Auggie Wren’s Christmas Story, de Paul Auster publicada por el New York Times en 1990, incluida en el filme SMOKE (1995), dirigido por Wayne Wang con guión de Paul Auster, es el más sensible y bello cuento de Navidad que recuerdo. Canta Tom Waits.
Auggie Wren’s Christmas Story, de Paul Auster publicada por el New York Times en 1990, incluida en el filme SMOKE (1995), dirigido por Wayne Wang con guión de Paul Auster, es el más sensible y bello cuento de Navidad que recuerdo. Canta Tom Waits.
Nota completa:
Selección de poemas de J.E.P.
La gota
La gota es un modelo de concisión:
todo el universo
encerrado en un punto de agua.
La gota representa el diluvio y la sed.
Es el vasto Amazonas y el gran Océano.
La gota estuvo allí en el principio del mundo.
Es el espejo, el abismo,
la casa de la vida y la fluidez de la muerte.
Para abreviar, la gota está poblada de seres
que se combaten, se exterminan, se acoplan.
No pueden salir de ella,
gritan en vano.
Preguntan como todos:
¿de qué se trata,
hasta cuándo,
qué mal hicimos
para estar prisioneros de nuestra gota?
Y nadie escucha.
Sombra y silencio en torno de la gota,
brizna de luz entre la noche cósmica
en donde no hay respuesta
Memoria
No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.
A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.
Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.
Un poeta novohispano
Como se ahogaba en su país y era imposible
decir una palabra sin riesgo
Como su vida misma estaba en manos
de una sospecha una delación un proceso
el poeta
llenó el idioma de una flora salvaje
Proliferaron
estalactitas de Bizancio en sus versos
Acaso fue rebelde acaso comprendió
la ignominia de lo que estaba viviendo
El criollo resentido y cortés al acecho
del momento en que se adueñaría de la patria ocupada
por hombres como sus padres en consecuencia
más ajenos más extranjeros más invasores todavía
Acaso le dolió tener que escribir públicamente tan sólo
panegíricos versos cortesanos
Sus poemas verdaderos en los que está su voz
los sonetos
que alcanzan la maestría del nuevo arte
a la sombra de Góngora es verdad
pero con algo en ellos que no es enteramente español
los sembró noche a noche en la ceniza
Han pasado los siglos y alimentan
una ciega sección de manuscritos
(foto Néstor Sieira)
A LOS 82 AñOS MURIO LEONIDAS LAMBORGHINI, UN HOMBRE QUE PARTIO AGUAS EN LAS LETRAS
Por Silvina Friera
¿Quién va a meter las patas en las fuentes de la poesía ahora que te fuiste, adorable bufón, “periférico” y “marginal”, de risa canalla? “El tono es todo, vos le cambiás el tono a un texto y chau”, dijiste a quien esto escribe, como puede, intentando que el acento no se precipite por el abismo de la tristeza alambicada. A Leónidas Lamborghini, que murió ayer a los 82 años, al poeta que revolucionó la poesía argentina con El solicitante descolocado y escandalizó a los vates elegíacos que lo acusaron de mancillar la poesía, no le gustaría una inflexión fúnebre, solemne, de efecto emotivo y lacrimógeno. Contra esa modulación, que asfixiaba a la poesía argentina de fines de la década del cincuenta, plantó sus banderas revulsivas sin concesiones. O mejor dicho, desafiante y también a la defensiva, porque intuía los rechazos que provocaría su estética socarronamente gauchesca, barajó y dio de nuevo al lanzar un experimento hasta entonces inconcebible, aunar lo nacional y popular con una propuesta vanguardista, burlona y lúdica, en una época de escasa fertilidad para comprender el “compromiso” que el poeta estaba asumiendo. Su voz será eternamente joven; el mote de octogenario le sentaba como una patada al hígado de sus versos, siempre nuevos y agitados por una respiración entrecortada, como si balbuceara.
Quizá para escribir sobre Leónidas haya que entregarse a una suerte de “vagabundeo mental”, que es lo que el poeta practicaba, encerrado en su austero departamento de la calle Laprida, tratando como Prometeo de arrebatarle palabras al silencio en compañía de su perro Dodó. Un hombre joven, que había nacido el 10 de enero de 1927 en Buenos Aires, para colmo de males peronista y poeta, andaba desorientado por las calles de una Buenos Aires convulsionada por la represión de la “Revolución Libertadora” del ’55. Hijo de un próspero ingeniero industrial que no toleró la idea de que sus hijos (Leónidas y Osvaldo) se dedicaran a la literatura, Lamborghini se la rebuscaba como cobrador o encargado de fábrica, lo que pintara, mientras garabateaba sus primeros versos, que se publicaron en la plaqueta El saboteador arrepentido. Le agarró un metejón, el de la poesía, que nunca lo abandonó, a pesar de que no cuajaba con la estética de la generación del ’40 ni pertenecía a la generación del ’50. Pero el hecho de ser un huérfano no lo amedrentó. Sabía que andaba solito, pero estaba convencido de que lo que estaba escribiendo valía la pena.
Comenzó a probar con el contrapunto de voces de su emblemático poemario, El solicitante descolocado, reeditado el año pasado, a cincuenta años de su publicación, por la editorial Paradiso. Una es la del solicitante descolocado, en el infierno de la degradación de toda una sociedad y de su existencia porque la aventura peronista quedó clausurada. La otra es la del saboteador arrepentido que espera la redención de sus culpas. De modelo, le sirvió la gauchesca del Martín Fierro, las voces de Cruz y de Fierro, pero también su libro de cabecera, Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. El ciclo de El solicitante descolocado incluiría los poemarios Al público, Las patas en las fuentes, La estatua de la libertad y Las diez escenas del paciente.
En aquella entrevista con Página/12, el poeta recordaba a ese solicitante descolocado, esa voz con la que a los 81 años continuaba dialogando. “El solicitante lanza consignas, ha leído a Marx, a Perón, a Dante, Baudelaire, Discépolo, los poetas gauchescos y todo eso es una mezcla explosiva para él. Su cabeza no da para hacer una síntesis. Habla como puede, a balbuceos, a tartamudeos. Ahí empieza la utilización de un recurso, el anacoluto, que es dejar la frase por la mitad, pensando que al podar ahí toma más fuerza que si le ponés la información. Siempre he dicho que se ve más la rama en el tronche que en la rama entera. En el poema clásico se pasa sin transición a que la musa ayude al poeta, tanto en Homero, como en Dante y en Hernández, pero acá se establece una tensión porque se le niega virtud, en el sentido de poder. El solicitante no tiene virtud para hacer un poema, trata de decir como le venga, y nunca tiene tiempo. ¡Lo neurótico que es ese personaje... como para tenerle fe! Es una especie de Erdosain, si hablamos del modelo, pero el autor siempre se equivoca.”
Quienes han tenido el privilegio y el placer de pasar unas horas o una tarde con Lamborghini saben del manantial de anécdotas que podía desenterrar de su memoria, a veces un tanto esquiva, este viejo encantador. Cuando aún era un poeta inédito, leído por unos pocos que “le dieron pelota”, Rodolfo Alonso y Paco Urondo le prometieron organizar una lectura en el Teatro del Pueblo. Hacia allí rumbeó el poeta con su cuadernito. La gente comenzaba a irse. Emma de Cartosio, según lo narraba Lamborghini hasta imitando el tono exasperado, se levantó y gritó: “¡Para esto pagué, para esto vine!”. En otras lecturas, también sintió la reprobación de sus pares. “Esto es confuso”, “eso no es poesía”, o “¡Qué hace esa risa sarcástica, payasesca en un poema, por favor!”. “Todo lo que oliera a peronismo era la alpargata, más un poema que se llamaba Las patas en las fuentes. Hasta los muchachos del aparato me corregían y me decían: ‘No compañero, las patas en las fuentes no, los pies en las fuentes...”, repasaba Leónidas.
El poeta sabía que tenía que asimilar la distorsión y devolverla multiplicada: “Vos me decís aluvión zoológico y yo te digo las patas en las fuentes”. La eclosión, el bullicio social, el ascenso de una clase no lo asumía la poesía de fines de los años ’40 y principios de los ’50. “Los poetas del PC hablaban de un obrero idealizado y con un lenguaje poético y no con el lenguaje de la calle, no miraban que eso podía ser una poética también. Eso era inédito. El que lo aceptó fue Marechal, pero estábamos en la misma onda. Marechal me dijo que yo había abierto un nuevo camino para la poesía. Pero eso fue a posteriori, en los ’60, cuando nos conocimos”, comentaba el poeta. La risa no tenía el beneplácito de los elegíacos, que creían lo que él hacía era un chiste o una o broma, la más genial y formidable broma de Leónidas que por una ceguera y sordera combinadas no podían apreciar. Los precursores pagan el precio del rechazo, aunque después el tiempo y los lectores se encarguen de reparar las viejas heridas.
Lo corrió el terror de la dictadura por su militancia peronista –fue guionista del programa radial El Toto te la canta justa, de la campaña de Héctor Cámpora–, y se exilió en México desde 1977 hasta 1990. “Tuve suerte de encontrar laburo, pero no toqué para nada la poesía. Me sentía extraño. Fue como pasar de un exilio a otro”, se lamentaba por ese período de sequía. Pero regresó y siguió escribiendo en sus cuadernos (la computadora para él era “fantasmal”) y publicando, entre otros, Circus, 11 reescrituras de Discépolo, Perón en Caracas, Mirad hacia Damsaar, La risa canalla (o la moral del bufón), Encontrados en la basura, Carroña última forma; las novelas Un amor como pocos, La experiencia de la vida y Trento; además de la obra de teatro Perón en Caracas.
“Hay que captar y ver lo que está volando para ponerlo en un poema”, sugería el poeta. “No hay originalidad, todo pasa por apropiarse de lo que cada uno crea que le sirve. Por eso hay que tener mucho cuidado con la palabra creación, como si fuera ex nihilo, es decir de la nada”, advertía Leónidas. “Hace rato que nos venimos influyendo, copiando y reciclando desde Homero, o antes que él. Hay un reciclaje continuo de temas, de expresiones, de versos, que se van presentando de otra forma. Yo adhiero a lo que dice el Eclesiastés, ese libro maravilloso: ‘No hay nada nuevo bajo el sol’. Cuando alguien habla de originalidad, o es un estúpido o es un impostor.” Leónidas confesaba que no se sentía cómodo con el actual reconocimiento y que añoraba la época en que se lo criticaba. “El sistema primero te rechaza y después te adopta, entonces uno tiene que tener mucho cuidado y desconfiar. No hay un libro mío que se parezca al otro; no para desacomodar al lector sino para desacomodarme a mí mismo y no acostumbrarme a estar en un mismo lugar, porque a mí entre otras cosas se me acusó de no tener estilo. Si hay una unidad en mi obra, está en el cruce entre lo ‘alto’ y lo ‘bajo’.”
Cuando Ricardo Piglia presentó el poemario Odiseo Confinado en 1992 (reeditado por Adriana Hidalgo), escribió un recordado texto en el que confesaba que “todos admiramos a Leónidas Lamborghini y todos lo hemos copiado”. Se lo va a extrañar, pero con una limpia y sonora carcajada, de ser posible, al evocar sus poemas, sus reescrituras, su empecinamiento poético y vital. Leónidas fue el big bang de la poesía argentina. Tal vez ahora más que nunca sea pertinente citar una de sus frases de cabecera de su amadísimo Discépolo: “Tanto dolor que hace reír”.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-16001-2009-11-14.html
La voz del poeta:
Fragmentos de El solicitante descolocado
El saboteador arrepentido
Oh Máquina de los Recuerdos
y esta música traqueteante
renace, que aún vive, que aún persiste
de los batanes.
Gran Cuarto de los zurcidos
bajo el tribunal de las telas en crudo
en otoño nací.
¿Mi destino estaba sellado?
cuando la más vieja de las zurcidoras
—toca en mis sienes con su resplandeciente
aguja especializada—
dijo
—Dirigirá esta fábrica
toda la producción
pasando por sus manos.
Entonces me erguí
mitad empleado - mitad obrero
sólo como un monstruo sabría hacerlo
y trozos aún del cascarón textil
lo alcancé bien y comprendiendo que
aquello era
sentencia
angustia fabril
y dolor de conflictos en la mano de obra
Huyendo por debajo de las mesas
revisadoras
describo inverosímiles curvas
económicas
avisé apresurado en las paredes
prefiguró mi sueño.
Si el abrazo fue un impulso
que disparó al aire azul
tu holograma
envuelto en el abrigo de paño gris.
Flotabas.
Un sexto sentido me advirtió:
cruzabas la calle de humo.
Y el tono del abrazo postergado
barrió la miga
que mi pan
de tristeza
desmigaba.
por Marta Ortiz
Nota completa, por Graciana Petrone:
http://www.elfisgondigital.com/fsgnw/arte/nota.vsp?nid=46966
Cardoso, Rocío, Detrás de esa máscara; Ediciones Botella al Mar, Montevideo, Uruguay, 2009
Detrás de esa máscara contiene XXXVI poemas articulados en tres partes. Cada una abre con la reproducción de una pintura del artista plástico uruguayo Luis Arias y un poema o acápite de Omar Khaiame, poeta, matemático y astrónomo persa nacido en 1040, autor de las célebres Rubaiatas.
Y aquí da comienzo el arduo y amoroso trabajo de Rocío, quien entabla una suerte de dialéctica que va imbricando su palabra y experiencia contemporáneas, a la palabra ajustada y sentenciosa del célebre poeta medieval. Cada verso citado de Khaiame es sujeto de reinterpretación, reformulación, respuesta o propuesta, apelando siempre a la forma poética breve, epigramática.
Intentaré reflejar esta clase de contrapaso o de figura de contradanza que Rocío -a partir, o anticipándose a los versos de Khaiame-, escribe.
La pintura de Arias expone en primer plano un gran bolso o maleta de viaje que enfatiza la idea de “estación” o lugar de paso, dando cauce así a la primera parte. “No es este mundo / morada permanente / es estación de veraneo”, dicen los versos del persa. Plantea la duda: al trasponer el último límite tal vez “logremos recuperar la ciencia” perdida, la muerte sería vista así como puente al conocimiento. Pero se trata sólo de un dibujo posible, de una conjetura, disfruten cada segundo –advierte-, “antes que alguien / nos haga desbordar la copa / con la sorpresa de la muerte”. Nos espera el olvido, agrega. Y Rocío traza su primera figura rechazando el olvido: sus versos dejan entrever que la muerte luce máscaras diversas y adopta diferentes contornos fingidos. Es un templo –la muerte- donde no caben la sombra ni el olvido. Los rostros del pasado alucinan, arriman su suerte, viven del recuerdo. La poeta expresa vívidamente el asedio de huellas que la marcaron, “el rastro de tu boca”, -leemos- una boca que ya no está mientras las sábanas frías claman por el calor del cuerpo perdido. En tanto, el viento profetiza en lo oscuro: “El viento reparte profecías en este fragmento de penumbras”.
En ocasiones ambos poetas coinciden. Dice Khaiame: “No hay esperanza, nada queda / aprovecha el instante”. Y Rocío: “¿Que podrás saber mañana, / en cuento mueras, / y contigo muera tu alma?”. Todo cae en el espacio eterno que no guarda la memoria del conjunto. El viento arrastra miradas ausentes, todo se diluye. No obstante, y a pesar del sentimiento general de disolución, la poeta intenta atrapar y atesorar esa felicidad vivida, tal como lo pide la sabiduría del autor de las Rubaiatas: “Sé feliz un instante, / pues la vida, amigo, / no es más que ese instante”. Rocío, por su parte, agrega la vivencia de un sentimiento sombrío: el miedo en la espera inexorable marcada por el avance progresivo hacia el final: “¿Cuál será la hora de mi última muerte?” –se pregunta-, “Tengo miedo de la luz / que atenúa / el tejido enmarañado de mis días”.
La segunda parte trepa un nuevo peldaño en torno a la comprensión del misterio; apunta a la nada, destino final tras la estación de veraneo. La pintura de Arias refleja un incendio, la destrucción, nada quedará de todo aquello que hoy tiene vida. En idéntica sintonía, la sentencia de Khaiame: jugamos las candilejas de la vida y luego nos barre la nada. Y agrega: “nadie vuelve de la muerte”. Pero Rocío, que dulcifica la dureza de tales palabras, apela a la memoria y al oído alertas, potentes bastiones que nos protegen del vacío final. Hay cierta forma de esperanza cuando advierte: “Todo silencio / enluta la memoria”. Reitera, tenaz, la poeta, el deseo de frenar el transcurso del tiempo. “Detener el tiempo/ envejecer el instante mínimo, / no llegar a la categoría de ausencia”.
“Polvo seremos” retruca el persa; pero quedarán las huellas, opone Cardoso, el soplo, el gemido, las máscaras: “Lenguaje / sin rostro verdadero”, dice. Pero Khaiame no se rinde: “la tierra que tocamos pudo ser un rostro hermoso”, leemos. Y Rocío nos habla entonces de un rostro que es aire al viento y agrega: “La noche animada por el alba / despoja tu mirada / detrás de esa máscara”. Así la muerte, tanto en la vigilia como en el sueño, prueba diferentes y etéreos disfraces, especie de pretextos tan volátiles como el aire, el viento, el gemido, la sombra, la mirada errátil.
Para Khaiame, tras la muerte todo se vuelve confuso, agitado; de un momento a otro el horizonte es la nada. En este punto Rocío asiente: la muerte –dice- condena a un espacio sin sueño, sin amaneceres. Los muertos se van sin su sombra, hurgan fragmentos de eternidad. Pero de inmediato toma distancia, vuelve a su contradanza y rescata una miga de consuelo: “algo de quien muere seguirá vivo, palpitando en el contorno de la casa”.
La imagen incluida en el tercer y último apartado presenta un ser con alas de mariposa que sobrevuela un cielo amarillento. “Cuerpos celestiales” que dejan a los sabios “perplejos, confusos, vacilantes, estupefactos”, expresan los versos citados.
¿Adónde se va después de la muerte? La promesa del Paraíso es promesa de mercaderes de ilusiones, dice Khaiame. Y Rocío: “los agonizantes desafían el sueño del paraíso”. En la casa siempre quedarán ecos, –asegura- el viento trae crujidos de huesos ausentes. “…el vacío es conspiración / Un viento incógnito / arrastra su alma / a la deriva”. Obstinada, la poeta suma datos, indaga en las múltiples máscaras capaces de disfrazar lo intangible: la llovizna que levanta el vaho de los cuerpos en el paisaje, por ejemplo. Incluso los rostros fugaces que guardaron los espejos.
“Bienaventurado es aquel / que sabe fugaz / vivir plenamente / su fugitivo instante”, ha escrito, a modo de broche de oro, Omar K, y un enorme reloj cierra la serie de pinturas. Como aquellos inquietantes relojes derretidos que pintaba Dalí, se derrite esa materia inaccesible que llamamos tiempo sobre las laboriosas construcciones humanas, llámense ciudades, puertos, fábricas, o productos del quehacer artístico.
El historiador del arte austriaco Ernst Gombrich, en su estudio La máscara y la cara, dice: “No tenemos una sola cara sino mil diferentes, “…por lo general aceptamos la máscara antes de advertir la cara. La máscara representa […] las desviaciones de la norma que distinguen a una persona de las demás. […] no estamos originalmente programados para la percepción de lo semejante, sino para captar la diferencia”. Es la desviación con respecto a la norma la que sobresale y se graba en la mente.
Sigo esta clara línea de pensamiento y digo que Rocío Cardoso ha captado la desviación en torno a la sentencia vertida al papel por Khaiame, que ha entrevisto lo diferente, el pretexto incierto, ya sea crujido, sombra, gemido, viento, eco, risa, vaho, o como quiera llamarse el velo que disfraza la verdadera cara de la muerte. Desafiando el miedo a lo desconocido, la poeta ha cavado hondo en estas páginas que reflejan su mirada lúcida horadando en las fracturas de la noche. Ha perturbado, ha removido, ha interrogado las mil caras que en sus diferentes máscaras acostumbra vestir la muerte: inasible, caprichoso sujeto de reflexión de este bello, delicadísimo, filosófico entramado poético que hoy nos ocupa.
Por Marta Ortiz (Fragmento de mi texto de presentación del libro Detrás de esa máscara, de Rocío Cardoso, el 25/08/2009 )
El Consulado General del Uruguay
y el Consulado de Distrito del Uruguay en Rosario, Santa Fe
Invitan a la presentación del libro
de la escritora uruguaya Rocío Cardoso
Marta Ortiz, Florencia lo Celso, Ignacio Suárez
y Alfredo Ma. Villegas Oromi
Director Fernando Ciraolo
Martes 25 de agosto de 2009 – 19.30 horas
Centro Cultural de
San Martín 1371 – Rosario – Santa Fe