OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

domingo, 17 de junio de 2012

Alicia Steimberg (1933-2012)

 
Mi pequeño homenaje a una gran narradora y MAESTRA de escritores.

Dos fragmentos de Músicos y relojeros:

  Mi abuela conocía el secreto de la vida eterna. Consistía en un conjunto de reglas tan simples, que era increíble que nadie más que ella las conociera y las practicara. A veces nosotros participábamos del ritual, asegurándonos así, si no una inmortalidad completa, por lo menos una buena dosis de inmortalidad.
   Una de las ceremonias de ese culto consistía en hervir acelgas y comerlas inmediatamente, chorreando el jugo de la cocción, y rociadas con el jugo de dos limones grandes. En la forma más perfecta de esta práctica las acelgas se hervían debajo de un limonero. Una vez listas, se hacía una incisión en dos limones que colgaran del árbol sobre la olla, para que el jugo que cayera sobre las acelgas conservara intactas sus vitaminas. Así se evitaba "comer cadáveres".
   Decía mi abuela que el noventa por ciento de los males del hombre provenían del estreñimiento. En casa lo padecían todos, y había un continuo ir y venir de recetas para combatirlo. A pesar de su sabiduría al respecto, mi abuela lo padecía más que nadie. Cuando lograba mover el vientre, andaba un rato con una gran sonrisa, se lo contaba a todo el mundo, y hasta era capaz de hacer algún chiste, o acordarse de la primavera en Kiev.
   Esas eran primaveras, después de unos inviernos que también eran verdaderos inviernos. Cuando ya parecía que el frío y la nieve iban a ser eternos, una mañana cualquiera ella corría las cortinas y veía pasar torrentes por su ventana. No bien se escurría el agua, bajo un sol repentino, todo estallaba en flores y los bosques se llenaban de cerezas. Cerezas dulces, no como las de aquí. Y así era al día siguiente, y al otro, y al otro. No como aquí, en estas primaveras que no se sabe lo que son.
   Así hablaba mi abuela de su país natal, cuando la marcha de sus intestinos la ponía de buen humor.
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Mi pierna. Recostada en la cama a la hora de la siesta, con un libro abierto sobre la almohada, he de­jado de leer para observar mi pierna con curiosidad, casi con fascinación. No sólo ha crecido, sino que ha cambiado notablemente. Está más torneada, con la pantorrilla llena, el tobillo más fino por comparación. Veamos las dos piernas juntas. Ahora estoy sentada en la cama con las piernas recogidas, las plantas de los pies bien apoyadas en la sábana. Estas que hasta ayer eran piernas de nena, no muy diferen­tes de las de un varón, aptas para el triciclo y el monopatín, para la mancha y la rayuela, ahora están adquiriendo esas sinuosidades típicas de las piernas de mujer. Esto es algo que me sucede, claro, yo no he hecho nada en especial para que ocurra. Sin em­bargo esta tarde de otoño, en el silencio de la casa, bajo el rayo de sol que entra por la puerta de la pieza y baña mi cama, me asombro y me fascino ante estas piernas que no parecen mías. Las miro de frente, de costado, me paro de espaldas al espejo del ropero y tuerzo el cuello para ver la parte de atrás: es cierto que ahora las pantorrillas se han redondeado. ¿Qué hago? Tengo once años, once años en el otoño de 1944. Es posible que haya algo malo, monstruoso, pecaminoso en la forma en que han cambiado mis piernas. Si no, ¿qué me impediría ir corriendo a comunicar mi gozoso descubrimiento? ¡Miren, miren mis piernas! ¡Ya no tengo piernas de nena! ¡Estas son piernas de mujer! Todavía seguirán cambiando, claro. Dentro de unos años, si puedo evocar mis piernas tal como las descubro ahora, me reiré, por­que en realidad aún no son nada: no son piernas de nena ni de mujer. Pero, miren,¡miren qué cambio! De ahora en adelante andaré en monopatín por el patio; si lo hago por la calle la gente se reirá vien­do a una mujer grande que anda en monopatín. Pero no importa. Esto es cosa mía. Es cosa mía y nadie me la quita.
Pero, ¿por qué está mal?
Bueno, ya he pasado mucho tiempo en la cama, en estas horas después del mediodía. No me permiten mucho ocio. Debo ponerme ya mismo a hacer algo útil. Los deberes, ordenar ni cuarto, lustrar mis za­patos, cualquier cosa. De lo de mis piernas ni una palabra. Me pongo los zoquetes y los zapatos guiller­mina, y antes de salir del cuarto echo una mirada de reojo a mis pantorrillas en el espejo, tanto como pa­ra corroborar mis observaciones. Sí, es cierto.
Salgo al patio. En las baldosas hay una franja de sol, y otra de sombra que proyecta la galería. Qué extraña modorra. ¿Modorra, yo? De veras es raro, porque soy incansable. Pero con gusto volvería a la cama, a leer, a no leer, a mirar mis piernas desde un ángulo y desde otro, en distintas posiciones. Pero eso es ocio, y el ocio está mal. ¿Por qué está mal?
Atravieso el patio y el vestíbulo y entro en la habi­tación más atractiva de la casa: el escritorio. En el escritorio está la colección de los Diccionarios En­ciclopédicos Hispanoamericanos, en veintiocho to­mos, edición de 1912. Hasta hace poco todo lo que hacía era abrir un tomo al azar y buscar las páginas ilustradas: flores, frutos, peces, banderas de todos los países. Pero hace algún tiempo he encontrado en ellos una veta mucho más interesante: la de las pa­labras prohibidas. No sé cuál fue la primera; pro­bablemente, "prostitución". Luego una palabra me llevó a la otra; en cada artículo correspondiente a una palabra prohibida figuraban otras no menos prohibidas que yo buscaría después en el tomo correspondiente del Diccionario, y así me enteraría, aunque el material y el estilo estuvieran algo pasados de época, del significado de la palabra "coito", de "masturbación", "parto" (obsérvese que todas las palabras prohibidas no tienen contenido erótico): "ninfomanía", "satiriasis", "polución" (aún ahora no deja de darme cierto escozor que la gente hable con tanta libertad de la "polución del ambiente", en aquel entonces los habría tomado por deslen­guados).
Pubertad. La sola palabra era pecaminosa, con re­miniscencias de otras palabras prohibidas. Un día Nélida faltó al colegio, y cuando volvió traía un jus­tificativo escrito por su papá, que era médico. Decía: "Mi hija Nélida estuvo ausente el día... por padecer molestias vinculadas con el desarrollo de su puber­tad". Insólito. Claro que el padre de Nélida era mé­dico, y los médicos están autorizados a decir cual­quier palabra... Miré a Nélida con admiración y en­vidia, pero sin entender.
No me había faltado la información mínima nece­saria sobre el advenimiento de la menstruación. Me fue comunicada en términos estrictamente técnicos y formales, y no me sorprendió porque ya conocía el hecho por conversaciones con compañeras de cole­gio. Así supe también que en otros hogares se habla­ba con más libertad de ese acontecimiento fisiológi­co, a pesar de que se trataba de hogares religiosos donde el pecado era pecado y no había vuelta que darle.
El tiempo, inexorable, siguió cambiando mi cuer­po. La ropa infantil, los zoquetes y los zapatos guillermina lucharon denodadamente por disimular los cambios, por aplastarlos, por conservar la loca ilusión de una niñez que se iba para siempre. Pero fi­nalmente venció mi cuerpo. Y hubo quienes no me lo perdonaron nunca.

(de… Músicos y relojeros (Edit. Planeta, Buenos Aires, 1993)


(*) Alicia Steimberg (Buenos Aires en 1933-2012). Estudió en el Instituto Nacional del Profesorado en Lenguas Vivas. Fue Directora del libro en la Secretaría de Cultura de la Nación entre 1995 y 1997. Es traductora del inglés al español y organiza talleres literarios y cursos de lectura de textos en inglés.
En 1971 publicó su primer libro, Músicos y relojeros, en el Centro Editor de América Latina (Buenos Aires), que también resultó finalista en los concursos de ese año de las editoriales Seix Barral (Barcelona) y Monte Avila (Caracas). En 1998 fue traducido y publicado en los Estados Unidos por Latin American Literary Review Press, con excelentes críticas de Publishers’ Weekly y Kirkus. Siguieron La Loca 101 (Premio Satiricón de Oro de la revista Satiricón), Su espíritu inocente (1973), y una colección de cuentos de carácter intimista, Como todas las mañanas (1983). Paralelamente ha ido publicando cuentos en periódicos y revistas argentinas y latinoamericanas. Su última novela, El árbol del placer (1986) es además una crítica a ciertos métodos de «salvación» de nuestros días, como el psicoanálisis o la homeopatía.
Aunque escribe para adultos también apela a lectores juveniles como en sus obras El mundo no es de polenta, publicado en 1990 y Una tarde de invierno un submarino en 2001.
En 1983 obtuvo la beca Fulbright y participó en el encuentro de escritores International Writing program, en Iowa.
Ha recibido numerosas distinciones y fue traducida a varios idiomas.

jueves, 14 de junio de 2012

CARLOS PICCIONI (*), POETA INVITADO

Marc Chagall (Vitebsk, 1887 - Saint-Paul de Vence, 1985). Las tres y media (El poeta). (Trois heures et demie [Le poète]), 1911. Museo de Arte de Filadelfia: The Louise and Walter Arensberg Collection, 1950.

POETAS DE ROSARIO XXVI
 
Apuntes, poetas
                                      “Quiero que la literatura
                                                                me duela y me fascine”
                                                                           Herta Müller

Ocupantes GOLOSOS
de literatura

estos discípulos
del arte,
andan flirteando
en sus aledañas
maneras
del ser-estar, etc.

de la viñeta etrusca
del esplendor
que los ampara,
para atenuar
nuestras desgracias.

(a Claudia Caisso)


Calveyra

Arnaldo,
como cuando
éramos chicos,

hagámoslo así

yo te cambio
las ciruelas, que me ofreció
William Carlos Williams,

por el budín
que compartiste con Rosa

en el camino de Mansilla
a  Buenos Aires.

(A Juan Carlos Coria y Griselda Calveyra)


cruzamientos

“abriendo el aire para que
entrara tu visitación” /
tu habitación van gogh
entendí del comentario
LXIII de gelman

entendí tu habitación
van gogh  / 
entendí tu habitación
y la silla
y la mesa
y el amarillo de tu habitación    
y lo entendí a gelman – o traté  - /
      como quiero entender
en los bisontes de Juan José Arreola
a esa “tempestad al ras del suelo”
y a los dibujos de Altamira

y que la definitiva
locura
por las palabras y los colores
esté enloqueciendo
la inteligencia y
el corazón de los poetas

como vos van gogh
“que lo tocás con tu grandeza?”
dice gelman
dice dice gelman
dice van gogh.
           
(a Ramiro González)


Elba

Me contaron
Carla y Violeta
que fueron
a visitarte
a Ibarlucea.

Había, yo, olvidado
que te habías mezclado
con la tierra y el aire.

Me dijeron
también
que pudieron
compartir
        contigo,
la brisa y el sol
de esa tarde,
aun, con las estrellas apagadas.


(a Elba, en memoria)


La pensión de Angelita

             De lentejas
             y tardanzas,
la pensión de Angelita

              aun en la brevedad
de los horarios,
por decirlo así
festejábamos la cuadratura de la mesa,
             y renegábamos de la dictadura de Onganía,
             de la basura
             ancestral de las dictaduras.

             Nos reunía también
             algún poema de Aldo, 
que, seguramente, se dispararía
en el tiempo,
             el nuestro, el tiempo de todos,
       de rubén, juan carlos, alfredo, alberto.
          
 
             Como enharinados textos vallejianos
             nos correspondía esa mesa, esa pensión,
             ese énfasis.


(para rubén oliden lópez, juan carlos coria, alberto tudurí, alfredo reinaldi, en memoria)     

      
Pizarnik
“una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta”.
alejandra pizarnik

Pizarnik
no te conozco
en verdad
no te conozco

se dice / se dice de vos /
se dicen
tantas cosas

pero ese FUROR,
la ocurrencia
que tuviste
de arrimarte
a esa mierda
de la muerte

te convierte,
me parece,
en heroína,
QUIZÁS 
de la tristeza

pero, sí, CABALMENTE
en la amante gozosa
de esas
malditas y preciosas
palabras
que nos reclama la poesía.

hasta siempre,
amiga.
 

                                                también “a la delicada urgencia del rocío”
                                                            ofrezco este poema.


(*) Carlos Piccioni (Tostado, Santa Fe, 1945). Estudió Historia en Rosario, UNR. Ejerció la docencia. Publicó (poesía): Las palabras de todos (1981), Paisaje (1983), y El sueño de las lluvias (1984). Este último obtuvo en 1987, el premio provincial José Pedroni. Desde el agua y el aire (2000) obtuvo el premio municipal de poesía Felipe Aldana.

martes, 12 de junio de 2012

Enrique Butti: Santos y desacrosantos.






 Letra Cosmos

 link: http://www.letracosmos.com.ar/novedades/santos-y-desacrosantos-de-enrique-butti/

Santos y desacrosantos 

         por  Enrique Butti

 ˑ

Editorial: Editorial Fundación Ross
Colección: Narrativas Contemporáneas
Género: Cuento
Año: 2012


Fotografías de tapa y contratapa: Cecilia Lenardón


El primer libro escrito en Santa Fe, escrito y dibujado, es la hagiografía “Soledades de la vida y retiro penitente por amor a la virtud y menosprecio del mundo”, que el ermitaño Francisco Javier de la Rosa fechó en el año 1775. Ilustrado con magníficos treinta dibujos acuarelados, el texto abunda en virtuosismos estilísticos e imaginativos. El desierto, la penitencia, la cueva, la oración, los rayos celestiales, las aureolas, y por el otro lado, el demonio, las bestias, las tentaciones. Doscientos cincuenta años más tarde, en tiempos de inevitable incredulidad, cínicas befas del mal, prestigio absoluto de todas las transgresiones y minimalización de toda fantasía narrativa ¿quiénes se entronizarían santos y conjurarían desacrosantos? Enrique Butti, en su clausura santafesina, ensaya algunas nuevas canonizaciones, honrando virtudes heroicas y martirios acordes a una hégira de solapadas persecuciones y dopados sufrimientos.
Como en el tiempo en que los santos eran aclamados popularmente, por vox populi, Butti se arroga el derecho a postular causas de beatificación y santidad, y a practicar exorcismos de sus malditos enemigos, con asumido nihilismo contemporáneo y a la vez profunda credulidad, con el estupor de la inocencia escandalizada, y con el inocente humor irreverente de quien desatiende la reverencia a las ortodoxias, correcciones varias y otras yerbas.
Este volumen de cuentos incluye también seis textos de “Solfeo”, libro de relatos de Enrique Butti publicado en México, en 1993, y que no tuvo difusión en la Argentina.



Sobre “Narrativas Contemporáneas”

“Narrativas Contemporáneas” intenta la selección de una diversidad de voces, tanto las más destacables e instaladas, como las menos visibles y las emergentes. Para ello investiga la región relevando nuevos corpus narrativos, región que no duda en trascender cuando se advierte un paso necesario y enriquecedor. Persigue una actualización de las tendencias, formas y contenidos en permanente evolución.

Un prontuario admite catar, valorar más esto que esto otro; resaltar, sobre la materia que aquí se presta -la colección de Narrativas Contemporáneas-, algunos puntos:
la oferta del había una vez,
la diversidad de escrituras,
las ideas que se agregan y sus pretensiones,
el fenómeno de lo que va y viene,
su registro en el idioma.
La transgresión de lo cotidiano:
un libro para hoy y otro para mañana.

Gloria Lenardón – Marta Ortiz
(directoras)

Títulos publicados:
Mi madre sobre todo, AAVV
El río en catorce cuentos, AAVV
Tirabuzón, Angélica Gorodischer
Santos y desacrosantos, Enrique Butti

Póximos títulos:
Shopping, Gloria Lenardón
Colección de arena, Marta Ortiz

martes, 5 de junio de 2012

AMY CUTLER (New York, 1974)

La alteración de la línea argumental conocida. Belleza.


Above the Fjord, 2010


 


 
Campsite, 2002

 
 Futile fleet, 2003

Trial, 2003




sábado, 2 de junio de 2012

Entrevista para Letra Cosmos / Talleres literarios Ópera Prima

Letra Cosmos

 Letra Cosmos conversa con Marta Ortiz sobre los talleres de lectura y escritura
link: 
 http://www.letracosmos.com.ar/entrevistas/letra-cosmos-conversa-con-marta-ortiz-sobre-los-talleres-de-lectura-y-escritura/

Texto completo: 

-Contanos la historia de Ópera Prima. ¿Cómo y cuándo surgió?

-Abrir un espacio de taller ya existía entre mis proyectos cuando recibí (año 2003) la propuesta de la escritora Marcela Atienza –a cargo entonces del Café de la Ópera, anexo al teatro El Círculo-, de coordinar grupos en ese ámbito, lo que explica el nombre Ópera Prima, elegido por los talleristas. Empezamos en abril y se ofrecieron dos instancias: el taller de Lectura y Escritura y el taller de Lectura.
El 2004, marcado por la expectativa en Rosario del II Congreso Internacional dela Lengua Española, reportó la primera mudanza. Los tres grupos (dos de lectura y escritura y uno de lectura) alcanzábamos nuestra mesa de trabajo eludiendo boquetes, escombros, zanjas; aferrados a pasamanos, sobre tablones, seguíamos los carteles indicadores que diariamente modificaban el ingreso al Café. Imposible olvidar el polvillo invasor que respirábamos, pisábamos y tocábamos. Asistíamos a la destrucción constructiva de una esquina emblemática de la ciudad (Mendoza y Laprida) en tanto se desplegaba el cauce de la literatura. Polvorienta o no, ella marcaba y defendía su territorio. La calle asfaltada volvió a ser de tierra y se colocó el “nuevo” adoquinado; como en un sueño, la calzada retrocedía cien años para renovarse… Y la mutación urbana nos empujó a un nuevo hogar ad-hoc, a solo media cuadra del Café de la Ópera, donde por un misterio atribuido a préstamos temporarios, usamos las mismas sillas que usaron los miembros dela RAE, José Saramago y Sábato y Jorge Edwards y Ernesto Cardenal y tantos otros escritores durante las sesiones del Congreso habidas en el teatro.
En diez años de actividad hubo otros puntos de reunión, siempre bares. Alguna vez la errancia nos desbordó: en 2007, por ejemplo, cambiamos tres veces de domicilio. “No es buena para el hombre la vida errante”, se lee en La Odisea, que paradójicamente cuenta las peripecias de un destino errante. El modelo mítico ayudó: elegimos apropiamos de las historias derivadas y minimizar la ausencia de hogar fijo. ¿Cuánta experiencia hubiera pasado des-apercibida, des-preciada, des-vivida, si algo hubiese frenado la estrella itinerante de Ópera Prima? Finalmente, y desde 2011, el taller se reúne en librería Ross (¿Ítaca? Quién pudiera leer el futuro…)  ya no “en” el bar pero siempre a mano del imprescindible café.

-¿Qué es para vos un taller de lectura?

-Un espacio pensado para lectores que no se sienten inclinados a transformar en escrituras sus experiencias, aunque leer sea una modalidad peculiar de la escritura. Lectores que buscan en el libro un viaje que de un modo u otro desestabilice o trastorne su paisaje interior. Se sabe que la lectura no es un acto pasivo, que el lector interpreta, devela la línea oculta, asocia, se apropia de, agrega, retiene, olvida, opina, asiente o disiente. En definitiva, un trabajo intenso que construye. Somos en alguna medida y entre muchas otras cosas, la suma de lo que hemos leído. “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores”, escribió Borges en el prólogo a su Historia Universal de la infamia; donde incluso afirma que leer es una actividad “más resignada, más civil, más intelectual”.
Los recorridos propuestos en el taller son a veces temáticos, otras por elección de autor o género. Si la hay, incorporamos también la versión cinematográfica. Hicimos incluso la riquísima experiencia de leer clásicos universales (El Quijote, La divina comedia, Las mil y una noches, entre otros). La lectura compartida recupera, además de la cadencia y la modulación de la voz, una vieja práctica oral nunca desaparecida y siempre mágica.

-¿Y un taller de escritura?

-Una reunión de gente nada ortodoxa unida por la misma pasión, locura, adicción, deseo, o como quieras llamarlo, cuyo único material de trabajo es la palabra. Y la imaginación, que entreteje los hilos de la fantasía con la experiencia vivida.
Lo asimilo a la posibilidad de aportar nuevas miradas. Los temas y conflictos en la escritura de ficción se repiten, pero cada ojo registra a su modo, cada subjetividad aporta lo suyo y sale de la galera el texto flamante que siempre parecerá y en algún sentido “es” un nuevo texto.  Sí o sí partimos de la lectura –primer gran disparador de nuevas escrituras‒, el texto busca y seduce a su lector. Luego la reflexión sobre lo leído, el asombro renovado y el deseo inmediato de experimentar qué giro adoptará mi propia voz, en qué inflexiones se distancia de lo conocido, hasta qué límite voy a llegar con mi escrito, ni más ni menos que una vía privilegiada de acceso al conocimiento, certeza que expresó claramente Marguerite Duras en su bello texto Escribir: “La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. […] Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.”
Importa romper estereotipos, la búsqueda de la voz propia y el aprendizaje constante de la corrección, este punto es tan importante como partir de la lectura para despertar nuevas escrituras. Abelardo Castillo habla de una ética de la forma, coincide con Paul Valéry (y yo coincido con ambos) en considerar a la corrección de un texto no como a una tarea retórica o estilística sino como una empresa espiritual de rectificación de uno mismo.

-Ha sido muy compartida –aunque con los años se fue diluyendo bastante-, una visión negativa, entre algunos escritores sobre todo, sobre la utilidad de un taller. ¿Qué pensás vos que sos autora y tallerista?

-Los talleres literarios son espacios de pertenencia y de resistencia donde los grupos buscan reunirse con sus pares para compartir experiencias. No creo en recetas ni en moldes, la creación literaria y sus secretos son poco transmisibles, más allá de algunas consideraciones formales y consejos expertos. No creo tampoco en espacios muy estructurados ni demasiado light. Sí, se puede transmitir y compartir una pasión creando el clima favorable a la reflexión en torno al objeto o al deseo común que engloba por igual el trato con la literatura y la idea de asumir un destino si visualizo que es el mío (el del escritor/a), y para este objetivo sí es útil, o propicio, me gusta más la palabra, un taller de escritura. De hecho participé en dos espacios afines nada convencionales, por cierto: el de Imelda Ferrero y los grupos de reflexión de Angélica Gorodischer, como también participé y sigo haciéndolo, en múltiples grupos de trabajo. Siempre son enriquecedores.

-¿Cuáles son las cosas que más te han gratificado como tallerista?

-La mística y el vínculo de amistad crecidos al calor de la palabra. Sentir que aprendo en el intercambio tanto como compruebo la evolución de los talleristas. La publicación en 2010 de Debe Haber Cuentos, un libro que firmaron Marta Rodríguez y Oscar Tartabull (ambos miembros de Ópera Prima), este último, un buen amigo y colega a quien siempre extrañaremos. La edición de 6 números de la revista de cuentos Ópera Prima. El libro en proceso de edición “Canon a nueve voces” concebido y editado en su totalidad por un grupo de autoras del taller. Y muchas pequeñas y grandes epifanías, derivas azarosas de la práctica, imposibles de reproducir acá.

lunes, 28 de mayo de 2012

CORINA MOSCOVICH (*), POETA INVITADA























 
 Imagen: Pavel Guzenko (fuente: google imagen)

 Poetas de Rosario XXV


Ojos (en Vía Remington)

Ojos color del tiempo
cuando no grises, verdes...
Expongan mi emoción.

No importa que lluevan
gotas de lágrimas transparentes,
dulces-y-saladas
sobre vuestra superficie
casi lunática:

Retengan en vuestras retinas
la imagen de mis más amados rostros...

Pestañas arrimeladas,
estírense hasta alcanzar el cielo
y protejan
mi mejor instrumento de conocimiento...

Mis ojos color del tiempo...
Que vieron casi todo y casi nada,
que han mirado y aún miran
a otros ojos en silencio.

Ojos color del mar
cuando no gris, verde.
Con la furia del mar embravecido,
con la calma del mar
luego de la agitación,
con la confusión del mar revuelto.

 
Balance (en Vía Remington)

Sabor agridulce
de esa mezcla
que intimida y perturba
en un detenerse a ver
quien está de nuestro lado.

No hay tul ni lentejuela
ni brillo que opaque
la faz de la aflicción.

Es tierra mojada
aplacada por el agua,
engañada...
para que el aire
no la levante
ni la sacuda
ni la estremezca.

No hay perfume
que cubra el sentido
y descubra el sentir.

Y en medio de tanto y tan poco
lo salado y lo dulce
se combinan perversos.

Sólo un instante
de mimesis imperfecta
trata de superar
la sorpresa dilatada.

Box 

 

I open a gift
wrapped in green
and discover a red emotion
inside of me.

I try to mix colors
so that I can make
the green, less green
and the red, less red.

But the action ends all in brown.

I see then the magic and reality
         of              experimentation.

I distinguish a crossword
of two main paths
and endless possibilities
of que será será...

I close that parcel of my life
with many shiny ribbons
reflecting a pale proud
in a grinny smile.


M V

Viajo a través del tiempo
en bus y por una ruta contigua
a los carriles del ferrocarril
por los que alguna vez
mis congéneres supieron andar.

Y advierto el campo
y medito sobre la ciudad.

Viajo en eje.

Y sueño a un hombre
como mi abuelo soñó a una mujer.

El cielo no ofrece frontera
a mis programas de vuelo
-bienaventuradamente-
terrenales.

Los pájaros construyen nidos
en recovecos imprevisibles.

Vuelan, vienen, van.

¿Es ésta una agitación ancestral?


I
Presas del pánico
sus crías dudaron de todo
mientras la fiera
coronaba un largo coqueteo con la muerte
con un bramante rugido.

II
Ignota de lo acontecido,
otrora amansada por leve susto,
ahora,
la leona ruge impoluta.

III
Cerca de la vejez
la fiera acumula imágenes
que de cuando en cuando
la asaltan en el cubículo de su existencia.

IV
Sus crías siempre recordarán
lo tibio
de la sangre encapsulada
en una burbuja
alojada en la entraña materna.


 (*) Corina Moscovich es Licenciada en Letras y Traductora de Inglés. Colabora para el Diario La Capital, Cruz del Sur y revistas literarias en Rosario y afuera. Sus poesías en inglés fueron publicadas en Inglaterra. Ha trabajado como traductora e intérprete para poetas extranjeros. En Rosario y afuera ha participado en diferentes grupos de escritura y lectura. También participó en exposiciones colectivas e individuales de poesías y de cuentos.
Escribió para el Semanario Notiexpress hasta su cierre a fin de 2007.
Fue invitada a leer sus poemas en Arts Fest 08, Birmingham, Inglaterra.
Su cuento infantil Felipe sin siesta fue seleccionado por la Municipalidad de Rosario para “Aquí llegamos los chicos”, proyecto ludo-literario.
Corina reside en Rosario. Ha trabajado y vivido en Inglaterra, Estados Unidos entre los años 2001 y 2003 y recientemente en Sudáfrica, como traductora voluntaria para la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010™.
Edita el blog www.corinamoscovich.blogspot.com desde 2008. 
Ha publicado “Vía Remington” (Ciudad Gótica, Rosario, 2006) -poesías en español y en inglés-. Forma parte de las antologías “19 de Fondo” (Gato Grillé, Rosario, 2008), “Poetas del Tercer Mundo” (Ciudad Gótica, Rosario, 2008) y “Fin Zona Urbana” (Gato Grillé, 2010). Tiene  cuentos para niños y una novela inéditos.

sábado, 12 de mayo de 2012

Un cuento inédito de Marta Aponte Alsina (*)


...entró en la imitación higienizada de una librería de viejo que olía a papel de lujo y tinta fresca. 

por Marta Aponte Alsina (Cayey, Puerto Rico)

Para El vuelo de la noche

Buenos Aires 2010 - Av. Corrientes, la calle que nunca duerme
fotografía: Iván Utz


Corrientes
(2002)

 Un volumen de la Historia general y natural de las Indias, en cofre abierto con entrañas de terciopelo rojo, la victrola de manigueta, el abanico de discos de Gardel y Toscanini: atraído por la mezcla extravagante, –era un paisaje de su propio campo de estudios–, entró en la imitación higienizada de una librería de viejo que olía a papel de lujo y tinta fresca.  
El dependiente no levantó la vista de sus papeles, y él se lo agradeció. Pudo hojear sin prisa, como si de veras le importara, un mamotreto de fotografías antiguas de una oscura provincia. Gente miserable, libro caro. Le llamó la atención una guía del Buenos Aires literario. Por ella se enteró de que muy cerca de allí hubo un nido de ratas y papeles, una librería que pasó como un embuste por un cuento de Roberto Arlt. En la misma guía leyó sobre el inmueble donde “murió de insomnio” Flora Alejandra Pizarnik. Al rato le entristeció el ambiente de facsímiles impecables que contrastaban con las monstruosas dimensiones de la avenida. El cielo distante, rasguñado por los edificios de buhardillas, tenía los colores de algunas banderas. Al otro lado de la vitrina un niño vendía lapiceros de punta retractable –biromes, les llamaban- y emblemas de equipos deportivos. Nadie le compraba.
La mujer se detuvo ante una mesa de madera rubia. Él se fijó en ella sin disimulos, acaso porque ella no daba indicios de haberlo visto, aunque aquellos ojos enormes parecían comerse el mundo. Tenía puesto un chaleco que recortaba su eficaz silueta de muchacho. Se acercó al mostrador de la caja registradora llevando en la mano un libro. Entonces –no antes- él se fijó en el rótulo: “No aceptamos pago en moneda extranjera”.
–¿Sabe si hay cerca una casa de cambio? –preguntó con voz de avara de humos, las manos hambrientas, la espalda muy recta.
El librero no levantó la vista del mostrador. Era un hombre descortés, todos los libreros de esta calle lo son, pero con ella no hay derecho, pensó el hombre.
–¿Hay o no hay una cerca? –preguntó, acercándose a mediar, sin quitarle la mirada de encima a la mujer. Era más joven que él, por lo general eran más jóvenes, pero esta tenía el encanto de una parienta que nos conoció cuando éramos niños. Esas que nos quieren como si fuéramos chicos siempre, con el consuelo de quien no podrá abandonarte en una ciudad donde el forastero se percibe con desagrado.
El librero consultó su reloj pulsera. La pregunta impertinente había agotado su tiempo, que era todo el tiempo del mundo.
–¿Una qué? –preguntó.
–Una casa de cambio cercana, ya oyó a la señora.
El librero miró al hombre con extrañeza, pero sin excesivo interés.
–No sé si hay casas de cambio cerca –y siguió leyendo.
Ella también lo miró y él no supo si atribuir la mirada al despiste de un largo trato con los límites o a una descolocada y fascinante estrategia de  seducción. Era la viva imagen de la foto que adornaba su mesa de trabajo, “tiene una hija muy guapa”, le decían los estudiantes gringos, tan ingenuos, y él nunca sentía la necesidad de desmentirlos.
Cómo describir la calle, pensó cuando salió detrás de ella. La calle, con su masa de cuerpos. La precisión de las diferencias se circunscribía a lo que pudiera registrar de las cosas que le golpeaban, sin tregua ni definición, la retina, evitando una coagulación en la memoria. Bolsas, zapatos sucios, narices, abrigos, marquesinas de teatros.
–No te preocupes –dijo alcanzando a la mujer, tratando de no provocar lo probable. Me queda un poco de cambio, lo suficiente para cenar. Después quién sabe, es mi última noche en la ciudad.  
–Quería comprar ese libro.
El hombre se detuvo. Ella también.
–Bueno, debe haber una casa de cambio aquí cerca. Hoy cierran a las diez, y estoy seguro de que ese señor tan simpático te volverá a recibir con gusto.
Ella le agarró un brazo. Con una felicidad indisociable del asombro, él hubiera deseado que completara el acercamiento dándole un frío beso en la mejilla. Se sentía desperdiciado, decadente, feliz. Una semana atrás había comenzado el viaje al congreso donde disertó sobre un tema orillero por partida doble: el bolero tango, –ese mellizo, ese híbrido– y la crónica deportiva. El tango maleable, flexible, se atuvo bien al son caribeño, al contoneo de caderas en lugar del juego de piernas. De esa teoría de la gestación y difusión de las formas culturales, derivó unas vías audaces hacia las formas de ella, la última gran poeta, una mujer que compartió, sin sospecharlo, en una estricta soledad espeluznante, el tiempo de los otros. Ella, que vivió los horrores del insomnio propio de las redacciones de periódicos cercanas a su casa, donde aspirantes a novelistas se entrenaban rompiendo noches y rasguñando crónicas deportivas. No dejaba de ser voluntarioso aquel enlace entre las formas de la plebe y la poesía cerrada y dura de una hija de rusos trasplantados que se llamó Flora, concebida (su poesía) en un estado parecido al trance. La recepción de la propuesta en la mesa redonda (“El bolero tango: una teoría de la difusión cultural”) había sido fría entre los escasos auditores. Devorando con los ojos de ella la multitud ya no le parecía absurdo haber viajado tan lejos para hablar sobre un tema tan desamparado.
El resto de la semana, entre la petulancia de los colegas, el exceso de café, la compra de libros y el intercambio de direcciones electrónicas, había seguido un trayecto lineal, hasta que esa mañana, al llegar al aeropuerto de Ezeiza, les informaron a los viajeros que el humo del volcán Tungurahua impedía volar por la ruta trazada. Una noche más, pagada por la línea aérea.
–Hay cuerpos en esta calle, ahora. Intestinos, corazones, elementales, groseros, baños de sangre –dijo ella.
–Y son nuestros familiares, sin saberles los nombres, ignorando la ruta que nos juntó –respondió él. –Muchos cuerpos y ninguno. Son fantasmas. El exceso de materia se desgrana en las ondas electromagnéticas que enloquecían a los surrealistas.
–No se dejan ver –dijo ella.
–¿Quieres adoptar a uno de esos cuerpos? Lo rescataríamos, lo brillaríamos con la mirada, lo invitaríamos a cenar.
–¿Adoptamos al librero?
No era una ciudad dispuesta a las adopciones y él lo sabía sin que ella se lo confirmara, pero quedaba la promesa de una hora holgada y el café con unas sillas vacías y un mozo con toalla sobre el brazo. La perspectiva de la avenida más ancha del mundo no parecía el lugar más ameno para sentarse al aire libre, pero atraía detenerse bajo los paraguas abiertos.
La vieron cuando se detuvo a recuperar el aliento. Era perfecta en su purísima escasez, en su intransigente inanición. El hombre pensó que la anciana había nacido para completar un encuentro en el olvido radical de aquella muchedumbre. Como si un camalote de los cientos que bajaban impulsados por la corriente de la avenida fuera a hacer una diferencia en el destino de él, en el destino de la mujer. Una anciana es siempre una pitonisa. El acercamiento improbable quedaría determinado por la ley de la frecuencia, es un ritmo, es una probabilidad, una figura de baile cuyo origen no queda claro.  
El camalote en cuestión vestía un abrigo azul de grandes botones negros, y zapatos que le quedaban grandes. Era flaquísima, tan fina como el papel del menú que el mozo había depositado sobre la mesa antes de volver, como quien no quiere la cosa, a ocupar su lugar de brazos cruzados ante la puerta del local. Él miró a la mujer a los ojos, y no tuvieron que hablarse. Tan pronto la anciana se acercó, se puso de pie y la abordó.
–Disculpe, señora, ¿sabe si por aquí cerca hay una casa de cambio?
A la vieja le tomó un segundo escuchar y recomponer las palabras. Miró a la joven, se sonrió con ambos, y solo entonces el hombre se dio cuenta de que tenía los ojos tan azules como su abrigo. La casa de cambio no estaba cerca, pero tampoco lejos, a unas cuadras de allí, aunque hacía frío –ya ni los fósforos son como los de antes– y ella tenía un mandado de un vecino enfermo.
–Si no estuviera tan ocupada con mucho gusto los acompañaría.
Entonces a él se le ocurrió sacar un mapa que llevaba en el bolsillo del abrigo y pedirle a la señora que le indicara, si la amabilidad se lo permitía, en qué lugar se encontraba la casa de cambio más cercana. Le ofreció un café y ella, que tiritaba de frío, le dijo que sí y accedió a sentarse, porque se ve que son personas decentes.
–¿Vive cerca? –le preguntó ella sin temor a cometer una indiscreción. Era joven, nunca tendría más de 33 años. Cuando él muriera, ella seguiría invariable; una joven que ya no podría despertarlo de noche para hablarle de sus inquietudes absurdas, desleales.
La anciana vivía en un barrio lejano, donde todavía podían encontrarse pensiones modestas. Era maestra jubilada, la jubilación apenas le daba para comprar papas y café. Si decidían quedarse podría cederles su cama. Era la única manera de prolongar casi al infinito una estancia en la ciudad.
El hombre tuvo la sensación de que el viento modulaba las voces. El viento y el cansancio. Las mujeres eran hojas de papel, banderas al vuelo, palomas susurrantes. Costaba entenderlas. Atribuyó el desvarío de las voces a la falta de una infusión estimulante.
–¿Qué le pasa a este mozo que no nos atiende? Disculpen, señoras.
Y se levantó y entró en el café, casi gritando a ver si dejamos de ser invisibles, pero nadie se dio por enterado, ni la negra vieja que enjuagaba copas, ni la pelirroja de largas piernas cruzadas que acariciaba una bolsita de azúcar con los dedos. Era, no cabía dudarlo, Rita Hayworth. A su lado, un hombre de nariz aguileña, con el sombrero de ala ancha apretándole las sienes, hablaba sin parar con otro hombre que tenía espaldas de boxeador. El lugar se borraba, como si hubiera anochecido de golpe, un silencio embozado sellaba las caras gesticulantes mientras un lorito de plumaje opaco saltaba de una silla a otra. En una mesa del centro la mujer, la misma, leía. Se acercó desorientado y se colocó a espaldas de ella, deseándola, sin atreverse a tocarla. La figura del libro que la mujer leía era ella, la misma, sentada en un sillón. Una mujer vibrante, que no dejaba de moverse, que pasaría la eternidad meciéndose con desenfreno, dejándose llevar por la luz del viento en una siniestra recámara oscura.
El hombre salió sin levantar la mirada del suelo sucio. Se acercó a la mesa del paraguas. Ya no estaban ni la vieja ni ella, la mujer duende del retrato, la que sus estudiantes confundían con su hija, sin adivinar que era su mujer. No podía pretender que siguieran allí, hacía tiempo que no espesaban el eco de los ruidos transeúntes con sus voces roncas. Se preguntó si volvería a pasar por su vida una fulguración de líneas cruzadas. Excavaría, capas y capas de sombras, sin moverse de aquel café, de aquella esquina, hasta recordar su propio olor, el olor de ella. Risas mudas en el interior de las paredes. 
Se sentó. Quedaba pendiente hacer la maleta. Solo tenía que acomodar las últimas compras, unos regalos para los nietos. En la cama del hotel dejaría los pijamas. Jamás regresaba con la ropa de dormir comprada para el viaje. Elegía pesar menos de la piel hacia afuera. Detalles. Cuando –al cabo de un silencio inexistente, como quien decide reconocer el cansancio– el hombre concluyó que no tenía prisa, el mozo se acercó a tomarle la orden. 


(*) Marta Aponte Alsina: Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico. Es licenciada en Planificación Regional por la UCLA y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York. Ha publicado ensayos sobre literatura, además de las novelas Angélica furiosa (1994), El cuarto rey mago (1996), Vampiresas (2004), Sexto sueño (Veintisiete Letras, 2007, Premio Nacional de Novela del Pen Club de Puerto Rico) y El fantasma de las cosas (Terranova, 2010), así como los libros de relatos La casa de la loca y otros relatos (2001) y Fúgate (2005). Blog: Angélica Furiosa.