OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

miércoles, 28 de febrero de 2024

CELIA FONTÁN,: LA GUERRA EN LOS JARDINES



Mi reseña a La guerra en los jardines de Celia Fontán, publicada el 1/12/23 en El Mirador provinacial de Santa Fe, suplemento del diario Clarín:


 

 

Texto completo:

Un aire a secreta nostalgia

©Marta Ortiz

Fontán, Celia, La guerra en Los jardines (La mariposa y la Iguana, Buenos Aires, 2023)

 

Anteponiendo los prefijos micro o mini o nano a los sustantivos relato, cuento o ficción (y otras variantes discursivas), ríos de tinta corrrieron entre teóricos y amantes del género brevísimo, tratando de dar con una etiqueta que englobe sus modalidades. Misión imposible, como suele ocurrir cuando de encorsetar la escritura literaria se trata.

Celia me dijo en una oportunidad: “yo no sé si alguna vez me propuse escribir un microrrelato, creo que nunca; para mí son textos que aparecen y piden decirse en formatos breves atravesados por la ficción”.

No soy adicta a  las etiquetas ni intento definir un género que cuenta con múltiples aproximaciones. Elijo la claridad de una imagen como la que tomé de una entrevista a Esther Andradi, escritora santafesina residente en Berlín: “Es el árbol que no se va por las ramas, la hoja para leer el bosque”. Sigo estas palabras y suscribo: los “textos” de Celia son ficciones mínimas donde nada sobra ni falta, donde lo no dicho puede ser estruendo y el impacto de su lectura, asombroso y perdurable; en La guerra en los jardines, cada relato es la “hoja del árbol” que permite leer el bosque, abordar situaciones cotidianas o fantásticas, naturalmente subordinadas al sello, al tono, a la estética dominante en los libros de poesía de su autora y, más cercano en el tiempo y en el género, a su Herbarium, publicado también por editorial La Mariposa y la Iguana, libro de ficciones breves que despliega, al modo de los naturalistas de los siglo XVII-XVIII, un mundo para ellos desconocido, un herbario de rarezas.

El epígrafe inicial  ‒tomado de la escritora Alicia Kozameh‒, esboza una teoría de la percepción de aquello que se presenta como origen o germen textual: “se perciben formas”, “un mínimo movimiento, una especie de balanceo”; palabras que claramente asociamos a la mirada de Celia, quien recoge esas mínimas percepciones para transformarlas luego en textos a veces misteriosos o irreales o absurdos en el intento de recomponer un recuerdo, un desenlace que no es tal, el retazo, lo inconcluso, lo incómodo.

Si bien muchos relatos conectan metafóricamente a situaciones palpables, también leemos anomalías, curiosidades. La presencia de animales entretejidos a un micromundo de hilos temáticos que compendian la vida en buena parte de su variedad y complejidad, expone un pequeño bestiario: elefantes soñados que son tierra, un hombre lobo que se parece a un caballo viejo, el búho de los campanarios al que no importa tanto ver sino ser visto por él; el caballo blanco que salta a una calle céntrica desde las páginas de un libro de cuentos infantiles; sirenas emergiendo en las orillas de  arroyos o riachos más afines a nuestra geografía local que a la épica grandiosa que las vio nacer en nuestra literatura occidental; un animalito no identificado que late en la palma de la narradora, el quetzal solo visible en la fotografía de quien lo mira, lombrices enroscadas en los patios; gallinas, ocasionales compañeras de juego de quien narra. Todas estas ficciones construyen un mínimo catálogo con anclajes ciertos en la realidad, deconstrucción de mitos y desenlaces en su mayoría inesperados. Leyéndolos, mi memoria lectora actualizó un acápite leído hace tiempo en Los animales salvajes, libro de cuentos de Griselda Gambaro publicado en 2006, que dice así: “No haber nacido animal, es una de mis secretas nostalgias”, tomado de Agua viva, de Clarice Lispector. Por yuxtaposición, por ósmosis ‒quién puede saberlo‒, el acápite que Celia elige para “Las gallinas”, también pertenece a Lispector: “…pues el olor de la gallina viva no es cosa de broma”. Y en los nudos de dicha trama de lecturas y escrituras, volví a respirar ese aire de añoranza de un reino animal remoto que nos precede, ya respirado en la lectura del libro de Gambaro. Dice Celia: “No acostumbro a contar que me crié entre gallinas, menos aún que las extraño”. Así comienza. Y en la misma línea, concluye: “Aun hoy, después de tantos años, suelo sentir ese leve cloqueo de las aves en su acomodamiento nocturno […] y me dejo envolver por el olor tibio de sus plumas”. No hace falta decirlo porque lo sentimos, es la poeta quien ‒sumadas a la nostalgia explícita‒, bosqueja esas imágenes sensoriales que sin escalas remiten al pulso de la poesía.

Y si de brevísimos catálogos hablamos, se ofrece también el de los jardines. Una suerte de jardín de invierno crecido en la frágil memoria de los internos en un geriátrico, momentos de “…alegría ligera, parecida a la que provoca una copa de licor”, se dice.  Un segundo jardín  se cubre de nieve en la memoria de la exiliada aun cuando ese jardín perdido se ubica en una ciudad donde la nieve es solo un deseo o un recuerdo fugaz. El tercero relata una guerra entre bandos infantiles a la hora de la siesta, hora emblemática del escape de los niños a la vigilancia de los durmientes adultos. “La guerra en los jardines”: único texto que por su extensión excede a la etiqueta del microrrelato. Imposible no volver a las secretas nostalgias que sobrevuelan estas páginas, aterric sin escalas a mi infancia, tiempo en que los jardines y huertas de las casas vecinas sobre todo en los barrios, estaban separados por alambrados fáciles de saltar, alguna rotura o agujero lo facilitaba; tiempo en el que la atención de chicos y chicas no estaba centrada en celulares, no existía internet, no había plataformas, apenas algunos televisores en blanco y negro. Un jardín donde los juegos y rituales de infancia más o menos crueles, se inventaban en el momento.  

Entre realidad e irrealidad hay una delgada línea que Celia sortea con naturalidad; el tránsito sutil  de la lucidez a la alucinación, el deslizarse sin preámbulo a la lógica disparatada del sueño, tal como ocurre en “Los disfraces”. Y en esta línea caben también esos misteriosos y sueños de raíz literaria con trenes rusos que indirectamente nos remiten a Tolstoi, a su muerte en una estación de ferrocarril, a  un país, Rusia, del cual se dice que está hecho “a la medida de los trenes, una estética fundada en el contraste entre la oscuridad de las locomotoras y el resplandor de las estepas”. La imagen es de raíz literaria y cinematográfica (no en vano se nombra el crudo contraste entre los blancos y negros que lograba Eisenstein en la edición de sus películas). En la urdimbre de palabras que describen el sueño del personaje que se derrumba en un vagón (ha empezado a nevar como en Rusia) y alucina la imagen de su padre envuelto en un capote, es posible leer un parentesco no solo con Tolstoi o con Gógol (El capote), sino también con Dahlman, el personaje de Borges que escapa en tren hacia el Sur, alucinando para sí una muerte heroica a la que está muy lejos de acceder.

 Recapitulando entonces, además de un bestiario y jardines vistos desde diferentes ángulos con diferentes brillos, encontramos las formas de las emociones, anécdotas simples, recuerdos que rozan lo inmaterial. Hay, por sobre todo, una narración que puede, desde el asombro inagotable, adoptar la voz de una niña, o la neutralidad que se pretende ingenua de quien narra sin tomar partido, exenta de opinión y de ese modo, el juego escritura-lectura ofrece espacio al trabajo del lector, quien podrá suponer, reponer, sentir, creer, descreer, todas las posibilidades abiertas. Se ha dicho, refiriéndose a la técnica de estas brevedades, que se trata de tallar sobre la primera versión del texto o piedra en bruto, hasta obtener el brillo de un diamante facetado. Celia Fontán ha facetado pacientemente estos textos hasta su versión final amorosamente editada por La Mariposa y la Iguana. Un tesoro para el buen ojo lector, ese que bucea en la interlínea. Cisne, en palabras de Borges, a veces más tenebroso y singular que los buenos autores.





domingo, 17 de diciembre de 2023

CALEIDOSCOPIO GORODISCHER, dossier homenaje

 "Caleidoscopio Gorodischer", dossier-homenaje (coordinado por la escritora santafesina residente en Berlín Esther Andradi) en reconocimiento a la vida y obra de nuestra querida Angélica Gorodischer en el que tuve la alegría de participar, se puede leer en línea :

Revista Hispánica de Cultura y Literatura:

https://languages.colostate.edu/confluencia/past-issues/


 Volumen 38 número 2, spring 2023-(Universidad de Colorado, USA, DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS HISPÁNICOS)).

Cliquear "Current Issue 38.2" para acceder al índice completo de la revista y al pdf del Dossier. 

Recorriéndolo en las voces que lo componen, se abren como espejitos de colores las incontables facetas que modelaron la vida y obra de la escritora emblemática que es la querida Angélica.


Escribí este texto ficcional que cierra el dossier:







lunes, 27 de febrero de 2023

IMAGO MUNDI (11 TERRITORIOS)



 

Imago Mundi 11 Territorios, Editorial Ciudad Gótica, Rosario, 2022


Un hilo secreto orientó la búsqueda a un espacio que nos desplegó su universo sorprendente. Habitantes crónicos de la geografía de la palabra y sus texturas, salimos a conquistar paisajes. Traspasada esa frontera imaginaria que los antiguos romanos llamaron “limes”, sucedió el encuentro: un sitio desconocido donde todos somos extranjeros y la letra hace la hospitalidad: Imago Mundi: once miradas, lugar de pertenencia.


TEXTO DE CONTRATAPA

      En “Augurios de inocencia”, William Blake escribió: Ver un Mundo en un Grano de Arena / y un Cielo en una Flor Silvestre; / tener el Infinito en la palma de tu mano / y la Eternidad en una hora. Como un espejo de ese grano de arena, de esa flor silvestre, Imago Mundi aspira a captar, en el recorte de los once territorios que le dan cuerpo, una imagen posible de la totalidad.

      Mapa plural, confluencia de historias recogidas tanto a la vera del Paraná, como en la médula de la ciudad. Episodios donde el azar cósmico arbitra encuentros imposibles, explosiones que destruyen iglesias, trenes que llegan a estaciones remotas, delicadas flores, un hotel fantasma. Crónicas y autoficciones reescriben la vida cotidiana. La emoción  se escribe, se borra y se vuelve a escribir. Ni más ni menos que la acción rizomática de la escritura. Su expansión horizontal echando raíces, brotes que se propagan, palabras que se aparean, su belleza despertando la imaginación.

     Once escritorxs ofrecen once modos de estar en el mundo, o mejor, once modos de circulación entre el cielo y la tierra. Territorios interiores dibujan  una cartografía ficcional en la que (ya, tal vez ya), usted, que leyó esta contratapa, ha comenzado a internarse.


IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN. (17 de diciembre, 2022)






 













ENLACE AL VIDEO CREADO PARA LA PRESENTACIÓN:





Crónica de un día

©Miriam Falchini

 

Según la numerología, el 11 es el número del iniciado, el que ya emprendió un camino y el que tiene la misión de trasladar sus conocimientos a los demás. Además, es la base para lograr el 22, el número del constructor, el del nuevo comienzo, el iniciador del camino que debe recorrerse en beneficio de los demás.

      Hay días en nuestra vida que merecen contarse.

     Por lo general la monotonía de las horas se repite, transcurre con altibajos más o menos transitables sin que podamos remediar o modificar su curso.

Hay acontecimientos que compartimos todos los humanos. El nacimiento de un hijo, una boda, la muerte. Otros, menos excepcionales.

Publicar un libro junto a once escribientes amigos, no se compara con nada.

Todo empezó cuando las hojas en blanco se transformaron con las formas de las letras y el negro le fue ganando en color. Cuando crecieron en la emoción de sus contenidos y encontraron un ritmo, un tono. Fueron leídas y corregidas. ¡Tantas veces! Hubo alguien que supo comprender, coordinar, que con una paciencia infinita escuchó, alentó y se hizo oír. Que puso su talento al servicio del resto. Y el torrente hizo que el río desbordara y se saliera de su cauce para dar lugar a otros ríos, a otros mundos que se hicieron un poco más visibles.  El encanto surgió para dar lugar a la suma de páginas y la suma de mundos  -territorios- para convertirlos en libro.

Fue un proceso tranquilo, espontaneo. Surgió de modo natural. Solamente fue necesario imaginarlo.

Y hubo un día en que una antigua casa convertida en bar, espacio cultural, sede de actividades diversas, fue el lugar que el destino marcó para el evento. El hogar que en algún tiempo perteneció a una familia tradicional, avasallado por el paso del tiempo, con paredes desteñidas y muebles añejos. Un lugar que parecía oscuro se vio invadido por un grupo de personas que lo iluminaron. Algunos traían pretensiones de escritores, otros ya estaban consagrados. Todos ocuparon el mismo lugar, unidos por la fuerza poderosa de la palabra escrita.

Los once ocuparon la misma mesa y apoyaron su libro sobre un mantel también robado al pasado y la magia alrededor del fuego le dio calor y vida al lugar. Fue disfrute. Un poco de sorpresa tal vez. Se rompieron paradigmas y viejas estructuras discursivas fueron reemplazadas por la espontaneidad. Hasta hubo improvisación. Es que siempre sale bien lo que late dentro de nosotros.

Hoy, los once territorios comunicados por carabelas están en los estantes de las librerías, esperan ser leídos. Están a disposición de quien quiera alcanzarlos, y si es posible los convierta un poco en parte suya.

Y como no era suficiente con tanto, en pocas horas otros once jugadores salieron a la cancha para hacer su arte. El del fútbol en este caso. Y con gran esfuerzo, con sufrimiento, lograron un triunfo maravilloso. Gladiadores que lucharon hasta ganar lo que parecía imposible.  Ellos también tenían a alguien que los supo conducir. Llevaron luz al corazón argentino que se prendió de esta alegría para seguir latiendo. Los colores de la bandera se agitaron con tanta fuerza que, confundidos con el cielo, se extendieron por todos los continentes del mundo.

Será casualidad. O causalidad. Pero se dio al mismo tiempo.

Hay momentos que serán eternos. Fotos solo perceptibles a nuestros ojos que como en un desfile se perfilan para no borrarse jamás.








lunes, 1 de agosto de 2022

FRESIAS DE OCTUBRE, Graciela Perosio

 




Fresias de octubre: apuntes de lectura

Por Marta Ortiz


Graciela Perosio, Fresias de octubre, Edit. El jardín de las delicias, Buenos Aires, 2022)


Con la cadencia de una conversación íntima, los poemas de Fresias de octubre se construyen al modo de entradas a un diario: partes de enferma repasan momentos-mojones fijados a la memoria ya por las dificultades enfrentadas, ya por un racimo de vivencias epifánicas ligadas a elementos relacionados con la música, la infancia, la obstinación de la vida, entre otros, durante el curso de la enfermedad. En su conjunto ofrecen una crónica sin atenuantes de las secuelas físicas y psíquicas habidas, superadas ya las alternativas de un cáncer, dolencia cuyo nombre en nuestro medio y pese a los infinitos avances científicos habidos‒, sigue siendo sinónimo de muerte: “qué fuerte es la presión del tabú / qué profundamente irracionales somos”.

     Un libro bello y valiente sobre un presente difícil de remontar cuya materia poética hace pie en el duro trance diario que conlleva atravesar síntomas invalidantes que no tienen nombre, asombrosos en primer término para la paciente imposibilitada de des-pacientarse frente a la dependencia de un contexto de deterioro y desidia de la salud pública. Demoras incomprensibles en el diagnóstico (superada la quimio, superada una neumonía, atrapados aun los profesionales en el prejuicio instalado de que todo síntoma ha de obedecer a una recidiva del cáncer), la presencia de un importante desorden en la tiroides pasa inadvertido. Diagnosticado a destiempo, el daño cardíaco remanente es irreversible. Lo arduo del presente logra apaciguarse cuando la poeta asocia e intercala memorias que fueron entrañables y reveladoras (diferenciadas en la caligrafía que abandona la letra cursiva utilizada en los poemas que remiten al presente). Así el recuerdo de Beatriz, hermana de Graciela secuestrada y desaparecida durante la última dictadura y/o pequeñas historias de infancia, ese paraíso perdido que, en tanto sucedía, no admitió pérdida alguna: “…en mi asustado corazón de siete años / un lugar sin pérdida posible”, en agudo contraste con la cronología reciente, cargada de pérdidas: “pierdo sangre mucha sangre / pierdo pierdo pierdo”.

      Fresias de octubre se estructura en torno a cinco jornadas que obedecen a una palabra-llave: frío, sangre, luz, sonido, corazón.

      La jornada del frío nos acerca a un invierno demasiado largo al que la visión de un simple ramito de fresias ofrecido en el kiosco de flores ‒las últimas de octubre‒, es la clave que destraba la operación de la escritura que comienza a fluir. Graciela Perosio ha dado con la cifra que la impulsará a recuperar la fuerza y la mística, la que le permitirá llevar adelante un proceso de escritura tan complejo como liberador “me propongo una íntima celebración / porque aún / aún / respiro”. Sabe que, como lo expresa Marguerite Duras en uno de los epígrafes citados: “No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Hace falta ser más fuerte que uno mismo para abordar la escritura, hay que ser más fuerte que lo que se escribe.” 









jueves, 10 de febrero de 2022

LO HABITUAL, Diego Suárez



Algunas impresiones acerca de Lo habitual 

(Diego Suárez, editorial De l’aire,Santa Fe, 2021)


·         En su poemario Lo habitual (De l'Aire Editorial, 2021) Diego Suárez recrea cuanto podríamos ligar a a costumbre, lo que crea hábito, lo mecánico, el marco del día, aquello que a fuerza de repetición cristaliza en rutina. Ceremonia, ritual, pauta, horario fijo, trivialidades de toda laya, vagas fórmulas de cortesía, las que decimos sin pensar lo que decimos y las que también decimos, a sabiendas de que se trata de una frase vacía. Páginas que, en ocasiones, dialogan con cuentos, poemas. canciones y frases leídas cuya procedencia se refiere en una “Nota” aclaratoria en las páginas finales.

 ·         En la repetición de las conversaciones (“Rompecabezas”), en los gestos comunes, pautados según los momentos del día, el tiempo se relativiza y los cuerpos también. La tarea diaria es una suerte de erosión de cuerpo y mente lijada por rituales tan básicos como agotadores: “Al final del día somos / el achatamiento de las cosas, / dos láminas que casi no respiran / adheridas al segundo piso”.

 ·         A partir de epígrafes relacionados, de Jarry, M. T. Andruetto, Oscar H. Villordo, Marechal, B. Fernández Moreno y Liliana Ancalao entre otras voces, se despliega un variopinto conjunto de poemas que indagan en la rutina diaria por excelencia, la que implica el uso del colectivo, ómnibus, bondi, el viaje nuestro de cada día ("Todos somos pasajeros"), teatro donde se desarrolla buena parte de la comedia humana. Un servicio capaz de diluir diferencias. Parafraseando a Marechal, “una coctelera, de cuyo zarandeo nace un copetín democrático”. Por igual en tono de elogio o de reproche, se lo nombra “fiera urbana”, no exento de nostalgia (el paso del tiempo perdió en el camino los fileteados decorativos, el boleto capicúa, el volante de nácar) y un fino humor irónico, otro rasgo distintivo de la poesía de Diego.

 ·         La sensibilidad del poeta capta cuanto se cristaliza y crea costumbre, el tiempo inaudito que se va en rituales, la vida lisa sin ripio, sin montaña, sin desafío.

Pero hay más, no se trata solo de una galería de gestos repetitivos. Se trata de que por el tamiz de lo habitual pasa nada menos que nuestra vida, con todos sus matices, lo trivial y lo medular haciendo equilibrio en el marco de lo cotidiano, marco contenedor en medio del caos.

No todo es repetición, no todo es esperable, existe también, visible y audible al ojo poético, una línea de fuga, de asombro, una constante que en este libro se repite casi tanto como los gestos de la rutina: el canto de los pájaros y/o el silbido del viento. Siempre una suerte de música capaz de mover el mundo, de alivianar monotonías, el trino de un pájaro ayuda a resolver conflictos, despierta de la siesta de quince minutos (que aporta, entre otros milagros, la contrapartida de un sueño de gloria literaria), pájaros que inventan el día desde la ventana de un hotel. Pareciera que, dentro de una vida moldeada, ese canto espontáneo, aleatorio, evapora la sensación de estar presos en un marco de referencia, abre la puerta a la libertad: “…comprendimos / que las ramas de los árboles son / las cuerdas vocales del viento”; “Por las mañanas, un piquete canoro / se manifestaba en nuestra ventana: / horneros inventando el día”; “a pesar de todo sonrío / mientras me despierta el trino / de un pájaro invisible”.


viernes, 21 de enero de 2022

EL CORAZÓN DEL DAÑO, María Negroni

 


Mini- notas acerca de El corazón del daño

 (María Negroni, Random House, 2021)


 por Marta Ortiz


·          Escribe su autora en la Advertencia inicial: “Más probable es que la vida y la literatura, siendo ambas insuficientes, alumbren a veces –como una linterna mágica‒ la textura y el espesor de las cosas, la asombrada complejidad que somos”.


      El corazón del daño es un libro inclasificable que “dice lo que dice y además más y otra cosa” (no se me ocurre una frase más gráfica que esta de Pizarnik sobre el valor polisémico de la palabra, para expresar la multiplicidad de efectos de sentido que despierta su lectura). Hay algo de réquiem o de suma de cuestionamientos post mortem o de descargo emocional, los tres formatos y sus quiebres caben. Y en paralelo, el dibujo de un recorrido literario personal y galería de autores leídos a través de sus citas.


       Decir para comprender. Las palabras conllevan en su núcleo un dolor antiguo, una herida que no cesa de supurar. Nada puede mitigarla, solo a medias, la escritura. “A lo mejor los libros son también eso; un viaje a la transparencia”; “Los libros son la música de un saber que se ignora”


       El universo que se recrea obedece a sus propias reglas, como una fruta que brilla en el centro del lenguaje y de la cual solo podemos absorber los reflejos. Reflejos que admiten la duda, la probable aserción y también su negación. Acaso los enunciados que aportan una luz más potente a este (bello y triste a la vez) texto equilibrista entre ficción y experiencia, sean los siguientes:

                                    “Tanto esfuerzo para llegar a esto.

                                      Tanto renglón ingenioso y ninguna caricia.

                                      Me estoy haciendo añicos melodiosamente”.


·       A medida que avanzamos en la lectura, lo leído se transforma en una experiencia intransferible en la que es posible saborear el plus de una sintaxis depurada y exquisita  ‒marca registrada de María Negroni‒, y una cadencia única en la voz que narra. Escrito con y desde el corazón ‒“Se oyó latir un corazón en la coraza”‒, el gran protagonista es el lenguaje: “… eso interno, desafinado y díscolo, que se esconde siempre en la lengua materna, irreconocible de tan verdadero”.

  

 

domingo, 26 de septiembre de 2021

FUERA DE FOCO, por Imelda Ferrero

 


A dos años de la presentación de Fuera de  foco (27 de septiembre de 2019) en el Complejo Cultural Atlas (Rosario), y a modo de celebración, copio aquí y agradezco infinitamente a Imelda Ferrero, su fino enhebrado de palabras acerca de mi  poemario .


FUERA DE FOCO


(Marta Ortiz, Alción Editora, Córdoba 2019)


por Imelda Ferrero 


Una epifanía nos anunciará su escritura en el epígrafe. “En ilación de la ausencia”, las citas de las poetas Irma Peirano y Marina Tsvetaieva se unen, se reúnen en una despedida nívea. Se erigen en laberinto sin sombra, sin sonidos, sin luz ante una muerte próxima. Sin embargo “veníamos de ese tiempo mágico/ anterior a los vidrios triturados” pero“no alcanza a calentar el sol”. Palabras que vagan sin encontrar el sentido en las voces, aunque “una nueva piel/ quedó al descubierto”.

Los relojes, “un Breitling”, no funcionan en “el sueño de la muerte” ya que todos los tiempos se desvanecen en el “fuera de foco” de los espacios, donde se rescata una coronita de novia.

En la “Caja de resonancia” sus muertos se desordenan desde la figura patena (“mi padre fue pionero en desgajarse del tapiz familiar”), las amistades, la imagen materna encarnada en un quinoto, los juegos infantiles (“Figuritas”), los viajes retenidos en una foto. Mientras en la ciudad circulan ruidosos skaters, urge “…fundar nuevos recuerdos”.

Y así retornan los muertos vivos de nuestro mundo, los migrantes y los habitantes sin abrigo en nuestras veredas con “La manta de colores”. Y como “El tiempo soñado teje caldos raros”, retornan los ruidos urbanos con los sonidos de los pájaros en ese instante intermitente que interrumpe nuestra nostalgia mañanera en tanto la lectura bíblica acude a un vacío casi eterno, pues “un bosque sin emociones/ es un bosque sin lobo feroz.”

En la contemplación de un estadio o en la caminata de un dédalo griego, la orfandad infantil se ubica en tiempos góticos que no abren la puerta para ir a jugar. Un interrogante: “¿Qué número de círculo cierra este infierno?” sobrevuela la Ciudad Blanca y se asevera que ahí lo onírico reina.

Por último, en “Lecturas”, se evocan en el río o en la luz los versos de Alfonsina entre un viaje mítico o una muerte con Circe. Como la siniestra claraboya de Silvina Ocampo custodia “el río revuelto de la sangre familiar”, la palabra poética de Marta Ortiz tras una “manía bibliográfica”, se fusiona con Djuna Barnes en: “la vida, el permiso para conocer a la muerte.