Francia, no agotan la lista pero dan una idea de sus posturas ante la vida.
La figura del tirabuzón es la metáfora del tiempo que gira y vuelve: “... que muerde la carne del tiempo; el tiempo por el que volvemos y volvemos a volver, el tiempo que nos recobra, el que antes de soltarnos para que resbalemos hacia otra vuelta, nos permite la mirada culpable de quien engaña, se engaña” (p. 115). Ese tiempo que envuelve a Helena no como sudario, sino como pareo, sarape, tapiz, rodeada de luz y niebla entre vueltas, regresos y adioses en la escala redonda de un tirabuzón de oro que brilla en la noche que gira, pasa por los lugares que ya pasó pero un poco más allá. Desaparecen así las limitaciones geográficas y cronológicas, París es el umbral de su casa, el periplo de viaje termina en el regreso pero de forma diferente, más allá, como apunta la escritora, las voces de otras épocas resuenan con vigencias actuales. El tiempo se recicla y avanza en esa espiral que recrea e inventa el mundo, en ese milagro que posibilita que esta mañana sea la misma “que vivió una multitud herida hace veinticinco siglos a orillas de un río de nombre desconocido” (p. 128). Así lo anticipa el epígrafe de Waqas Ahmad Kwaja, el escritor pakistaní y profesor de literatura inglesa en el Agnes Scott College, que dice así: “On the other side of the morning is morning again”.
No es la primera vez que Angélica proyecta su interés por los ensayos científicos en sus textos narrativos. Ya en “Trafalgar” (1979) incursiona en el tiempo sincrético y en la infinitas variantes de tiempo. Sus lecturas de Mulnö (“Tres ensayos sobre el tiempo”), Woods (“Times Time”) y de L’Ho (“Realité e irrealité du temps”), así como de narraciones de Phillipe Dick y Kurt Vonnegut, cobran vida en el entramado de sus cuentos. La ucronía y los condicionales contrafácticos constituyen el tema de “Los gatos de Roma” y en “El inconfundible aroma de las violetas silvestres” (“Las Repúblicas”) aborda la noción de la teoría de la relatividad del tiempo de Paul Langevin.
No podemos dejar de mencionar el rol que el lenguaje desempeña en esta novela. Con la maestría, creatividad y destreza que es inherente a toda su producción, Gorodischer transita por los caminos de lo coloquial y de lo poético, en una prosa que bajo la apariencia de espontaneidad encubre la dedicación y pasión por las palabras.

(*) Escritora y docente. Dra. en Letras. Universidad Nacional de Rosario

 

LINK: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2012/04/28/arteyletras/ARTE-02.html

sábado, 28 de abril de 2012

ANDREA OCAMPO (*), POETA INVITADA


 Andy Warhol, “Colored Campbell’s Soup Cans” (1965)

POESÍA DE ROSARIO XXIV

Todos los poemas aquí publicados pertenecen a Góndola (El ombú bonsai, Rosario, 2011)

SIRENAS

La solución quizás sea sentarse
en lo alto de la góndola
y esperar. Pasarán
los cadáveres de nuestros enemigos
empujando sus changuitos
por el pasillo de sopas y conservas.
Me encantan las sirenas,
silenciosas y kafkianas.
Calladas se  defienden.
Ahí está el peligro:
no vienen a mí: yo voy hacia  ellas.
Derivo del billete a la moneda,
al papel, al plástico. La metonimia perfecta:
una foto, tu firma y cuántos meses
para que el miedo pierda interés.
Miro sus bocas sin oírlas, sé de lejos
el precio de lo que ofrecen y lo que vale:
humilde esperanza humana de vivir para pagarla.



DOMINGO

Lindo día para ir al supermercado.
Temprano. Para pasear.
Las mujeres se pierden
en góndolas de amor y arroz.
Desde cada estante
las voces reclaman
a los prevenidos paseantes.
Murmullo de sopas vegetales.
Seductora voz masculina
en las tres hojas de corte diamante.
Risas infantiles
en el dulce de leche 
y un rumor beligerante
en la sección limpieza.
Armas químicas caseras
para masacrar bacterias.
No vinimos a buscar la vida eterna
y sin embargo…
el mundo entero se nos ofrece,
se exhibe posible
a mano
listo para llevar.
No quiero una piel nueva.
Esta relata mi vida
como los anillos de un árbol.
El pan se endurece, la carne
se pudre, la verdura
muere y lo demás vence.
La lucidez de la necesidad
saca al pasillo mi lado salvaje
y festejo mi maravillosa vida
en su feliz degradación.
 

LÓGICA DEL MENDIGO

El mendigo pide de memoria aun dormido
repite reclama bajito
no es cuestión a veces dice cuánto
y por qué para qué el mendigo
escucha las razones
por las que se le niega la limosna
y agradece siempre. Un horizonte
de sorpresa es el límite de la limosna. 
Cada quien es mendigo y sabe
que aunque espere no va a ser suficiente
y habrá de mostrar la mano pidiendo el resto.
Haremos del cuerpo el umbral la plaza
y con mucho cuidado
elegiremos las dos o tres
palabras para mendigar.
Y aún dormidos repetirlas la mano estirada
los ojos largos. Jamás preguntar
por qué agradecemos lo que no hemos pedido.



ÁLBUM

El alma de tanto retrato inesperado
es la última ilusión
de un tiempo reversible.
Si fuera cierta la idea loca del regreso
y quedarse un poco
concentrando la fuga estancada
en el detalle que se descubre después
de hojear el álbum
diez mil veces
paso el dedo por mi álbum
de almas perdidas
después de una foto sin avisar
paso el  dedo y se van muriendo
como el reseco souvenir
de un mágico momento entonces y ahora
se ha olvidado uno de para qué lo guardó.
Repetidos y sin orden, galpón kiosco
bazar subiendo y bajando
paquete caja cinta para embalar
civilizadamente dejar que se lo lleven todo.
Lo contrario es resistir el absurdo
como si el tiempo se plegara
un tiempo de hojaldre
amasado hasta lo invisible en miradas
superpuestas, condensadas,
abiertas en cientos de hojas.
Mi madre dice que entre las cosas heredadas
de mi abuela había un vestido sin estrenar.


 
ELEGÍ

Elegí el fuego, por supuesto, más que las voces
la sangre o el amor elegí el fuego.
Pensaba los objetos como un  fuego compacto contenido el envión de la mano en alto
para tocar la voz del cielo. Pensaba
no hay dolor en el fuego, una quemadura
de adentro hacia fuera: la fe, por ejemplo.
Pero no estaba lista para elegir, me quedé
en la hipnosis del rojo en la madera,
el fulgor del metal, el cristal caprichoso.
A salvo para siempre en la agonía
de una muerte explicada. Sospechar del fuego
hasta no saber si así es el fuego.
Sospechar del cuerpo que ya no quiere nada
y mucho menos otro cuerpo. Elegir otra vez
el fuego y ser ceniza al primer viento.
El viento no distingue una ceniza de la otra.


 DE GIRA

Superficies ajenas, luces, olores,
ruidos de un lugar que quizás ya no se visite.
Un sitio sin recuerdos. Un cuerpo sin recuerdos
se acomoda fácil a lo desconocido.
Pero sacarle los recuerdos al cuerpo
es más difícil que evitar un sueño.
Vuelvo en sueños a los lugares que no visitaré.
Solo así puedo ver tu casa. Saber si estás.
Dónde. Cómo. El agua. La comida. Tu ropa.
El techo de aburrirse, el patio de la primera estrella,
la pared triste, esa ventana que cuida tu árbol.
Estar entre tus cosas hasta la claridad,
cuando rápido juntemos los disfraces.


PIEDRAS

Es como haber encontrado una piedra
maravillosa y rara
sin fecha de origen más allá de mi mano.
Una piedra cuyo corazón desconozco
y guardo,
cuidando que no se rompa.
Apretada en mi mano
conservo un calor diferente
del mío, una noción de la belleza basada
en lo incomprensible.
No ser otra para estar con otro.
Una piedra tiene su propio destino
no pienso engarzarla
ni colgármela en el cuello.
Me basta tocarla en el bolsillo
saber que es mía por un tiempo
sin pensar cuánto,
recorrer sus manchas sus estrías
saber que no soy la primera
ni la última en tenerla.
Formará un ábaco o un castillo
con todas las piedritas
que fui recogiendo en mi vida.
Será el amor la misma
piedra. La misma piedra. La
misma piedra.


(*) Andrea Ocampo (1968)
Vive en Rosario. Coordina talleres de escritura. Periodista. Columnista de literatura en Radio Universidad de Rosario. Poemarios: Lo bueno breve (1998); Dale brazos (2001); Segunda edición y sueltos (2003), Góndola (2011)

jueves, 26 de abril de 2012

CUANDO EL RÍO SUENA

Jueves 26 de abril | 19 hs

Bar Lennon (Urquiza y Paraguay)Presentación oficial del grupo de poetas y narradoras:Cuando el Río Suena



+ Presentación de la antología Cuando el río suena | Editorial Vinciguerra


Sobre Cuando el Río Suena

Integrantes: Graciela Aletta de Sylvas, Gloria Lenardón, Florencia Lo Celso, Alejandra Mendez, Marta Ortiz, Jorgelina Paladini, Ana Russo, Tona Taleti y Mariana Vacs.

El grupo se define como un espacio democrático que tiende sus redes al modo del río que abraza las diferentes esquinas de la ciudad, apoyando así una mejor y libre apropiación del lenguaje por parte de la comunidad. Se plantea como instancia inclusiva y alternativa al espacio académico para la difusión de expresiones multidisciplinarias derivadas de la literatura, la plástica, la música y la fotografía. El cauce sustentado ahonda la reflexión y comprende la creación de seminarios, cursos, talleres, lecturas.

Entre las próximas actividades programadas se cuentan la edición local del festival internacional de poesía Palabra en el Mundo 2012, la presentación en nuestra ciudad del poeta argentino radicado en México Eduardo Mosches ―director de la prestigiosa revista Blanco Móvil creada en1985―, y un seminario de poesía latinoamericana que dictará el poeta argentino Jorge Boccanera.
 
CUANDO EL RÍO SUENA: De izquierda a derecha: Gloria Lenardón, Alejandra Mendez, Florencia Lo Celso, Mariana Vacs, Graciela Aletta, Marta Ortiz, Tona Taleti, Jorgelina Paladini, Ana Russo.
 



Sobre la antología:

En el mismo acto, Gloria Lenardón y Alejandra Mendez presentarán la antología Cuando el río suena, editada por editorial Vinciguerra para su colección de poesía SUMMA, cuyas autoras son: Florencia Lo Celso, Marta Ortiz, Jorgelina Paladini, Ana Russo, Tona Taleti, Mariana Vacs y Graciela Aletta de Sylvas.
 
“Se trata de razonamientos que tienen como propósito interferir, entrecruzarse en la línea lógica del pensamiento, quizá queriendo volver más visible el fondo del cauce por donde corre el agua no siempre clara. Son poemas que van salpicando la antología desde una toma de posición". Gloria Lenardón.